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Desarrollo histórico del gobierno y la administración

Las ciudades sumerias.
No es mucho lo que sabemos del gobierno y la administración en tiempos sumerios. Pese a la gran especialización económica y funcional, y al número de funcionarios y escribas, el aparato administrativo era relativamente simple, como correspondía a las necesidades de unos estados, si bien muy centralizados, de dimensiones modestas, en los que se daba además la dualidad de la administración ejercida por los templos y la ejercida por el palacio, aunque ambas compartían un mismo esquema de funcionamiento. A la cabeza de la jerarquía administrativa, y detrás del rey, se encontraban un mandatario -nu banda-, que fue adquiriendo cada vez mayor importancia en su calidad de organizador de las empresas de interés común y de los trabajos agrícolas, así como de tesorero y notario del reino, y el administrador -sanga- general. Los textos arcaicos citan también al "jefe del catastro"-sa-du-, a una especie de contable -sha du ba-, a los correos -sukkal- que dependían, al igual que los coperos -sagi-, del palacio del ensi , siendo cargos de gran importancia al frente, en ocasiones, de un grupo de la administración. Citan también a los consejeros -abgal-, comisarios -mashkim-, ¨vigilantes" -ugula- (en realidad encargados de dirigir a los miembros de una profesión u oficio) y heraldos -ningir- que en algunos lugares, como Shuruppak, disponían junto a los nu banda de gran cantidad de recursos y parecen haber sido funcionarios muy importantes. Al mando de las tropas se encontraba un gal-uku . Otros cargos importantes, al menos a finales del periodo, eran el de"jefe de los almacenes de grano" -ka guru- y "jefe de los depósitos de aceite" -ka shagan.

El reino de Ebla.
El reino de Ebla, en Siria, se caracteriza por un tipo de administración distinta, ya que su sistema político y su realeza también diferían, como hemos visto en otro capítulo, de las que eran propias de las ciudades sumerias, y se hallaba más influido por tradiciones, costumbres y valores de tipo "tribal" o "gentilicio". Después del rey, que se limitaba a llevar el título de en ("señor"), se hallaba el "tesorero" -lugal-sa-za-, que en realidad era el jefe de la administración en lo que concernía a la gestión patrimonial y a la organización del comercio. Papel notable junto a ambos ejercían los "ancianos" -abba- con importantes funciones administrativas a la cabeza de las circunscripciones o distritos administrativos reflejadas el título de lugal, que aquí viene a significar "gobernador". Dos altos dignatarios de palacio que ejercían de jueces -dayyanum - parecen proceder así mismo de estos "ancianos", representantes de las familias más poderosas. Se trata de una estructura más descentralizada en la que el poder del rey en palacio encontraba contrapeso en las familias más importantes, cuyos jefes y representantes ejercían altos cargos en la administración centra y periférica. Las cosas eran no eran aquí como en Mesopotamia. Allí una familia se volvía importante porque sus miembros desempeñaban durante varias generaciones cargos en la administración de los templos o palacios, mientras que en el reino eblaita eran las familias poderosas e importantes las que copaban, junto al rey, los puestos de la administración y el gobierno.

Los primeros imperios.
En época acadia, y como consecuencia de la centralización política y administrativa sobre el País de Sumer y Akkad surgió el "prefecto" -shabra- en sumerio -shapiru- en acadio, bajo cuya autoridad quedó situado el nu banda, y que dependía, a su vez, del gobernador militar -shagin- de la provincia. La administración local de las ciudades sumerias, ensi incluidos fue respetada, pero supeditada a la autoridad central del poder acadio, sobre cuyos procedimientos de gobierno y administración apenas sabemos nada, ya que la misma capital del imperio no ha sido excavada ni tan siquiera localizada con certeza, por lo que carecemos de los archivos de su palacio y sus templos.

Tales experiencias administrativas fueron heredadas por el imperio de la Tercera Dinastía de Ur, en el que los ensi quedaron reducidos a gobernadores civiles de una circunscripción o provincia nombrados por el rey, mientras que el shagin ejercía las funciones de un comandante militar. Al frente de la administración de los templos y gozando de similar rango se hallaban el shabra y el sanga, prefecto y administrador general respectivamente. A continuación ocupaban cargos importantes con la mitad del subsidio, el contable -sha du ba-, el "jefe del catastro" -sa du-, el "jefe de los depósitos del grano" -ka guru-, y el intendente de los obreros -nu banda eren na-. Otros cargos de menor relevancia eran el de "escriba de los bueyes de labor" -dub sar gu uru- y, aún más abajo, el del "porteador de la silla" -gu za la-. Por supuesto esta lista es totalmente incompleta y no revela más que nuestro conocimiento parcial de la jerarquía administrativa, debido a la información que nos proporcionan los documentos que conservamos de aquella época. En la administración central un cargo importante, que equivaldría al de primer ministro, era el de sukkalmah o "jefe de los correos" ya que estos, encargados de diversas misiones, poseían poderes amplios y variados. Se trataba en realidad, más que de mensajeros, de funcionarios destacados como supervisores que tenían informado en todo momento al rey de lo que acontecía en los diversos lugares del imperio

El periodo paleobabilónico.
En esta época la administración no difiería en lo esencial de la de los periodos anteriores, aunque su escala había aumentado y algunos cargos habían perdido toda su antigua importancia, apareciendo al mismo tiempo nuevos cargos al frente de antiguos cometidos. Tal ocurrió con el ensi cuyo rango llegó a ser muy inferior al del shassukkum, como se llamaba ahora "al jefe del catastro", que se ocupaba de presidir el registro de los campos y de los graneros destinados al abastecimiento de los trabajadores. El antiguo sistema de ensis, característico de los primeros imperios, había llegado casi a desaparecer en los turbulentos tiempos que siguieron a la desaparición del poder de los reyes de Ur, como una consecuencia de la fragmentación política de Mesopotamia. En algunos casos el término volvió a designar al príncipe de una ciudad independiente, pero en la época de Hammurabi se utilizaba para designar a una especie de feudatario del estado, lo que es claro síntoma de su desvalorización. Un nuevo título que aparece ahora es el de shatam mu, que se encarga de la mayoría de los asuntos corrientes.

La documentación de que disponemos para trazar siquiera un esquema del funcionamiento de la vida administrativa en Babilonia bajo Hammurabi es realmente fragmentaria y de procedencia muy dispar. Por ello no siempre resulta fácil reconstruir la escala jerárquica de cargos y funciones, sobre todo si atendemos al hecho de que los propios documentos manifiestan, como se ha dicho, la existencia de una «confusión de poderes». La ausencia de una clara separación de índole ministerial o departamental hace que la diversidad de títulos no implique, por lo tanto, ningún reparto concreto de atribuciones, por lo que todos los cargos, al menos los más importantes, llevaban consigo un fondo de actividades que correspondía a una auténtica polivalencia de funciones. Los documentos presentan a menudo importantes lagunas: tal o cual funcionario aparece citado aquí, pero no allá en un contexto similar. El propio Código de Hammurabi escasea en la mención de los cargos administrativos apareciendo citados tan sólo el gobernador de la ciudad, los correos y algunos altos jefes del ejército.Para la ejecución de todas las tareas administrativas, políticas, económicas, legislativas y jurídicas se precisaba un amplio aparato burocrático que estaba integrado por personas pertenecientes a la clase social dominante de los awilu. Las capas sociales mas elevadas proporcionaban también los altos jefes militares y los grandes dignatarios del estamento clerical.

Existía por lo demás, heredada de épocas anteriores, una cierta semejanza entre la administración del palacio, la de un templo o la de una determinada provincia. Por otra parte, cada conquistador de turno, y Hammurabi no constituyó ninguna excepción al respecto, adoptaba la administración local de cada ciudad conquistada, sustituyendo solamente los cargos más importantes. Es por ello que con una serie de datos dispersos procedentes de Eshnunna, Mari, Sippar, Larsa y la propia Babilonia podemos intentar reconstruir un cuadro algo aproximado a cerca de la administración imperante.

Cargos importantes de palacio eran el «prefecto» -shapiru- el archivero -shaduba- y el tesorero -shanda-bakkum-. Algunos de estos cargos los encontramos también en la administración de las provincias. Al frente de ellas y como responsable máximo se encontraba un gobernador -sha nakkum- en el que se percibe la figura del antiguo shagin sumerio, que estaba encargado del orden, del reclutamiento, del mantenimiento de los funcionarios subalternos y del funcionamiento económico de su circunscripción. De él dependía el «prefecto del país» -shapiru-matim-. Al frente de las ciudades había también prefectos y alcaldes-rabianum- A continuación encontramos a los tesoreros, al « jefe de los depósitos de grano» -kagurrum- y al «jefe del catastro» -shassukum-, cargos que existieron seguramente también en palacio. En las provincias los gobernadores tenían asímismo bajo sus órdenes a los jefes de circunscripciones -bel pahatim- de los cuales dependían a su vez los jefes de poblados -suqaqu-. Contaban para su gestión con escribas, correos -sukalu- y fuerzas de policía. La administración de los templos era dirigida por sacerdotes shangu y encontramos por todas partes un personal subalterno, los llamados shatammu, especie de agentes administrativos que se ocupaban de la mayoría de asuntos de índole ordinaria, como el control de los rebaños, la recaudación de censos en especies o dinero, o la organización de los almacenes.

Todo el funcionamiento de esta compleja estructura administrativa era supervisado por el primer ministro -isaku- responsable de gobernadores, alcaldes y demás funcionarios. La administración central residía en palacio y la agilidad del sistema era asegurada por un desarrollado cuerpo de correos ya que la correspondencia administrativa y diplomática era muy numerosa. Igualmente el espionaje era muy activo. La cancillería, mediante sus oficinas de correspondencia, servía de enlace entre la sede del gobierno central y los servicios instaurados en todas las provincias. Pese a la acentuada centralización administrativa, Hammurabi permitió la existencia de los antiguos consejos locales. Si bien los gobernadores y los alcaldes eran los representantes del rey, cada uno de ellos estaba rodeado de un consejo. El consejo del gobernador podía incluir a los funcionarios más destacados de la provincia mientras que el de los alcaldes estaba integrado por los notables de la ciudad. Esta asamblea local administraba los bienes municipales, procedía al arrendamiento de sus tierras y percibía los impuestos obtenidos en la ciudad, bajo la supervisión de los funcionarios del rey en la provincia.

Si la confusión de poderes y el conflicto de atribuciones era uno de los males que parece haber caracterizado la administración, el otro fue sin duda alguna la excesiva rigidez de la centralización administrativa que impedía a cualquier funcionario el más mínimo atisbo de iniciativa. Ello se debía al hecho fundamental de que el Estado se confundía con la propia persona del monarca, lo que hacía que el lazo no se estableciera entre los funcionarios y el Estado, sino que éstos se hallaban ligados personalmente al rey. Eran ante todo eran sus servidores, al igual que él no era más que un servidor de los dioses a quienes en último término pertenecía todo. Pero una cosa es recibir órdenes de los dioses y otra muy distinta que éstas las transmita un inmediato superior jerárquico. El monarca lo controlaba todo, por lo que no era fácil hacer gala de clase alguna de autonomía. Así, los prefectos y alcaldes de las ciudades, encargados de su administración y en particular de la ejecución de los trabajos públicos, recibían órdenes directas del rey, pese a estar subordinados al gobernador. La carencia absoluta de iniciativa era particularmente grave en el caso de los gobiernos provinciales ante una situación de conflicto. Ello podía implicar una peligrosa demora en su solución y, sí la amenaza era de orden militar, las perspectivas eran aún más negras. Si las instrucciones no llegaban convenientemente a tiempo podía provocarse un desenlace fatal. Probablemente esta esclerotización del aparato administrativo babilonio sea uno más de entre los factores que condujeron al derrumbamiento del imperio ante presiones internas y externas.


Los hititas.
El carácter menos compacto del Estado hitita tuvo su reflejo, incluso en época imperial, en el gobierno y la administración. La familia real se hallaba ligada por medio de matrimonios con la nobleza, lo que no siempre aseguraba la cohesión política interna, al favorecer el parentesco con el detentador de la corona la aparición de aquellos que se consideraban con derecho a albergar pretensiones al trono o a posiciones preeminentes. Los cargos más altos eran ocupados por los "grandes" y los "hijos del rey", representantes de las familias más importantes de la nobleza y los parientes del monarca respectivamente. Constituían la corte, ocupaban los puestos más altos de la administración periférica y se hacían cargo del mando de las tropas. Su relación con el rey se fundamentaba sobre un juramento de fidelidad que era redactado por escrito y en el que, partiendo de la general devoción a la realeza, en la figura del rey y sus sucesores, se detallaban de forma más concreta sus obligaciones políticas. La composición menos burocrática y escasamente profesionalizada de esta administración contrasta notoriamente con Mesopotamia. En palacio, los cargos de "gran escriba" y "jefe de los combatientes de carros" eran los más importantes y por su dignidad se situaban inmediatamente a continuación del rey, la reina y el príncipe heredero.

El gobierno del país de Hatti, el núcleo del imperio, estaba organizado en provincias confiadas a gobernadores que eran al mismo tiempo miembros de la nobleza y familiares del rey. La administración periférica correspondía al "síndico" o "alcalde" -hazanu- a cargo de los aspectos civiles y al "jefe de la guarnición" o "señor de la torre vigía" -bel madgalti- encargado de las tareas militares. En general, se respetaban los usos y costumbres locales, si bien se recibían precisas instrucciones de palacio relativas, sobre todo, a la seguridad en los confines del imperio y los territorios sometidos. Aquellos que poseían un valor estratégico importante, como Karkemish o Alepo eran entregados directamente, para su gobierno, a los príncipes de la familia real.

Los granes imperios: Asiria.
Los asirios fueron innovadores en muchos campos y posteriormente imitados por babilonios y persas, si bien con estos últimos se produjo un cierto renacimiento de las autonomías localesEl imperio asirio. Al igual que los príncipes y los altos dignatarios, todos los restantes súbditos del imperio debían comprometerse personalmente, mediante juramento, al servicio del rey de Asiria, exponiéndose el perjuro al castigo decretado por la cólera divina. El servicio al rey constituía el principio fundamental sobre el que descansaba todo el funcionamiento del Estado y en este punto, en teoría, no existían distinciones entre el sencillo labriego y el gobernador de una provincia. La prestación del juramento tenía habitualmente lugar en presencia de las estatuas de los dioses y en ocasiones adquiría un aspecto multitudinario, verdaderas convenciones juradas -adu- en las que se procedía por categorías profesionales o incluso multitudinariamente.

Desde el mismo momento en que la autoridad real podía disponer de todos sus súbditos para cualquier tipo de función, ya se tratase de los más humildes o de los funcionarios de palacio, advertimos la ausencia de una especialización ministerial. En la medida en que todos eran igualmente servidores del rey, como él lo era de la divinidad, los miembros de la administración no tenían asignado más que en términos generales un cometido específico, y sus funciones podían variar según las necesidades del momento, con lo que se llegó, en la práctica, a una indistinción de cargos. Por ello quizá sea conveniente, en aras de una mejor sistematización, distinguir entre una administración ordinaria, con sus dos vertientes de ámbito central y provinciano, y un aparato administrativo específico integrado por auténticos servicios de información que actuaban en todas las escalas de la jerarquía administrativa ordinaria. Ambas burocracias se encontraban igualmente centralizadas y dependían de un máximo responsable, el sukkalu dannu, especie de visir o primer ministro, ante quien debían rendir cuentas los gobernadores de provincias y los sukkallu, integrantes de los servicios de información.

La administración central se encontraba compuesta por los altos títulos nobiliarios que integraban el canon de los epónimos. Estos eran, por orden de prioridad, el propio rey, el general en jefe -turtanu-, el heraldo de palacio -nagir ekalli-, el copero mayor -rab shaque-, el intendente -abarakku- y los gobernadores de provincias -bel pihati-, al frente de los cuales se hallaba el de Assur -shakin mati-. Tales títulos eran, sin embargo, reminiscencias del pasado y al igual que el eponimato fue reformado en ciertas ocasiones, por ejemplo bajo Sargón II y Senaquerib, se puede afirmar que las funciones no correspondían estricta y únicamente a las titulaturas. En cualquier caso, todos los que detentaban títulos nobiliarios tenían bajo su mando las provincias situadas en la periferia del imperio y todos ejercían, en consecuencia, mandos militares. Además constituían el consejo del rey, sin que se pueda precisar, como se ha dicho, un reparto de atribuciones ministeriales.

Desde Tiglat-Pilaser III el crecimiento del estado asirio con la incorporación de los territorios conquistados, planteaba la necesidad de proceder a una reforma administrativa, que fue iniciada ya por el propio monarca. Las antiguas grandes provincias fueron fragmentadas en distritos menores, al frente de los cuales fueron situados unos funcionarios especiales —bel pahati— que a veces parecen sustituir a los gobernadores —shaknu—, aunque más a menudo se designa con este término a los generales encargados de la administración de las circunscripciones recientemente conquistadas o creadas. Parece que este sistema fue copiado de Babilonia, donde la densidad de la población exigía la organización de pequeños distritos administrativos. Según esto, el shaknu era el «encargado» del gobierno de la provincia y los bel pahati permanecían como jefes de las circunscripciones o distritos en que ésta se dividía. Con el tiempo, estos gobernadores que a menudo comandaban varias provincias, diferentes y alejadas, residiendo en la más importante, terminaron por desaparecer, a medida que avanzaba la división de éstas en nuevas y más pequeñas circunscripciones administrativas. De esta forma, la provincia de Assur, que cubría originalmente el territorio histórico del país, fue reducida administrativamente al equivalente de dos de sus antiguos distritos. Las doce viejas provincias asirias fueron sustituidas por veinticinco a las que se vinieron a agregar otras quince de nueva creación. Con todo, aunque se modificaron los cargos, no ocurrió lo mismo con las titulaturas, ya que los términos de shaknu y bel-pihati son empleados indistintamente hasta finales del imperio.

La administración del imperio estaba en gran medida puesta al servicio de las necesidades militares y de la política de expansión de los monarcas asirios. De esta forma los cometidos civiles de los funcionarios se entremezclaban con las obligaciones militares, de igual forma que, en una escala más baja de la sociedad, un mismo grupo de hombres podía ser destinado indiscriminádamente a desarrollar tareas civiles o militares. Así, los altos funcionarios encargados del gobierno de las provincias debían mantener el orden en sus circunscripciones, para lo cual contaban con guarniciones permanentes bajo su mando, y asegurar el cobro de los impuestos, que afectaban principalmente a los cereales, el forraje y al ganado mayor y menor, estando también los transportes de mercancías sujetos al pago de peajes y tasas de almacenamiento. Debían asegurar asimismo la entrega en los centros de la administración provincial y local de los materiales y materias primas necesarios para el desarrollo de la vida económica y militar, así como el reclutamiento de los hombres precisos para la ejecución de los grandes trabajos de interés colectivo -fortificaciones, obras hidráulicas, etc.—y para servir en el ejército. En ambos casos los hombres sometidos a esta prestación formaban brigadas —sabe— encuadradas por guardias y funcionarios encargados de su dirección. Las zonas pobladas por nómadas pagaban habitualmente el tributo en ganado.

Las ciudades y regiones con población asentada satisfacían los impuestos en plata y oro, estando las más importantes poblaciones urbanas, como Babilonia, Borsippa, Sippar, Nippur, Harran y la propia Assur, principalmente, exentas mediante favor real de estas contribuciones, poseyendo al mismo tiempo ciertos derechos de autogestión, bien por la importancia de su comercio, su significado político o la influencia de sus colegios sacerdotales. Los impuestos de los campesinos se recaudaban en especie. Una determinada parte de la cosecha, del forraje y del ganado se pagaba en forma de impuesto o tasa, y no cabe ninguna duda de que la explotación de las provincias conquistadas debió ser muy dura, aunque la adecuación del tributo a los recursos reales de los vencidos, realizada mediante el censo de la población y los bienes, servía para paliar un tanto la dureza de las exacciones.

Las formas políticas entre los nómadas

Los nómadas han constituido uno de los tipos de poblaciones más importantes en el Próximo Oriente, dada la adaptabilidad de su estilo de vida a las condiciones de las zonas semiáridas y desérticas de las que los sedentarios apenas pueden obtener provecho. Pueblos como los haneos, benjamitas, suteos, hebreos o arameos tuvieron una gran importancia en la historia de aquellas tierras. La mayoría de estos nómadas no ocupaban zonas marginales situadas en el exterior de las explotaciones agrícolas de los sedentarios, sino que recorrían, impulsados por la necesidad de la migración estacional, los espacios interpuestos entre las zonas cultivadas.

Las relaciones entre nómadas y sedentarios fueron frecuentes, múltiples, multidireccionales y complejas (en tanto que problemáticas), dando lugar a repercusiones en ambas esferas y estimulando una situación de interdependencia que conocemos con el término de "sociedad dimorfa". Con demasiada frecuencia la estepa semiárida no proporcionaba todos los recursos necesarios para una vida, incluso tan sencilla, como la de los pastores seminómadas. Sin productos agrícolas la dieta no resultaba suficiente por lo que o se compraba grano y otros vegetales a los agricultores o, allí donde las condiciones políticas y medioambientales lo permitían, se convertían en campesinos una parte del año. En verano era frecuente la necesidad de adquirir forraje para alimentar al ganado o de estipular acuerdos con los agricultores que les permitiera acceder a los rastrojos de los campos tras la cosecha. La vida móvil no favorece tampoco la especialización artesanal, por lo que las manufacturas han de ser adquiridas en las ciudades.

Nómadas y sedentarios se realacionaban, en el comercio, en las actividades militares, así como en las laborales. No era extraño observar la presencia de jefes tribales con residencia y posesiones en la ciudad. En ocasiones podía llegarse a formas de relativa integración entre los dos ámbitos, como cuando -en tiempos de Mari- un funcionario -sugagum- era investido de poderes sobre las tribus establecidas en territorios bajo control del palacio, y, además de residir en los poblados de aquellas, realizaba frecuentes visitas a la ciudad. Aún así, tales relaciones no carecían de problemas. Incluso en los momentos de mayor apogeo de la vida sedentaria, las gentes de los palacios y las ciudades consideraba siempre problemática la obediencia de los nómadas que frecuentaban su territorio por causa de su movilidad y de su independencia económica. Razones no les faltaban. Poseemos numerosas referencias que hacen alusión a contingentes tribales que habían rehusado presentarse ante la llamada del palacio, o sencillamente habían enviado muchos menos hombres de los requeridos (Anbar: 1991, 177 ss).

El hecho de que los pastores nómadas o seminómadas estuvieran habitualmente armados, en contraste con el monopolio del armamento detentado por los palacios, junto a su fama de excelentes guerreros -los palacios solían utilizarlos como tropas de élite- servía para ahondar las suspicacias. Su organización para la guerra era así mismo distinta. Las tropas de los nómadas se contraponen a las de los palacios, al igual que toda su forma de vida. El ejército tribal no era una profesión especializada, ni se componía de hombres requisados a la fuerza, sino que estaba formado por todo el pueblo en armas. Ello no les privaba de eficacia militar, siendo sus tácticas también distintas a las empleadas por los sedentarios. La incursión repentina era uno de sus procedimientos favoritos y cuando eran capaces de movilizar grandes contingentes de hombres armados, debido a la alianza entre varias tribus, su fuerza era temible. "Nacido y criado sobre la silla y formado para una carrera de rapiña y venganza, el nómada pastor adopta la preparación bélica como una forma de vida. Con su consumada destreza, una banda nómada puede atacar, robar y desaparecer sin peligro de ser perseguida en la inmensidad, esfumándose sin dejar huella, como un río que desaparece en las arenas del desierto. Con frecuencia los moradores de las ciudades nada pueden oponer a estas tácticas, como no sea una muralla" (Sahlins: 1977, 61).

El gobierno y los dirigentes tribales.

Al no tratarse de una sociedad de clases establecida sobe la base de las diferentes funciones económicas y al no existir, en principio, la concentración de excedentes, el poder político adopta entre los nómadas una dimensión totalmente distinta a la que caracteriza los Estados palatinos y urbanos. La solidaridad y el honor de la comunidad eran confiados y estaban representados por el jefe, que no era sino el depositario temporal del poder que residía en la comunidad entera. No se trataba de un autócrata, sino de alguien que había recibido de la comunidad la capacidad de dar órdenes. No obstante la comunidad se preservaba como tal la no menos importante facultad de desobedecerlo, aunque por lo general cuando un jefe resultaba elegido era para seguirlo. Así mismo el jefe podía ser abandonado o sustituido. Si un jefe se quedaba sin partidarios dispuestos a acatar sus ordenes dejaba de ser jefe. La coerción no podía intervenir para obligar a nadie, pues no existía un monopolio de la fuerza, ni de la ley, ni siquiera de tipo económico, por lo que el prestigio y el consenso eran los requisitos necesarios para ejercer la jefatura.

El prestigio podía proceder tanto de una situación familiar influyente, cuanto, sobre todo, de las propias habilidades personales, bien en el conocimiento y prudente aplicación de las normas de la tradición, como en la capacidad para liderar una acción guerrera, tanto por el valor, como por la fuerza, o la astucia. Ahora bien, en determinados contextos, un jefe militar exitoso, rodeado por un numeroso séquito se incondicionales seguidores armados podía imponer de hecho, como Jefte frente a los "ancianos" de Galaad, su poder a los dirigentes locales, estableciendo una especie de monarquía o, más bien, pseudomonarquía regional de acentuados rasgos militares.

Aún así, la configuración del gobierno era distinta según el grado de desarrollo político alcanzado y de la sección de la sociedad tribal de que se tratara. La perspectiva antropológica comparada nos permite suponer que los grados de integración política variaban en razón directa de la densidad demográfica y de la abundancia de agua y pastos. A medida que se pasa de los grupos menores a los mayores se advierte un carácter más artificial de la cohesión, que precisa de pactos bajo una fuerte sanción religiosa e ideológica. Las alianzas entre las tribus, basadas o no en la mancomunidad migratoria, se sellan mediante un pacto geanológico en el que intervienen vínculos de parentesco, ficticios o inventados, en el sentido tanto de su carácter artificioso o cuanto de la escasa posibilidad de una memoria "real" al respecto. Así, diversas tribus pueden unirse en una entidad mayor, la confederación tribal, bien porque sus miembros estén convencidos de que poseen unos antepasados (míticos) emparentados -o de que comparten unos antepasados (míticos) comunes-, bien porque, de cara a intereses prácticos e inmediatos, están dispuestos a "recordar" la existencia de tales vínculos. Estas relaciones tribales mitigan las frecuentes colisiones entre campamentos vecinos y minimizan la competencia por los pastos.

La necesaria cooperación ante la necesidad de una coordinación anual en el reparto de los pastos constituye uno de los estímulos más potentes para que se produzcan tales acuerdos. En la confederación tribal se alcanza un nivel muy próximo al Estado. Este surgirá, finalmente por presiones exteriores, sobre una base no territorial sino humana. A diferencia del Estado palatino, el Estado "nacional" de génesis tribal no parte de un territorio, sino de grupos de personas, algunos ajenos a la tribu, como los habitantes de algunas aldeas y de las ciudades, que son incorporados mediante un pacto de hermandad. De esta forma, tanto a nivel de confederación tribal, como de Estado "nacional" se mantiene la ficción de parentesco, convertida en soporte simbólico de una organización política compleja.

El tipo de jefatura variaba según las circunstancias. Entre los amoritas y los kasitas se hallaba muy extendida la monarquía tribal, que implica la existencia de un"rey" a la cabeza de la tribu. Los reyes de los haneos eran denominados "padres", mientras que los de los benjamitas se trataban entre ellos de "hermanos". Unos y otros poseían ciudades que constituían el centro político de la monarquía tribal. Los documentos del palacio de Mari nos muestran como las localidades habitadas por los benjamitas dentro de los confines del reino, en los distritos de Mari, Terqa y Saggaratum, se hallaban divididas según las cinco tribus y sus habitantes, y dependían en cierta medida de los reyes de estas tribus, que residían, por el contrario, en "el país alto", fuera de la jurisdicción del palacio. En época de Zimri-Lim los reyes de los benjamitas eran sus vasallos, mientras que los de los haneos se mantuvieron independientes. La corte de estas monarquías tribales reproducía, en una escala distinta, lo que eran signos comunes de la realeza en cualquier otra parte. Las localidades que eran sede de la monarquía tribal contaban con un palacio, ejército permanente, fuerzas de gendarmería, servidores y personal de apoyo, como adivinos etc. (Anbar: 1991, 119 ss). Pero el rey, que era ante todo un jefe tribal, no era un déspota, y aquí estriba la principal diferencia respecto a la realeza palatina. Aunque la tribu reconocía su autoridad, ésta no era absoluta. En ocasiones el comportamiento de los miembros de la tribu hacia su rey se asemeja mucho al comportamiento que mantenían hacia el gobernador palatino del distrito, rehusando acudir, por ejemplo, ante su llamada. La autoridad que estos reyes ejercían sobre los miembros de la tribu que vivían en lugares fuera de su jurisdicción era, por otra parte, compartida con otros dirigentes, como los jefes de clan o de aldea y los "ancianos".

La monarquía tribal no era la única forma política conocida por los nómadas y seminómadas del Próximo Oriente Antiguo. Los jefes suteos no eran reyes. Tampoco lo fueron los jefes tribales gasga, en perpetuo conflicto con los hititas, pese a algún intento aislado que no llegó a a consolidarse, y entre los guteos la monarquía tribal sólo apareció como fórmula eficaz de gobierno tras la conquista del "país de Akkad". Así mismo, a la cabeza de las primitivas tribus israelitas se encontraban los "jueces" -shofet- , dirigentes temporales cuya autoridad no era ni permanente, ni absoluta y no se extendía al conjunto de todas las tribus. Sus aptitudes excepcionales para el mando, basadas en un ascendiente particular que resultaba de una combinación de heroicidad e inspiración divina, no eran transmisibles, por lo que no se perpetuaban en una institución. Resulta realmente significativo que durante la época de estos "jueces", anterior al establecimiento de la monarquía por Saul, ninguno de los intentos por establecer un gobierno unificado basado en la realeza, como los de Gedeón, Abimelec o Jefté, llegara a cuajar definitivamente.

A la cabeza de las villas, aldeas y de las unidades tribales se hallaban los jefes locales, -sugagu- entre los amoritas, -rabanum- en acadio, que eran responsables de la gestión de los asuntos de la comunidad, nómada o sedentaria, que dirigían. En las aldeas y villas más grandes existían varios de ellos que ejercían su actividad simultáneamente. En el desempeño de sus funciones se hallaban asistidos por el concejo de los "ancianos" y los "hombres de bien". El cargo, que podía durar toda la vida, se ocupaba a propuesta de los ancianos y notables, que también poseían la facultad de destituirles, pero el rey o el jefe de la tribu tenía en ambos casos la última palabra. En muchas ocasiones estos jefes locales se hallaban también bajo la autoridad de los gobernadores palatinos de los distritos en que habitaba la población tribal, por lo que eran las autoridades del palacio las encargadas de su nombramiento o destitución. En tales situaciones una de sus tareas más importantes era la de poner a disposición del palacio trabajadores y soldados entre las personas censadas en su demarcación. Eran así mismo responsables, ante su gente, de liberar a los prisioneros y, ante el palacio, de arrestar a los fugitivos. A fin de cuentas representaban a las autoridades, bien fueran tribales o palatinas -o ambas- ante la población, y a la población ante las autoridades.

Los "ancianos", que también representaban a su comunidad en las festividades religiosas y ante las autoridades, con facultad para negociar en su nombre y establecer pactos y acuerdos, eran los jefes de las familias más poderosas. Debido a las peculiaridades de la población seminómada y de su implantación territorial, existían los "ancianos de la aldea", los "ancianos del distrito", nombrados a menudo en los textos junto a los sugagu, así como los "ancianos del país", que representan a la población tribal no asentada o que permanecía fuera de la jurisdicción de los gobernadores y palacios. Los "ancianos" se reunían para establecer consultas y podían ser convocados por el gobernador para, por ejemplo, escuchar a un adivino a las puertas de la ciudad o intervenir en la elección del sugagu. Podían integrar una delegación ante el monarca y mediar en las disputas por una ciudad o villa que a menudo se producían entre los reyes. En el ámbito interior actuaban como árbitros de las desavenencias y conflictos que podían enfrentar a las distintas familias, impidiendo de este modo las continuas venganzas de sangre.

Las decisiones importantes eran tomadas por la asamblea -puhrum- presidida por el jefe y los ancianos. Los acuerdos, para que fueran vinculantes, debían ser tomados no sólo por mayoría sino por unanimidad. La posición de los jefes y los "ancianos" a este respecto era muy influyente, pero si la unanimidad no se alcanzaba nadie podía obligar a los disconformes a actuar en contra de su parecer. La conformación característica de la sociedad tribal, con sus enormes grados de autonomía entre las unidades familiares y suprafamiliares, hacía virtualmente imposible la coerción.

Gobierno y administración: los procedimientos

La simplicidad de los fines del Estado palatino, que no eran otros que asegurar la entrega por las comunidades locales, aldeas o ciudades, de los excedentes y concentrarlos en palacios y templos, así como los medios utilizados para ello -tasación, organización laboral y militar, registro contable-, ocasionaron un tipo de organización burocrática, dotada de personal numeroso y jerarquizado pero poco especializado. Quizá sea éste uno de los rasgos que más llamen nuestra atención, la ausencia de competencias definidas, de sectores claramente delimitados en unas funciones específicas, no existiendo nada que se pareciera a una división de tipo ministerial, lo que era más acusado a medida que se escalaba hacia la cúspide de la pirámide administrativa. Se trata, de hecho, de una consecuencia, no de la falta de capacitación o de los procedimientos técnicos adecuados, sino del carácter del propio sistema político basado en la concentración de la autoridad en la persona del rey.

Ante un incremento de las necesidades y las tareas de gobierno, el monarca, como única fuente de la autoridad, prefería aumentar el número de funcionarios encargados de ayudarle que dotarles de la capacidad de iniciativa al frente de una administración especializada y autónoma. Claro que éste era un principio genérico y un tanto abstracto, cuya materialización efectiva dependía de la propia capacidad del rey, ante circunstancias concretas, para lograr una correcta trasmisión de la autoridad, para hacerse, en definitiva, obedecer. En situaciones específicas, allí donde el poder central se había debilitado lo suficiente, el funcionario periférico, aún cuando dependía nominalmente del rey, podía de hecho actuar autónomamente e incluso llegar a convertirse en un poder independiente. En otros casos una situación de emergencia podía requerir una actuación rápida que no disponía de tiempo para enviar un informe a palacio en espera de sus instrucciones.

Gobierno y exacción. Administración central y periférica.
No había en parte alguna una administración civil, otra militar y otra de tipo eclesiástico. Tales diferencias, propias de nuestro tiempo, no existían en el Próximo Oriente Antiguo, aunque si es cierto que el palacio se encontraba más involucrado en los asuntos militares que los templos. No obstante, palacio y templo reproducían unos esquemas de gestión similares con unos objetivos también comunes, recaudar bienes y productos -mediante la explotación de los recursos propios y con el cobro de tasas sobre las actividades de la población no dependiente- y movilizar a la gente para las prestaciones laborales y militares obligatorias. Más que una división ministerial o por sectores especializados existía una administración central, que tenía que ver con el gobierno de la corte, y otra periférica, encargada de las circunscripciones o de las provincias. Así, en cualquier parte, la verdadera división administrativa era la que se daba entre los encargados del gobierno central y quienes se ocupaban de los medios de producción, empleados en recaudar las tasas y del control del trabajo de los respectivos sectores en que estos solían estar divididos. Al frente de la primera, donde se atesoraba, transformaba y redistribuía lo que se había recaudado y transportado desde la segunda, se hallaba el visir. Este no era un puesto con un cometido específico, sino que actuaba en la práctica como el principal colaborador del rey, con atribuciones en todo aquello en donde el rey las poseía, salvo en las de carácter sagrado -la mediación ante los dioses- que no eran transferibles, por lo que se le ha definido como una especie de doble del rey, un rey desacralizado que podía llegar a tener un poder enorme. Los grandes funcionarios que venían tras él ejercían una pluralidad de funciones en estricta dependencia de los asuntos que el rey les encargara. Por eso, las diferentes titulaturas que ostentaban, heraldo, escudero, palafranero, copero, etc, eran más un símbolo de su posición cortesana y de unos servicios originariamente propios del ámbito personal del monarca convertidos a la postre en títulos honoríficos, que de unas atribuciones específicas.

A la pluralidad de funciones y cometidos -una misma persona podía realizar distintas tareas por orden del rey- se añadía a veces la de títulos, sobre todo en los puestos más altos de la administración, creándose de esta forma una auténtica polivalencia de funciones en la que la organización de un censo no era incompatible con el ejercicio de un puesto de mando militar o un cargo de consejero en la corte del rey. Todo ello dio lugar a una confusión de poderes que, junto a la necesaria falta de iniciativa de los funcionarios, son considerados los aspectos más negativos y entorpecedores de la gestión administrativa y de gobierno (Garelli: 1974, 221).

El personal administrativo y su jerarquía.
Los funcionarios, que recibían una instrucción especial de carácter escribanil, eran reclutados de entre los miembros de la familia real y la nobleza. Se distinguía, por tanto, a los "hermano" del rey, parientes suyos a quienes no costaba mucho alcanzar los cargos más altos de la administración, de los miembros de la nobleza que conformaban una especie de funcionariado "de oficio", si bien en uno y otro caso la cualificación profesional era poco necesaria, debido a la índole poco técnica de las tareas propias de la gestión administrativa. Este es unos de los principales rasgos del gobierno y la administración en todo el Próximo Oriente Antiguo, su carácter en absoluto técnico, donde los funcionarios más instruidos y mejor preparados solían encontrarse en los escalones intermedios y bajos de la jerarquía, fundamentalmente los escribas y los intendentes, mientras que el resto del personal administrativo suplía esta falta de preparación, por otra parte innecesaria, con una dedicación y adhesión personal que se concretaba en la disposición a hacer cumplir las ordenes y directrices recibidas.

La jerarquía era pronunciada y compleja, pero más por la multiplicación de los títulos, en relación sobre todo a los distintos sectores productivos, que por la especialización en las atribuciones. De hecho éstas eran bastante genéricas, centrándose en el mantenimiento del orden, la tasación, trasporte, transformación y almacenamiento del excedente, en forma de bienes y productos diversos, así como la movilización de los contingentes laborales y militares. Así podemos encontrar al "superinten-dente de los carros", al "superintendente de los campos" o al "superintendente del puerto" pero también encontramos al "escriba de los bueyes de labor" y otros títulos parecidos, cuyos cometidos recaían sobre un sector específico de la producción (comercio, agricultura, fabricación de carros para el ejército) pero con competencias y medios análogos para llevarlos a cabo.

Muchos de los altos funcionarios eran eunucos porque de esta forma, al no poder transmitir bienes ni prestigio, eran poco peligrosos, a diferencia de los miembros de la familia real, que podían albergar aspiraciones al trono. Se hallaban en la corte muy próximos al rey con quien a menudo trataban, bien directamente bien a través del visir, y, como ya hemos dicho, ejercían una pluralidad de funciones en relación a las diversas tareas que, más por lealtad que por capacitación, les eran encomendadas. Sin embargo cuando se hallaban al frente de una circunscripción o de una provincia, en calidad de gobernadores o de administradores -hazanu-, desarraigados de su ciudad y en medio de una población extraña y a menudo hostil, su situación era muy distinta. En general su autonomía era, en la práctica, mayor, aunque en la correspondencia con el rey realizaran incesantes declaraciones de lealtad y devoción. Tal autonomía aumentaba con la distancia de la corte y, por supuesto, ante la debilidad del poder central, llegando a veces a producir situaciones "feudales" en las que el poder y la autoridad del rey no eran más que meramente nominales. Por ello se intentaron, como en tiempos del imperio de la Tercera Dinastía de Ur, soluciones que impidieran la formación de una base local de poder en la que los altos cargos de la administración periférica pudieran apoyarse, en el transcurso de otras tantas experiencias políticas e históricas. En este sentido la rotación en los puestos y la no heredabilidad de los cargos, cuya designación competía al rey, fueron ampliamente utilizados pero no siempre pudieron impedir la formación de una base territorial en la que se apoyaran las familias más poderosas de la nobleza, sobre todo cuando, como en la Asiria del primer milenio, tales familias se encontraban directamente involucradas en el aparato militar del Estado.

Los escribas.
Los escribas constituían en cualquier parte la base sobre la que reposaba todo el funcionamiento del aparato administrativo. Su número era abundante y constituían, no sólo una categoría profesional de prestigio, sino un grupo social bastante definido, pues el hecho de saber leer y escribir era considerado, además de como un privilegio, como un signo de superioridad social efectiva. Los escribas provenían de las familias acomodadas, ya que su instrucción, que se realizaba en escuelas especializadas e incluía el aprendizaje y dominio de la escritura y las técnicas contables, así como el repertorio de fórmulas contractuales y diplomáticas, era larga y onerosa. Hijos de funcionarios, de responsables o administradores de grandes dominios, de sacerdotes y ricos comerciantes, recibían de esta manera lo que en la práctica constituía, de hecho, un privilegio de clase que se hallaba reforzado por la tradición misma de la trasmisión hereditaria de los oficios.

Se conoce bastante bien el funcionamiento de la escuela en la que se desarrollaba el aprendizaje de los escribas en tiempos sumerios, cuando la técnica de la escritura cuneiforme había ya alcanzado su primer grado de perfeccionamiento. A la cabeza, en calidad de director, se hallaba el ummia , el especialista o maestro, a quien también se denominaba como "padre de la escuela", ayudado en sus funciones por un profesor auxiliar que recibía el título de "gran hermano". Había además un maestro de dibujo y de lengua sumeria, así como vigilantes y responsables de la disciplina. El aprendizaje consistía en memorizar los extensos repertorios de signos, agrupados en vocablos y expresiones próximas por su sentido, nombres de árboles, animales, piedras y minerales, pueblos y ciudades, que eran copiadas una y otra vez. Así mismo se elaboraban diversas tablas matemáticas y numerosos problemas acompañados de su solución. Un segundo nivel de instrucción, al que no accedían todos los alumnos, tenía que ver con la creación artística y literaria, y en el se estudiaban, copiaban e imitaban las obras clásicas de la literatura sumeria.

El lugar de trabajo de los escribas estaba en los despachos y archivos de palacios y templos, si bien algunos podía trabajar como profesores en las escuelas, ocuparse de la contabilidad y la abundante correspondencia de algún rico comerciante, e incluso llegar a ser secretario de algún personaje principal, del mismo rey o del visir. También había escribanos públicos que ejercían su oficio a las puertas de la ciudad, aunque su dominio de la escritura era más rudimentario, pues su función consistía esencialmente en redactar actas muy resumidas de los pleitos, para lo que un repertorio limitado de signos cuneiformes era suficiente.

Gobierno y administración: los medios

La trasmisión de la autoridad desde el rey a sus funcionarios constituía el factor del que dependía el gobierno y la administración. Autoridad para realizar el censo, supervisar la construcción y el mantenimiento de las obras de templos, murallas y canales, reclutar la fuerza de trabajo necesaria, dirigir el comercio, cobrar las tasas y los impuestos, actividades todas ellas que requerían un personal numeroso y especializado. Este era el ámbito era en el que los dependientes de palacio ejercían su actividad. Dignatarios, funcionarios, supervisores, escribas constituían una cadena jerárquica mediante la cual se efectuaba la trasmisión de la autoridad -las decisiones del rey- y por la que llegaban al palacio los bienes y recursos necesarios para mantener a todo el personal cortesano y burocrático, así como a las tropas, y mantener bien alto el prestigio del rey, lo que suponía un elevado gasto suntuoso. Así que no resulta una exageración afirmar que en gran medida el aparato de gobierno y administrativo era, sobre todo, un aparto exactor, que aseguraba los medios y procedimientos para que las comunidades -aldeas y ciudades- entregaran a su debido tiempo las cantidades de bienes y servicios debidos al palacio. Como parece obvio, la complejidad del sistema administrativo era pareja a la magnitud de lo administrado, aunque el principio es básicamente el mismo en todas partes, tanto para una ciudad sumeria de dimensiones cantonales como para un imperio como el babilonio o el asirio.

Los medios que proporcionaban la capacidad de hacer anotaciones y realizar cálculos adquirieron muy pronto una enorme importancia para los métodos y prácticas administrativos, en un sistema que operaba de forma redistributiva, almacenando el excedente entregado por los campesinos para retribuir a los artesanos, comerciantes, sacerdotes, militares y escribas. De ahí el enorme interés de la escritura, que se desarrolló a partir de procedimientos muy elementales. No obstante, la escritura no supuso la aparición de una nueva era, como popularmente se piensa -si bien para nosotros posibilita conocer, como hasta entonces no ha sido posible, la vida y la historia de aquellas gentes- sino la culminación de un proceso de complejidad cultural que encontró en ella un extraordinario medio de expresión y un método práctico y eficaz de registrar y trasmitir información.

Los métodos de cálculo, medida y anotación.
En la base de todo el aparato administrativo, facilitando y garantizando su funcionamiento, se encontraban los procedimientos de registro y cálculo, así como los de medida, sin los cuales la exacción no habría sido posible. Estos se desarrollaron muy tempranamente, en la transición misma a la época histórica, a partir de métodos elementales que dieron origen finalmente a un sistema de cómputo, uno de pesas y medidas, así como a la escritura. Ya en las primitivas ciudades sumerias, cuya vida giraba enteramente en torno al templo, la centralización y la especialización hacía preciso anotar un sin fin de operaciones que se realizaban cotidianamente y llevar un registro de ellas a fin de garantizar una correcta administración. Las medidas de peso, de capacidad y de extensión, tanto en línea como en área, fueron unificadas desde sus correspondencias antropomórficas originales (pie, palmo...) en una primera estandarización administrativa y vinculadas a un sistema numérico sexagesimal, que era el usado también para el cálculo, según el cual la unidad podía ser multiplicada o dividida por seis y por diez. Así, la unidad de medida de peso, el talento -originariamente el cráneo de un asno- tenía sesenta minas, cada una con sesenta siclos. La de capacidad, el gur, trescientas sila. Las medidas estandarizadas y oficiales eran custodiadas por las autoridades administrativas y se impuso un patrón de valores basado en la cebada y en la plata a fin de simplificar, administrativamente hablando, los cambios y transacciones entre los más diversos productos. En consecuencia, en el plano teórico, un siclo de plata equivalía, de acuerdo con la estandarización de los valores, a un gur de cebada, seis minas de lana y doce silas de aceite, aunque luego en la práctica diversos factores podían alterar estos valores.

Si obtener un calculo correcto de los bienes y servicios que fluían desde la comunidad al templo y de allí al personal especializado era importante, no lo era menos asegurar la integridad de todos ellos e impedir pérdidas o sustracciones. Para ello un primer paso importante consistió en utilizar sellos de piedra sobre superficies de arcilla como medio de garantía y propiedad, que aparecen ya en tiempos de El Ubaid con forma cuadrangular o redonda y con improntas de animales o signos geométricos que, en la práctica, equivalían a una firma. En la época de Uruk los sellos se vuelven cilíndricos lo que permite una impronta mayor por rotación sobre una superficie alargada, y empiezan a utilizarse para garantizar el contenido del recipiente, jarro, ánfora o saco, que ha sido de esta manera sellado. Dicha modificación tiene que ver muy directamente con el desarrollo de la economía redistributiva, en la que la exacción, almacenamiento y posterior distribución deben ser garantizados mediante la clausura de los contenedores y las estancias de los almacenes. El funcionario correspondiente, al estampar la impronta de su sello sobre la placa o crétula de arcilla que sella puertas o recipientes, aportará de esta forma la garantía definitiva a los actos de cerrar y abrir, convertidos en hechos administrativos precisos e importantes, pues proporcionaban así seguridad sobre la integridad del contenido y la legitimidad de su utilización o distribución (Liverani: 1988, 130). La figuras de las improntas de aquellos sellos de Uruk ilustran, por su parte, los procesos que nutren toda la actividad administrativa. Nos muestran escenas de la vida económica, social y política de la ciudad que se refieren a actividades especializadas, agrícolas, ganaderas y artesanales, de transporte terrestre y fluvial, de ofrendas en el templo, de acumulación en los almacenes, del rey defendiendo a ambos contra los enemigos o las alimañas, sintetizando de esta manera la actividad redistributiva que constituye el vórtice de la sociedad de aquellos tiempos (Collon: 1987).

Trasmisión y conservación de la información.
Pero no todo se limitaba a guardar y redistribuir, sellar y abrir, a proteger la circulación o la conservación de lo exactado. Determinadas operaciones administrativas no se hallaban físicamente ligadas a ningún objeto, sino que pretendían obtener información, o establecer la disposición de un servicio, para lo que se utilizaban "contraseñas" simbólicas en las que intervenían objetos de piedra, hueso o cerámica que representaban mediante su forma determinados productos y cantidades. Dentro de un envoltorio de arcilla cruda, sellado con la impronta de un funcionario, constituían mensajes que se enviaban de la administración central a la periférica y viceversa, mientras que en la práctica representaban la existencia de una "escritura objetual" de carácter embrionario. El siguiente paso, en un proceso que pretende ser más práctico y más explícito, consiste en poder llegar a conocer el contenido de la bola de arcilla sin necesidad de abrirla, para lo cual se grava sobre la superficie de la impronta del sello que lo garantiza la marca que deja la señal de los objetos que en su interior constituyen el mensaje. Pero entonces, ¿para que seguir enviándolos dentro de una bola de arcilla?. La bola se convierte, de esta forma, en la tablilla sobre la que se gravan la impronta del sello y signos que representan números y objetos, al tiempo que el código objetual se va convirtiendo en un código gráfico. Nació de esta forma la escritura, que representaba la culminación del proceso de especialización del trabajo y de personalización de las relaciones laborales y retributivas en el seno de una sociedad centralizada y redistributiva como aquella.

La escritura cuneiforme.
Dentro de este proceso la siguiente evolución se produjo cuando empezaron a sustituirse las marcas realizadas por los objetos utilizados como contraseña por dibujos de los mismos, con lo que aparece hacia el 3200 a. C. (Uruk IV) la que denominamos escritura pictográfica. Más que de una escritura propiamente se trata, en realidad, de una evolución y perfeccionamiento del sistema de las contraseñas. Los signos o pictogramas están ejecutados con trazos lineales con los que se realiza un amplio repertorio; partes del cuerpo humano o de animales, vegetales, útiles y herramientas, elementos de la naturaleza, son dibujados con trazos simples y precisos que permiten generalmente identificar aquello que ha sido representado por el signo. Pronto el repertorio de imágenes se amplía, habiendo desaparecido la limitación objetual. La ampliación del repertorio gráfico así como la tendencia a la estilización propia de la técnica de los escribas -el personal especializado en la técnica del registro- que debían realizar numerosas anotaciones en una jornada de trabajo, desembocó finalmente en la escritura cuneiforme, a base de signos en forma de cuña realizados con el extremo inferior de una caña afilada sobre la tableta cruda de arcilla. No obstante, la una no fue el resultado lógico de la otra ya que ente ambas existen importantes diferencias conceptuales, por lo que en medio hubo de haber existido una elaboración intelectual importante. Los signos de la escritura pictográfica, en cuanto que evocan imágenes y asociaciones de imágenes fácilmente concebibles (la de un pie, andar; la de una mano, trabajar; un pie y un árbol, andar por el bosque; una mano y una espiga, trabajar en el campo; una mujer y una montaña, la esclava etc) poseen un valor universal, de ahí su utilidad, pero al mismo tiempo solo pueden expresar ideas muy generales, ya que el signo representa una cosa y no una palabra, por lo que no sirven más que para expresar con cierta facilidad ideas abstractas, pero no permiten describir ni explicar en su totalidad una situación concreta.

El paso del pictograma al ideograma, en el que por imperativo de los útiles y la técnica empleada los trazos curvos son imposibles, sustituyéndose por trazos rectos con aspecto de cuña, supuso la pérdida del realismo originario, con lo que aquello que se representa acabó por convertirse en un signo abstracto. Con la combinación de los trazos -cuñas verticales, horizontales e inclinadas de distinto tamaño- se formó un sistema de varios centenares de signos a los que se fue dotando del valor fonético de una determinada sílaba que se añadía a su significación ideográfica originaria. Así la escritura pasó a tener un valor silábico que, mediante la combinación de signos, permitía escribir palabras sin tener en cuenta el significado conceptual de cada uno de los que las componían, si bien determinados conceptos continuaron escribiéndose de forma ideográfica, sobre todo aquellos que poseían una información determinativa, como la estrella que daba a entender que el nombre que seguía era el propio de un dios. Con el tiempo, el valor silábico terminó predominando sobre el ideográfico de tal manera que, cuando se paso a escribir en líneas horizontales de izquierda a derecha -lo que se ajustaba mejor a la forma y superficie de la tablilla que la manera originaria de escribir en columnas verticales de arriba a bajo y de derecha a izquierda- los signos quedaron tumbados, lo que pictográficamente hubiera sido un absurdo, prueba del predominio de su valor silábico.

Aunque la escritura cuneiforme, fonético-silábica, se formó en ambiente sumerio, su adaptación a la lengua semita, el acadio, constituyó un gran estimulo para su desarrollo. Al ser el acadio una lengua de tipo flexional, a diferencia del sumerio que era aglutinante, en la que, por consiguiente, las palabras cambian su significado sin modificar su raíz, añadiendo prefijos y sufijos, el resultado fue la utilización de palabras en su mayoría plurisilábicas, frente a la mayoría monosilábicas del sumerio. Así, los acadios tuvieron que utilizar signos, que para los sumerios correspondían a una palabra, para designar las sílabas de las suyas, por lo que si bien conservaban su valor fonético perdieron todo su contenido semántico. Se comprende entonces que se haya producido en este contexto la transformación completa a una escritura fonética. El primitivo signo sumerio que correspondía a una palabra en aquella lengua se utiliza por el sonido que representa, que en acadio constituye una sílaba de una palabra y posee, además, un significado semántico distinto.

De la escritura fonética a la alfabética.
A pesar de sus evidentes ventajas respecto a la escritura pictográfica, el sistema cuneiforme, que predominó en todo el Próximo Oriente durante siglos, adaptado a las diversas lenguas, tenía también sus inconvenientes. En la práctica resultaba una mezcla de escritura fonética e ideográfica, por lo que al gran número de signos se añadía la dificultad de que cada uno de ellos podía poseer un valor ideográfico y varios valores fonéticos. Se comprende, por ello, que el conocimiento de la técnica de la escritura requiriera una auténtica especialización que recaía en el escriba, que también debía conocer los métodos de cálculo y procedimientos contables, así como la forma de redactar una carta o un contrato. Todo ello no comportaba un problema excesivo, y de hecho el sistema había mostrado su utilidad, cuando se trataba de la administración realizada en los palacios y los templos. Tal vez por ello fue en un contexto, el país de Canaán, donde los templos y palacios, aunque presentes, no tenían la dimensión ni la tradición de la cultura del escriba como en Mesopotamia, donde finalmente y en el transcurso de los siglos XVI y XV a. C. hizo su aparición un nuevo sistema, el alfabético, que se basaba en el valor unívoco de los signos. Que hubo allí diversos intentos de conseguir un sistema de escritura más ágil está probado por el hecho de haber sido encontrado en Ugarit y algunos otros sitios una especie de alfabeto cuneiforme que estuvo en uso durante la segunda mitad del segundo milenio.

La escritura alfabética, en la que quizá Egipto pudo haber ejercido cierta influencia a través de una especie de alfabeto que los egipcios ya poseían para escribir los nombres extranjeros, se concretó en el sistema del alfabeto lineal cananeo, el más antiguo de todos los alfabetos orientales, y supuso la utilización de signos con un valor fonético dado para formar las sílabas que componen una palabra. El resultado implica una disminución drástica del número de signos necesarios y la posibilidad de utilizar soportes distintos a la arcilla, el cuero o el papiro, para escribir. Resultado, en realidad, de una profundización del análisis fonético y de las exigencias de un método de escritura más ágil en un medio predominantemente comercial como era aquel, la escritura alfabética conoció una vigorosa expansión durante el primer milenio vinculada a lenguas como el fenicio, el hebreo o el arameo.

Justicia, ley y legislación

Justicia -kittum- y rectitud -mesharum -, hijos en el mito del dios solar Shamash -juez que mantenía la ley y la justicia, que castigaba el "pecado", incluyendo la mala conducta social, en su papel de tutor de la ética social y personal- representaban en la mentalidad de las gentes la ley que los dioses habían concedido a la sociedad a través de la persona del rey, convertido de este modo en legislador máximo. La garantía divina era el fundamento de la ética, al estar la sociedad integrada en el orden cósmico, constituyendo una unidad con la naturaleza y los mismos dioses.

Justicia y ley en el Próximo Oriente Antiguo.
En su papel de legislador, como interprete de la voluntad divina que rige el orden universal, el rey, en realidad, no inventa la norma, sino que, de acuerdo con la tradición la acomoda a una situación existente o bien la suspende momentáneamente, sin derogarla, a fin de conseguir el equilibrio social. No puede ser derogada porque es producto de la voluntad de los dioses, de un orden permanente e inmutable que se expresa en su realización. Al mismo tiempo es producto de la tradición y está, por tanto, basada en la costumbre. Toda sociedad se proyecta en sus dioses, y puesto que las situaciones prácticas cambian, transformándose con el paso del tiempo, es preciso ajustar dicha tradición a cada realidad concreta en cada momento o época, en otras palabras, es preciso actualizarla. Dicha actualización no supone, sin embargo, la abolición de unas normas y su sustitución por otras, sino, bien por el contrario un cierta flexibilidad en su interpretación. De hecho, llama la atención comprobar lo poco que la normativa jurídica próximo oriental ha ido cambiando con el paso del tiempo. Más que a una evolución, se asiste a una adecuación a contextos sociales y políticos específicos, y en este sentido es preciso distinguir la ley palatina, de la ley rural o nómada, y aún en la primera entre los ordenamientos que podemos considerar centrales (Mesopotamia) y aquellos otros que, aún inspirados en el mismo modelo, resultarán periféricos (Siria, Hatti, Canaán).

Leyes y legislación.
La ley palatina encuentra su valedor e intérprete en el rey, que además de tener la responsabilidad ideal y moral de la justicia, promulga códigos y edictos, supervisa la vida judicial, recibe apelaciones y sentencia en segunda instancia, al tiempo que se reserva algunas competencias específicas, como la clemencia. La ley de la aldea o de la tribu apela, sobre todo a la comunidad, convertida en juez a través de los "ancianos" y en ejecutora de las sanciones de una forma colectiva. Mediante los "ancianos" y a veces también con la ayuda de expertos más o menos institucionalizados, la comunidad, y en este caso puede tratarse igualmente de una ciudad, resuelve con rapidez y eficacia la mayor parte de los asuntos judiciales, buscando la mayor de las veces una compensación. Los ancianos de ciudad, de barrio o aldea, elegidos por cooptación y prestigio, trataban los diferentes asuntos surgidos a las puertas de la ciudad o de la villa, en presencia del pueblo que actuaba como testigo y que ocasionalmente podía intervenir si se suscitaba debate.

La ley palatina, a la que se podía recurrir en disconformidad con una sanción comunitaria, se manifestaba, sobre todo, por boca y acción del rey, en los códigos que ordena realizar y los edictos que promulga. Los códigos, erigidos sobre estelas y difundidos luego en tablillas, constituyen recopilaciones cuyo valor normativo es relativo, sirviendo sobre todo para manifestar una función de orden social en el plano moral y didáctico. Son algo así como el reflejo de la capacidad de justicia que emana de la figura del rey, pero también poseen, por supuesto, un valor instrumental. Los jueces tenían en ellos una referencia, no tanto en el cuadro de sanciones sistemáticamente impuestas, cuanto de los principios básicos que podían ser aplicados para obtener una sanción justa. De hecho los veredictos no siempre coinciden con sus promulgaciones, por lo que su carácter era fundamentalmente orientativo. En los códigos la ley se manifiesta mediante reglas de justicia que emplean una formulación hipotética que expresa la ley en términos de causa y efecto -"si tal sucediera, tal ocurrirá"- o bien relativa, de carácter más perentorio -"el que haga esto, le sucederá aquello"-, y con mucha menor frecuencia de forma imperativa -"no se hará esto".

En lo que a los edictos concierne, el rey los promulga tanto para el ámbito de palacio, como ocurre con los edictos hititas, y se trata entonces de regular una situación que afecta fundamentalmente a la nobleza y a los dependientes palatinos -como establecer el orden sucesorio, definir las prerrogativas de la asamblea de los nobles, conceder exenciones a estos mismos nobles- y entonces adopta la forma de un decreto que garantiza, mediante tablilla sellada, tales concesiones, como para el más amplio y general de la comunidad. En este último terreno destacan sobre todo, como parte de la prerrogativa real de suspender la operatividad normal de las leyes, los decretos destinados a "instaurar la rectitud en el país" -mesharum- que anulaban la deudas y la servidumbre ocasionada por ellas, condonaban el pago de las tasas atrasadas y podían, incluso, si bien esto era menos frecuente, restituir a sus antiguos propietarios los bienes que habían sido enajenados. "El principio de que todos deben honrar las obligaciones impuestas por el palacio y asumidas con los acreedores privados, o sufrir en caso contrario las consecuencias, quedaba intacto: pero- bajo la garantía de la autoridad real y, al parecer, de un rito en honor a Shamash- se derogaba transitoriamente, a fin de que en adelante no significara para nadie un peso insoportable la aplicación de la ley" (Pintore: 1987, 477). Otras veces la promulgación real, que asume al carácter coercitivo y perpetuo de la ley, se aplica en interés de determinados colectivos, como las exenciones concedidas a los templos o a determinadas ciudades que llegan a gozar de un estatuto privilegiado que tiende a convertirse en perenne.

Jueces, procedimientos y sanciones.
Al rey competía también la designación y nombramiento de los jueces de rango superior. Había diversas categorías de jueces -personas siempre distinguidas en el seno de la comunidad- en los palacios, en las ciudades, en los templos, que se reunían para formar cortes y tribunales, en ocasiones de carácter mixto, pero también podían dispensar la justicia los gobernadores de provincias, los altos magistrados de la ciudad, como el prefecto, o del palacio, como los emisarios reales, que eran asesorados por los ancianos o por algunos de aquellos jueces. Sus sanciones persiguen, de acuerdo con una mentalidad jurídica que es sustancialmente distinta a la nuestra, no tanto vengar el delito o la injuria cuanto restablecer el orden normal anterior que ha sido conculcado. Los juicios se celebraban en lugares destinados a tal fin, que existían tanto en los palacios como en los templos. Los ancianos se reunían a las puertas de la ciudad en presencia del pueblo, que actuaba como testigo, y de un escribano público. También había en las ciudades mesopotámicas edificios públicos destinados expresamente a la administración de justicia, denominados "casas del juicio" -bit dinim- , aunque el lugar en que éste se celebrara no implicaba necesariamente la naturaleza, laica, religiosa o mixta, del tribunal.

Sobre los procedimientos estamos peor informados, ya que las actas de los juicios y pleitos apenas proporcionan detalle sobre su desarrollo y no todos los casos daban lugar a un documento redactado por un escriba, sino solamente aquellos en que fuera menester consignar por escrito los derechos correspondientes a una de las partes, por lo que abundan los testimonios acerca de los procesos en relación con la propiedad y la familia, mientras que apenas hay nada sobre aquellos que no tenían un efecto económico. El esclarecimiento de la verdad, que formaba parte del proceso, constituyendo el presupuesto del juicio, se realizaba de diversas maneras. Sin evidencia o confesión espontánea, se instruía la averiguación mediante pruebas materiales, documentales, y testimonios. También se podía recurrir a la presentación de hechos resolutivos, de carácter sobrenatural, lo que se hacía por medio del juramento y de la ordalía (juicio de dios). Particularmente extendida se hallaba la ordalía fluvial, usada sobre todo en acusaciones graves, por la que se arrojaba al sospechoso/a al río, considerándole inocente si flotaba y culpable si se hundía.

Establecida la verdad se pronunciaba la sentencia que contenía indicaciones precisas, dadas por los jueces, sobre como había que reparar la injusticia para que la justicia quedara restablecida. "Fallado el pleito, en tiempo, lugar y forma, según sabemos por las tablillas con los juicios escritos en ellas y garantizados por las firmas de testigos, la justicia era intransigente. El autor de la falta debía cumplir la sanción que le hubiere sido impuesta: pena de muerte, cuya aplicación variaba según la índole del crimen, castigos corporales, multas e indemnizaciones" (Lara y Lara: 1994, XVI). En cuanto a las sanciones precisamente, una norma genérica buscaba la compensación, aunque atendiendo a múltiples factores, ya que el delito y sus consecuencias eran percibidos más en el plano colectivo que en el individual. Además de la satisfacción de las partes implicadas por los procedimientos adecuados de compensación, que normalmente eran económicos, se tenía en cuenta así mismo, a la hora de dictar la sanción, la satisfacción de la conciencia pública y la salvaguarda del favor divino, ya que todo delito o falta contra la ley, era sobre todo una ofensa a la comunidad y a los dioses.

El tipo de sanciones era muy variado, existiendo, por supuesto los castigos ejemplares para los casos considerados de extremada gravedad, como la brujería. La prisión, aunque existía, no se aplicaba comunmente, siendo reservada para los asuntos de índole política. La pena capital se hallaba bastante generalizada, si bien parece que en numerosas ocasiones se ejecutaba de modo informal, pues la mayoría de las reglas legales no precisan el modo de ejecutarla, lo que unas veces correspondía a la parte ofendida o perjudicada, o a un pariente próximo, y otras a la comunidad.

Aunque, de acuerdo a la mentalidad el principal órgano ejecutivo de la justicia era la misma comunidad, y el soberano no era en este sentido sino el protector de sus súbditos, el palacio disponía de los elementos de coacción y ejecución a fin de hacer cumplir la ley, como cuerpos de gendarmes -redu-, y personal encargado de cuestiones tales como exigir los créditos protestados, de lo que en época paleobabilónica se ocupaba el musaddinum. La ley y su aplicación era particularmente rigurosa respecto a la protección de las propiedades de templos y palacios: "Si un señor roba el tesoro del templo o del palacio será castigado con la muerte. Además el que recibió de sus manos los bienes robados será también castigado con la muerte....Si roba un buey, un cordero, un asno, un cerdo o una barca del templo o del palacio, restituirá su valor hasta treinta veces, si pertenecen a un mushkenum lo restituirá hasta diez veces. Si el ladrón no tiene con que restituir, será castigado con la muerte" (C.H. 6 y 8)

Los códigos sumerios y paleobabilónicos.
El primero de los códigos próximo orientales de que tenemos noticia corresponde a Ur-Nammu, fundador del imperio de la Tercera Dinastía de Ur, si bien últimamente se ha atribuído a su hijo Shulgi (Lara y Lara: 1994, XXVI). Recoge leyes, en una treintena de artículos muy mal conservados, sobre la familia y la costumbre, las ofensas físicas y morales, así como la vida agrícola. Las reglas de justicia que contiene están expresadas de forma muy concreta y clara, empleando la formulación condicional -" Si un hombre ha golpeado a otro hombre con un arma y la ha roto un hueso, pesará una mina de plata" (19)-. En gran manera la presentación y el estilo de éste código se convertirán en canónicos para los venideros, con su estructuración tripartita compuesta de prólogo, sólo legible parcialmente, articulado legal y epílogo, que en éste caso no nos ha llegado.

Anteriores son las inscripciones de Urukagina de Lagash que constituyen las más antiguas reglas de justicia que conocemos, junto a los edictos de su predecesor en el trono, Enmetena, claro ejemplo de una práctica tan antigua como difundida, aquella de instaurar la rectitud mediante la remisión de las deudas, la exención del pago de los impuestos atrasados y la emancipación (probablemente parcial) de los siervos por deudas. En un sentido muy similar se inscriben las posteriores reformas de Gudea, igualmente soberano de Lagash en la última etapa de florecimiento de la ciudad, tras la desaparición de la dominación gutea.

Un rey de Isin, Lipitishtar, quinto monarca de la dinastía de esta ciudad al final de su periodo de hegemonía sobre la Mesopotamia meridional, promulgó otro código, mejor conservado que el de Ur-Nammu/Shulgi, aunque conocido igualmente, no por la estela original, sino por las copias que se hicieron en tablillas. Escrito también en sumerio contiene leyes, expresadas con el típico formulario condicional en unos cuarenta artículos, sobre la propiedad y alquileres, los esclavos, la familia y la herencia, falsas acusaciones, diversos aspectos del cuidado y trabajo de los campos, y daños causados por determinados animales. Su prólogo es el primero en el que el rey legislador manifiesta realizar su labor acatando las ordenes de los dioses que le han elegido a él y su ciudad para que imponga la justicia y el bienestar en todo el país, algo que a partir de entonces será arquetípico, así como el epílogo en donde se declara haber sabido cumplir la misión encomendada, de la que la estela, sobre la que se ha grabado el código, será testimonio: "Cuando Lipitishtar, el pastor obediente, fue llamado por Nunamnir, para establecer la justicia en el país, para extirpar por la palabra la iniquidad, para destruir por la fuerza el desorden y la malevolencia, para establecer el bienestar en Sumer y Akkad, entonces An y Enlil llamaron a Lipitishtar para la soberanía del país. En aquel día, yo, Lipitishtar, el pastor piadoso de Nippur, el cultivador esforzado de Ur, el siempre vigilante de Eridu, el señor glorioso de Uruk, el rey de Isin,, el rey de Sumer y Akkad,, el elegido del corazón de Innana, según la orden de Enlil, establecí la justicia en Sumer y Akkad" (C.L, 2-3).

A diferencia de estos ejemplos redactados en sumerio, las leyes de Eshnunna, ciudad que ejerció la hegemonía sobre el Diyala durante la primera parte del periodo palobabilónico, se hallan compiladas en más de cincuenta artículos redactados en acadio y son atribuidas sin mucha seguridad a los reyes Bilalama o Dadusha. Comienzan con una tarifa de precios de productos como la cebada, el aceite, la madera, la sal, o el cobre, seguida de disposiciones relativas a los alquileres, salarios, préstamos, a los esclavos, la familia, la propiedad y las ofensas físicas. Menos sistematizado y careciendo, a diferencia de los otros códigos, de un prólogo y un epílogo que encuadren el cuerpo legal, aunque pudo haberlos tenido sin que hayan llegado hasta nosotros debido al mal estado de conservación de los documentos, produce la impresión de tratarse de una recopilación en la que la composición legal se utiliza como fundamento del derecho penal, y en la que no abundan las sanciones basadas en la Ley del Talión.

El Código de Hammurabi.
El Código de Hammurabi, grabado sobre una estela de diorita negra fue descubierto entre las ruinas de Susa, antigua capital elamita, en 1902, adonde había sido llevada como parte del botín de guerra conseguido por el rey Shutruk-nakhunte a comienzos del siglo XII a.C. Su descubrimiento y publicación marcó un hito en la historia del derecho y durante mucho tiempo se consideró a Hammurabi como el primer rey legislador. Ya hemos visto que no es así: su legislación no fue la primera en promulgarse en Mesopotamia y tampoco en este campo fue un innovador. Su famoso código que contiene doscientos ochenta y dos artículos de derecho penal, procesal, patrimonial, civil y administrativo, sin establecer entre ellos una separación precisa, había sido precedido tiempo atrás por otros, de los que sin embargo no conservamos el original como en este caso.

Como compilador y sistematizador de las reglas legales Hammurabi no se distinguió tampoco por su inventiva. En este sentido, sus formulaciones no aportan prácticamente nada original en el campo legislativo. Tampoco se trata de una obra de carácter progresista, pues en realidad el código de Hammurabi se limitaba a regular el orden socialmente establecido: "Hammurabi no destruye ni transforma en absoluto las relaciones socio-económicas existentes hasta entonces. Se limitaba a dejar de lado los particularismos regionales. Formalmente se mantiene incluso la ordenación en comunidades rurales. Hammurabi sólo las subordinó a su poder, instituyendo a algunos de sus funcionarios dentro del aparato administrativo de las comunidades" (Klima: 1983, 187). Tales comunidades rurales habían sido el origen de las ciudades-templo sumerias a partir de las cuales evolucionó posteriormente la vida urbana en Mesopotamia. Las ciudades mesopotámicas conservaban todavía algunos rasgos específicos de aquellas comunidades rurales, como era la presencia de asambleas deliberativas integradas por los notables locales. En tiempos de Hammurabi eran una pieza más de la administración supeditada a la autoridad del palacio.

La verdadera importancia del código de Hammurabi viene dada por el hecho de que unificaba las anteriores legislaciones existentes, como los códigos de Ur-nammu, Lipitistar y Eshnunna, proporcionando una homogeneidad jurídica que antes no existía a todas las tierras de su imperio. Para ello había compilado y sistematizado un conjunto de preceptos jurídicos en una labor de revisión y puesta al día, que anteriormente se presentaban de forma aislada y heterogénea. En esta labor tuvo en cuenta la legislación anterior que modificó o actualizó con el fin de ajustarla a las características de su imperio. Pero si todo ello es de un valor notable y la suya es la primera gran sistematización en la historia del derecho, no es por ello menos cierto la presencia de algunos aspectos claramente regresivos. El principal de ellos lo constituye la fundamentación de su derecho penal en la Ley del Talión, aunque temperada con su aplicación siempre entre ciudadanos de la misma clase social. Hacía mucho tiempo que prácticamente había desaparecido de la anterior legislación mesopotámica, que desconoce casi el "ojo por ojo, diente por diente", estableciéndose en su lugar las pertinentes compensaciones económicas. Frente a este hecho caben dos tipos de interpretaciones. Una considera pertinente que su reintroducción en el Código de Hammurabi obedezca a un eco atávico de la dura ley del desierto, de cuya propagación fuera responsable el elemento amorita, en sus orígenes nómada. Está también presente en el código una especie de responsabilidad de clan, lo que apuntaría en esta misma dirección, por ejemplo, un albañil paga con la muerte el hundimiento de una casa mal construida si a consecuencia perece un inquilino. Si entre los escombros perece igualmente el hijo de éste, el hijo del albañil deberá pagar también con su vida (C H., 229-230). Otra, en cambio, considera que la manifiesta severidad de las sanciones basadas en el "ojo por ojo, diente por diente" no obedecía tanto a la fuerza de atávicas costumbres y tradiciones, cuanto a la existencia de una sociedad estratificada en la que imperaba, junto con el castigo ejemplar al que se recurre en según que ocasiones, el principio de que en igualdad de rango y sin malicia de por medio, la pena no debe superar el daño infligido. Si el daño es grande también lo será la pena y si es leve, leve será ésta

Con todo, el código de Hammurabi posee una importancia excepcional. «Con su promulgación, y a pesar de las pocas innovaciones establecidas, se originó en Mesopotamia una reforma judicial de gran alcance, aunque bien es verdad que sin excesivas preocupaciones sociales. Se estableció la igualdad jurídica para todos los ciudadanos, es cierto, pero de un modo clasista, ya que la aplicación de sus normas no era idéntica para todos los hombres» (Lara Peinado, 1986, 39). Jurídicamente, y como ya sabemos, la población estaba dividida en tres clases: las personas de condición social desahogada -awilu- que eran los ciudadanos libres con todos los derechos, el pueblo -mushkenu- integrado por personas en una relación de dependencia con el palacio, el templo u otra persona, y los esclavos -wardu-. Cada uno de estos grupos se caracterizaba por un conjunto de derechos y deberes proporcionales. Así, un delito cometido contra una persona del segundo grupo era castigado menos severamente que cuando se perpetraba contra un miembro de la clase superior. Es este carácter clasista el que sirve para fundamentar el despotismo de los reyes babilónicos y de la clase dominante.

Sólo en una ocasión se presenta Hammurabi poseído de un espíritu reformador que choca en cierta medida con algunos de los intereses del sistema establecido. Se trata de la secularización del poder político y jurídico de la poderosa clase sacerdotal. La unidad del templo y del Estado se había perdido definitivamente durante el agitado período anterior, que conoció una importante secularización de los bienes de los templos, y ahora el templo no era sino una más de las instituciones de la ciudad y del Estado, y la relación del ciudadano con él adquiere por vez primera rasgos individuales. A partir de ahora el palacio dispone de la propiedad del templo transmitiéndose su parcela de la administración pública y de la jurisprudencia a sectores laicos de la sociedad. Desde este momento, al menos eso se pretende, el tribunal civil tendrá absoluta primacía sobre el estamento clerical que hasta entonces contaba con el monopolio de la administración de justicia, y la actuación de los sacerdotes en este contexto se verá limitada al caso de recibir el juramento prestado ante las divinidades.

Las leyes asirias e hititas.
Una compilación de tiempos de Tiglatpilaser I recoge leyes que parecen reflejar la situación de la sociedad asiria en torno a los siglos XIV-XIII. Solo se conservan fragmentos de lo que debió ser un código de grandes dimensiones, muy estructurado en torno a diferentes secciones con una temática dominante, derechos de la mujer, bienes raíces, etc. Llama la atención, además de un minucioso empeño en delimitar casos y eventualidades, la severidad de las penas y castigos (trabajos forzados, empalamiento, mutilaciones diversas), sin duda los más duros e incluso siniestros de todo el Próximo Oriente, lo que se ha interpretado como una consecuencia del endurecimiento de las costumbres y la mentalidad asirias de la época, pero también como ejemplificaciones de la aplicación de principios -propios de una determinada mentalidad jurídica- que no invalidan sin embrago las soluciones concordadas mediante compensación, normalmente económica. En cualquier caso el código asirio resulta una excepción en la tendencia general a sustituir los castigos por una compensación, aunque esta última se admite para los golpes y lesiones. A diferencia de Babilonia el aborto voluntario era castigado con el empalamiento. La brujería estaba también condenada con la pena capital, tras la instrucción de un minucioso procedimiento en el que abundaban los juramentos terribles, destinados a averiguar las falsas imputaciones y a evitar que el sortilegio pudiera caer sobre los miembros del tribunal. En los crímenes de sangre, aunque la legislación asiria reconocía la responsabilidad individual, se admitía la venganza atenuada o el talión.

Las leyes hititas, cuya compilación se piensa fue realizada en tiempos del antiguo reino, son bastante bien conocidas debido al número de ejemplares de las diversas épocas que nos han llegado. Se trata de dos colecciones de cien reglas cada una, formuladas al modo hipotético, en las que abundan las leyes de derecho criminal (homicidio, robo, incendio, brujería), y otras tantas disposiciones relativas a la familia, la propiedad, los diversos estatutos sociales, los alquileres, los precios, la vida agrícola y algunas tarifas. A diferencia de las restantes compilaciones próximo orientales, destaca la continua relaboración en las diversas redacciones que denota un atención especial, y muy particular, por los cambios que experimentan las costumbres con el paso del tiempo, lo que culminará en el siglo XIII en el llamado "Texto paralelo" que recoge las sanciones actuales y vigentes recordando, al mismo tiempo, otras anteriores. En general la impresión que se obtiene es la de una severidad decreciente por la que las penas más graves, como la muerte por descuartizamiento, van siendo sustituidas por compensaciones económicas elevadas, y la protección y la responsabilidad penales fueron extendiéndose a los siervos.

Evolución histórica de la realeza

Reyes y sacerdotes en los estados arcaicos sumerios.
En el mundo sumerio el rey debía ser y era ante todo un "buen administrador" y debía actuar para restablecer la justicia conculcada, como hicieron Enmetena y Urukagina (Uruinimgina) de Lagash. La buena administración alcanza su modelo histórico en el ejemplo posterior de Gudea, que nos muestra un soberano que supo engrandecer y hacer prosperar su reino. Importa poco que la misma propaganda del rey exagerase sus logros y actuaciones, ya que en definitiva lo que se perseguía era difundir tal imagen. Estos son los dos modelos básicos de la monarquía sumeria más antigua, el rey justo y buen gobernante, antes de la aparición de las aspiraciones de dominio del país y de las regiones exteriores.

A pesar de las guerras, que al menos a partir de un momento no fueron raras, el rey no aparecía ante sus súbditos como un jefe militar, como ocurrirá con los monarcas de periodos posteriores, ya que como administrador del dios tutelar de la ciudad se limitaba a hacer la guerra en su nombre. Los dioses eran los que promovían las guerras y los que, en definitiva, otorgaban la victoria o la derrota, siendo los reyes meros instrumentos de su voluntad. La vinculación del rey con los dioses era por consiguiente muy acusada, no en vano en los orígenes la realeza había descendido del cielo, tal y como afirma la Lista Real Sumeria, por lo que el monarca dirigía la celebración de las grandes festividades religiosas y, sobre todo, actuaba como constructor y embellecedor de sus moradas, los templos. Rey promotor de construcciones, justo y proveedor de la prosperidad de su ciudad, tal es la imagen del "perfecto" monarca sumerio.

La monarquía acadia y la ideología del dominio universal.
La idea del rey como buen administrador, gobernante justo y constructor de templos y obras de irrigación no desapareció con el advenimiento de la dinastía inaugurada por Sargón de Akkad, igual que no desaparecieron los reyes sumerios, sometidos ahora a una autoridad más fuerte y centralizada. El propio Sargón tuvo cuidado de justificar su gobierno en todo momento de acuerdo con las tradiciones sumerias precedentes, y así se proclamó "ungido de Anum" y "vicario de Enlil", dos de las más importantes divinidades sumerias. Pero a todo ello se superpuso un concepto nuevo, consecuencia en parte de sus realizaciones militares, que no habría de ser olvidado y que incluso alimentaría la imaginación de cronistas muy posteriores, "el rey héroe-conquistador". Es algo que se percibe muy bien en el tono y el contenido de sus inscripciones. En ellas no se hace recuento de las construcciones realizadas, sino de las batallas libradas y ganadas por un rey que "no tiene rival". Tanto Sargón, como Naram-Sin, su nieto, constituyen el prototipo de reyes heroicos cuyas acciones se convirtieron en leyenda debido sus grandes conquistas, que fueron fruto de su superioridad física y su arrojo guerrero, siendo recordados por ellas y tratados muchas veces de emular.

La ideología del dominio universal, basada en el principio de que el reino propio constituye el centro del mundo y el resto es una periferia inferior y "barbara" que puede y debe ser sometida, se habría paso de esta forma mediante campañas incesantes y guerras de frontera -si bien no existían aún los medios para articular adecuadamente un estado territorial tan amplio, de ahí la necesidad de preservar las monarquías conquistadas- y pasó a expresarse desde Naram-Sin, y los, posteriores reyes de Ur, Isin y Larsa, anteponiendo una estrella, determinativo propio de las divinidades, al nombre del monarca.

Ebla y Assur. Los reyes mercaderes.
El reino sirio de Ebla, destruido finalmente por las expediciones del acadio Naram-Sin, presentaba unas peculiaridades que contrastan con lo conocido hasta entonces en la llanura mesopotámica. De mayor extensión que cualquiera de los estados de dimensiones cantonales de Mesopotamia, pero menos urbanizado y con menor densidad de población, así como dotado de una base medioambiental diferente, su monarquía, que revela en algunos elementos una cierta y superficial influencia sumeria, representa un modelo distinto de poder, articulado bien es cierto en torno a un palacio, pero con prácticas y legitimación diferentes, que emergen de una sociedad con una fuerte estructura familiar. El rey, cuyo carácter originariamente electivo se pone hoy en duda, hallaba contrapeso a su poder en el grupo de "ancianos", representantes de las principales familias que, como él, residían en el palacio. Tales "ancianos" acaparaban importantes prerrogativas administrativas, como el gobierno de una provincia, no por designación regia sino por su posición en la estructura de la sociedad. Todas estas diferencias no se deben a un estadio primitivo de la realeza frente a los tipos más desarrollados, propios de la Mesopotamia meridional, sino a unas bases sociales, económicas y políticas distintas. Al predominio de la estructura familiar de la sociedad se une en Ebla la ausencia del templo como agente económico y colonizador, y una economía de tipo agro-pastoril que encuentra en el comercio un medio importante de desarrollo.

Un poco diferente es el caso de Assur. Durante mucho tiempo se defendió el carácter electivo de los primeros reyes asirios, a los que se consideraba inmersos en una tradición tribal seminómada, pero hoy la mención en la lista real asiria de los "reyes que vivían en tiendas" tiende a interpretarse como una interpolación destinada a legitimizar la figura de Shamshi-Adad I, fundador del primer poderío político y militar de Asiria, perteneciente él mismo a un clan nómada amorita. Aún así los reyes asirios más antiguos parecen encontrarse más cerca de los monarcas eblaitas que de sus contemporáneos sumerios y, por supuesto, acadios. El poder, que sólo tras la desaparición del imperio de la Tercera Dinastía de Ur será totalmente autónomo, y en cuya cumbre se situaba un rey legitimado por el dios local Assur, era tripartito. Junto al rey se encontraba la "ciudad" -alum- , representada por la asamblea de los jefes de familia de ciudadanos libres -puhrum- con competencias sustancialmente judiciales y una incidencia política dificilmente cuantificable, pero que dejaba oir su voz en el palacio, debido a la importante participación de los ciudadanos y los notables en el comercio promovido por los reyes, aspecto aquí también de gran importancia económica. Finalmente el limun, un funcionario epónimo elegido por sorteo entre los representantes de las diversas familias, ejercía cierto contrapeso al poder del rey, actuando como jefe de la asamblea ciudadana y destinatario de las tasas sobre el comercio.

La monarquía neosumeria.
Durante la época que llamamos neosumeria, en la que la Tercera Dinastía de Ur ejerció la supremacía política, la realeza se convirtió en una síntesis de lo que había sido el modelo de los antiguos reyes sumerios con alguna de las innovaciones incorporadas por los acadios. Los reyes de Ur heredaron de los acadios la ampliación geográfica del horizonte político, así como la deificación ante los sometidos, pero el carácter heroico no fue asimilado y se sustituyó por viejas tradiciones sumerias relativas a la justicia y la buena administración. El rey justo se encarnó de nuevo en la figura misma de Ur-Namu, fundador de la dinastía, y autor de la más antigua compilación de "leyes" hasta ahora conocida -si bien últimamente tiende a atribuírsele a su hijo Shulgi-, protector de los pobres, los huérfanos y las viudas contra la rapacidad de lo ricos y poderosos, como una vez había hecho Urukagina.

El rey neosumerio, que ya no tiene otros rivales en el país, pues sólo el rey de Ur es lugal, habiendo quedado los ensi locales reducidos a la condición de gobernadores dependientes del poder central, se convirtió también, según la antigua tradición, en un gran constructor de templos, como un poco antes lo había sido Gudea, el ensi de Lagash. Esta fue una época relativamente pacífica, al menos en la baja Mesopotamia que formaba el núcleo del imperio. El país de Sumer y Akkad se encontraba pacificado y las campañas militares, como las realizadas por Shulgi y Amar-Sin, se dirigían sobre todo hacia la periferia. Un periodo, por tanto, no muy proclive para la aparición de reyes heroicos y conquistadores al más puro estilo acadio inaugurado por Sargón, si bien los reyes de Ur mantuvieron el determinativo divino delante de sus nombres, lo cual favorecía sus aspiraciones de control político sobre las ciudades sometidas, y al igual que los grandes soberanos de Akkad utilizaron los títulos de "rey de Sumer y Akkad" y "rey de las Cuatro Partes" para expresar esa ideología del dominio universal, que si en las fronteras se realizaba, como antes, mediante campañas militares sucesivas, dentro del imperio se imponía mediante procedimientos políticos y administrativos. El propio Shulgi hacía constatar en sus inscripciones, como un mérito, el no haber destruido ciudades ni anegado el país con la guerra.

La realeza en el periodo paleobabilónico: el "rey justo".
Desaparecido el imperio de Ur, los soberanos, en su mayoría amoritas, que pugnaron por la hegemonía, cuando Isin unas veces y Larsa otras fueron capaces de ejercitarla, actuaron en la más estricta continuidad respecto a sus predecesores neosumerios. El mantenimiento del determinativo divino delante de sus nombres daba fe de unas aspiraciones que, sin embargo, en muchas ocasiones resultaba muy difícil realizar. En aquel ambiente de fragmentación política y guerras incesantes, la figura del rey resultó acrecentada tanto por sus éxitos militares, como por sus capacidades administrativas y, sobre todo, por su eficacia en el mantenimiento de un equilibrio a medio plazo, en el que muchas veces residía la clave final de la victoria. En un tiempo en que ningún rey era poderoso sin el concurso de otros reyes, en palabras del propio Hammurabi, éstos eran aspectos que pasaban a un primer plano. El desarrollo arquitectónico del palacio, característico de este periodo, con uno de sus mejores ejemplos en el bien conocido palacio de Mari, en el Eufrates medio, es el claro exponente de una realeza en la que los procedimientos burocráticos y diplomáticos han adquirido un importante protagonismo, al tiempo que concentra un enorme poder en la figura del rey (Roux, 1987: 234 ss). Y sin embargo, ello no significaba, ni mucho menos, una renuncia a los procedimientos militares ni a las aspiraciones de un dominio universal, como se percibe por ejemplo en las campañas del asirio Shamshi Adad y en su ostentoso título de "rey de la Totalidad", sino la combinación de medios diplomáticos y políticos, junto a los militares, en una escala no conocida hasta entonces.

Si la situación política, con la fragmentación característica hasta el triunfo de Hammurabi, imponía un nuevo equilibrio y otra forma de hacer las cosas, en el plano social el aumento de las desigualdades y de la presión sobre los más humildes, situó otra vez en primer plano la figura del rey como dispensador de justicia, protector de los débiles frente a los poderosos mediante los edictos de mesharum (justicia), que solían proclamarse cada comienzo de reinado, pero que en ocasiones un mismo rey había de decretar otras tantas veces. Un cierto proceso de humanización de la realeza, como a veces se le ha definido, que la acerca más, en términos siempre relativos y nada concretos, a sus súbditos; una acentuación de los aspectos de la figura del rey que más podían incidir en los intereses de la población: protección y justicia. Por influencia amorita, que introdujo en Mesopotamia los ideales de la igualdad tribal, redefinidos luego -claro está- en el ambiente de la corte y de la ciudad, el rey justo se asimila a la imagen del rey "pastor " que cuida de un rebaño humano al que vigila y protege.

Además de dispensador de protección y justicia, el rey seguía actuando como otorgador de vida, responsable de "dar de comer alimentos preciados a las gentes, de hacerles beber agua dulce", como rezan las inscripciones, y en tal función se distingue sobre todo por la construcción de canales, que ya no es una empresa dirigida por el dios, como ocurría en la tradición más antigua, sino por él mismo al frente de la comunidad, principal beneficiaria de su gestión y su esfuerzo. Porque el rey es, además, esforzado y sabio, y como tal se manifiesta con claridad en aquel que, sin duda, fue el más importante de todos lo reyes de la época, el babilonio Hammurabi, también de origen amorita, y creador de un nuevo imperio, en que se plasmaba una vez más la realización de las aspiraciones arropadas por la vieja ideología del dominio universal. Por eso, este soberano detentaba los títulos de "rey de la Totalidad" o "rey de las Cuatro Partes del Mundo" con lo que hacía gala, como mucho antes Sargón, del carácter universal de su dominio. Era además, y en esto Hammurabi no se distinguía de otros monarcas mesopotámicos, sumo legislador, juez y general en jefe de los ejércitos, hallándose auxiliado en sus tareas de gobierno por una serie de dignatarios que, al igual que antes, no obedecían en las funciones que desempeñaban a una estricta reglamentación ministerial. No había, como veremos en otro capítulo, especialización de cargos. Como servidores, ante todo, del monarca poseían poderes considerables y diversos que en ocasiones podían dar lugar a un cierto conflicto de atribuciones.

El rey opresor: cambios en la ideología real durante el Bronce Tardío.
A mediados del segundo milenio se produjo una nueva transformación en la realeza que afectó al modelo de rey en el Próximo Oriente Antiguo. Tal cambio fue consecuencia, sobre todo, de la confluencia de dos tipos de factores, los que procedían de las circunstancias propias de la política regional que caracterizaron el periodo, con su división en grandes imperios y pequeños reinos y principados -grandes cortes con grandes reyes frente a pequeños palacios y reyes "vasallos"-, y los procedentes del ambiente social y palatino, caracterizado por el auge de una aristocracia militar que se convirtió en el soporte más inmediato del poder real. De acuerdo con esta última perspectiva, el rey pasó, de ser el jefe y representante de la comunidad ante los dioses, a constituirse en el lider de una restringida elite de poder, de protector de los débiles y los oprimidos a ser cómplice de los poderosos y los opresores, con quienes convivía en su corte y combatía en su ejército. Desaparecen los edictos de justicia, mediante los cuales se perdonaban las deudas y se aliviaba la situación de los más humildes, y se persigue implacablemente a los fugitivos, a todos aquellos que huyen de las tremendas cargas que han pasado a constituir las imposiciones fiscales y las prestaciones obligatorias al palacio. Ante el deterioro social, los reyes reaccionan con dureza en vez de con justicia, debido a que sus prioridades se encuentran en otra parte. En un contexto de guerras incesantes, en las que se ven envueltos los grandes imperios - Egipto, Mittani, Hatti, Asiria- y los pequeños reinos y principados como tributarios suyos, adquirió otra vez primacía el carácter heroico del rey junto con sus dotes de fuerza, valor y agresividad. Pero la guerra es ahora una guerra especializada y el rey, pese a su hazañas, depende de sus combatientes en carros tirados por caballos -maryannu - que por lo tanto han pasado a ocupar, como vimos en otro capítulo, el primer plano social mediante concesiones regias a costa de los campesinos.

En un ambiente como aquel el problema principal viene a ser el de la fidelidad. Fidelidad de un rey a otro y fidelidad de los funcionarios y militares hacia su rey. Los grandes reyes, que utilizan entre ellos el calificativo de "hermanos", en el reconocimiento de que la suya es una relación horizontal, entre iguales, al margen de su carácter pacífico o conflictivo, exigen la fidelidad de los pequeños reyes y príncipes en una relación vertical, similar a la que mantienen con sus funcionarios, que no contempla la contrapartida. Si el gran rey ayuda a un rey pequeño, es por su propio interés en el complejo juego político, en el que éste no es más que otra pieza de la estrategia de aquel, no porque en modo alguno deba hacerlo. Aún así, se acaban imponiendo algunas consideraciones prácticas. El gran rey que sistemáticamente se desentiende de las peticiones de ayuda y apoyo que le hacen llegar los reyes y príncipes tributarios, se encontrará, cuando su poder sea menos evidente, bien por enfrentamiento con otro poder regional, como un imperio enemigo, bien por crisis política interna, con la posibilidad nada remota de que se produzcan fugas entre las filas de sus tributarios, que deciden romper su fidelidad y buscar un señor más solícito con sus demandas. Así, la política del gran rey se debe mantener en un equilibrio entre la fidelidad absoluta que le deben los estados y reinos tributarios y la necesidad práctica de alimentar dicha fidelidad, además de con el temor a las represalias, con el cumplimiento efectivo de algunas de sus peticiones. A diferencia de la relación entre el rey y los súbditos de su reino, no se trata aquí de una ficción de intercambio, en la que el súbdito no recibe más que propaganda -la ilusión de que efectivamente recibe algo, vida y protección a cambio de su soporte al palacio concretado en forma de exacciones y prestaciones personales-, sino de un intercambio desigual, pero auténtico.

En un periodo en el que a muchos de los súbditos cada vez les costaba más aceptar el mensaje de la propaganda real, que precisamente retraía la justicia y las formas de protección no militar frente al auge de la dimensión heroica del rey, exigiendo sumisión y fidelidad incondicional, la satisfacción de las peticiones de los pequeños reyes y príncipes al gran rey, que normalmente giraban en torno a la protección de su trono frente a los enemigos y usurpadores, podía producirse con relativa frecuencia. De esta forma, la fidelidad, expresada mediante juramento ante los dioses, quedaba alimentada por el proceder del monarca, cuyo súbditos eran más los reyes y príncipes sometidos, que las gentes de su propio país, convertidas en siervos.

El rey justo, sabio y bondadoso: la influencia del elemento tribal a comienzos del primer milenio.
El final de la Edad del Bronce trajo consigo una grave crisis del Estado palatino, con la destrucción de numerosos palacios, la desaparición de los imperios y el resurgimiento del elemento nómada pastoril, encarnado esta vez por los arameos. En consecuencia, surgió en aquel ambiente un nuevo modelo de rey, con una gran influencia de procedencia tribal, que se impuso con fuerza sobre el contexto de los estados que se formaron, contando con el aporte nómada y de los hapiru resedentarizados, de la desmembración de los reinos e imperios anteriores, Se trata del "rey juez", que era a la vez símbolo de la unidad nacional, idea nueva de procedencia tribal, y jefe del pueblo en armas, que contrasta enormemente con el tipo de reyes propios del periodo anterior. Este tipo de realeza "igualitaria" se vio pronto absorbida por el ambiente ciudadano imperante, transformándose finalmente, como ocurrió en Israel y otros sitios, en una realeza más acorde con las tradiciones históricas y políticas del Próximo Oriente Antiguo, y por ello menos igualitaria y más jerarquizante. Aún así, no dejó de ejercer cierta influencia, y el hecho es que determinados rasgos de arbitrariedad y opresión, que habían sido típicos de la época precedente, desaparecieron con ella, dando lugar a un rebrote de la imagen del "rey justo y recto", preocupado por el bienestar de su pueblo, que hace justicia personalmente y vuelve a proclamar edictos de remisión de deudas. "Sabiduría" y "bondad de corazón" serán los requisitos necesarios ahora, junto con la rectitud de proceder, para contar con la protección de los dioses.

Los reyes fenicios.
Como en otros sitios, la forma de gobierno en Fenicia consistía en la monarquía hereditaria de derecho divino. También aquí los reyes parecen haber prestado especial atención a la sucesión dinástica, si bien en diversas ocasiones las guerras y las conspiraciones palaciegas alteraron la sucesión establecida. El concepto de la realeza, que comparte la mismas características que hallamos en otras partes, nos es ilustrado por algunas inscripciones en las que el monarca es caracterizado como "justo" y "virtuoso", así como por la actividad que, al igual que otros soberanos orientales, desplegaron los reyes fenicios en la construcción de templos y la erección y dedicación de estatuas. A lo que parece la reina no estaba desprovista de facultades: podía actuar como regente y compartir las altas funciones sacerdotales con el rey, si bien seguramente debía desposarse para poder acceder a tales prerrogativas. El carácter religioso de la monarquía fenicio-cananea se advierte con claridad, como en otros sitios, en las funciones de sumo sacerdocio que desempeñan el rey y reina, que eran, respectivamente, sacerdote y sacerdotisa de la mas importante divinidad agrícola local (Baalat en Biblos y Beirut, Astarté en Tiro y Sidón).

La peculiaridad propia de la realeza fenicia en el conjunto próximo oriental radica, sin embargo, en que, a partir de la expansión mediterránea promovida por monarcas como Hiram de Tiro, contemporáneo de Salomón, y como consecuencia de la misma, hubo de ejercer su poder en el marco de un ambiente urbano protagonizado por el auge de una oligarquía que obtenía su riqueza e influencia del comercio en ultramar y que se hallaba parcialmente desvinculada del palacio y más próximo a los templos, que por primera vez desempeñan una función económica, como impulsores y garantes de la expansión comercial, de envergadura. Dicha oligarquía llegará a reemplazar a la realeza como forma de gobierno en las colonias mediterráneas, y en las metrópolis actuará en ocasiones como un factor añadido a la contienda política de índole dinástica. Por lo demás, su presencia en el seno de la asamblea de notables de la ciudad, conocida en la región en los siglos precedentes, la dotará de un dinamismo e influencia desconocidos, convirtiéndola en copartícipe de determinados asuntos políticos, como parecen haber sido ciertos episodios de conflicto en la sucesión dinástica, mediante la tutela de la regencia. No sabemos si la evolución de esta misma asamblea llevó tiempo después a la formación de una asamblea más amplia, de carácter netamente ciudadano, como atestiguan algunos documentos tardíos (Bondi: 1988, 126), pero su presencia política junto al monarca fenicio, como por ejemplo en el tratado entre Asarhadon de Asiria y Baal de Tiro, constituye un hecho significativo.

La evolución de la realeza asiria.

Asiria representa un caso particular y notable que merece una atención particular. Por un lado su incorporación al concierto de las grandes potencias regionales fue, como vimos, tardía, y se produjo casi al final de la Edad del Bronce Por otra los cambios sociales y militares tuvieron en ella un carácter más periférico, si bien los principios sobre los que descansaba la autoridad real eran similares a los que encontramos en otras partes. Parcialmente arameizada en un momento posterior, debe a las guerras contra Babilonia y, sobre todo, a la amenaza que representaba la presencia de elemento nómada estepario y los pueblos de las montañas, el impulso militar y político sobre el que se gestó finalmente una expansión imperial tan vigorosa, como inaccesible se fue tornando su realeza.

En las fiestas de akitu, en las que se procedía a la renovación de los ritos de coronación, se le recordaba al rey de Asiria su carácter de shangu de Assur, es decir, sacerdote y administrador del dios nacional, cuyo dominio debía velar y ampliar. Este mismo principio de autoridad, revestido de idéntica cubierta ideológica, fue aplicado a todos los niveles de la jerarquía administrativa, desde los más altos dignatarios hasta los humildes escribas. Por supuesto que la repartición del poder, y la trasmisión de la autoridad que conlleva, era desproporcional a medida que se escalaba los más altos cargos de la administración, pero la autoridad real, que emanaba de la esfera divina, no tenía, en principio, cortapisa ni paliativo alguno. Claro está que tal justificación ideológica no fue siempre eficaz para librar a los déspotas asirios de la amenaza de las intrigas, conjuras y revueltas promovidas por los nobles de palacio, los poderosos gobernadores de provincias, e incluso los miembros de la propia familia real. A este respecto, el problema sucesorio era especialmente grave y no llegó a encontrar nunca una solución satisfactoria. Buena prueba del poder de la nobleza palaciega y de las distintas camarillas radicaba en el hecho de que, desde las revueltas del siglo IX a.C., el derecho de primogenitura no volvió a tenerse en cuenta. Cualquiera, arropado por un conveniente apoyo, podía albergar aspiraciones al trono, con la única condición, no siempre respetada, de pertenecer a la línea dinástica, por lo que los reyes adquirieron finalmente la costumbre de asociar al heredero de su elección al ejercicio del poder. Los elegidos entraban de esta forma en «la casa de la sucesión» o—bit riduti—, palacio residencia del príncipe heredero y sede del gobierno, con lo que su designación como sucesores del rey quedaba formalizada.

Durante el imperio, la realeza asiria, encarnada en la persona del monarca absoluto, shangu del dios Assur, a quien en último término pertenecía todo, dirigía la producción agrícola e industrial, controlaba los intercambios comerciales y emprendía obras de interés público. Tareas desde siempre de los reyes, pero que ahora alcanzaban unas dimensiones gigantescas, como gigantesca se convertía ahora la dimensión del monarca, que no obstante no será deificado. El rey asirio, protegido por su dios, se hallaba rodeado de terrible sacralidad y esplendor, volviéndose las relaciones con sus funcionarios y dignatarios más indirectas y ritualizadas, con lo que el monarca adquirió un asilamiento misterioso que lo hacía inaccesible prácticamente para todos. El inicial carácter nacionalista de la monarquía asiria de este periodo quedó posteriormente contrapesado por una importante babilonización del clero y otros sectores de las clases dirigentes, así como por la arameización de gran parte de la población.

Para administrar el imperio contaba con grandes medios económicos y humanos, ya que, además del botín y los tributos, el conjunto de la población, tanto si se trataba de hombres libres como de condición servil, debía cumplir «el servicio al rey» y, por consiguiente, responder al reclutamiento y a la prestación personal exigidos. Los funcionarios y cortesanos debían, como cualquier otro súbdito, fidelidad absoluta al rey, que les concede exenciones -tierras, rentas y funciones rediticias-desinteresándose en la práctica del resto de la población, entre la cual los asirios son cada vez más una minoría convertida en clase dominante, rodeada de siervos reducidos a tal estado por la conquista. Un rey de siervos resultaba un rey inaccesible. No había apenas ciudades o aldeas libres a donde pueda (y deba) dirigir su atención. Por eso ésta se concentra en la corte y el la administración, no como instituciones, sino en las personas que las componen. Fuera no existe nada para el rey asirio, siendo asunto de sus nobles y funcionarios. El rey inaccesible se convierte en terrorífico para sus enemigos, antes incluso de librarse la batalla. Su sóla existencia debe ser motivo de inquietud para sus adversarios, no por su ímpetu y valor, sino sencillamente por estar sentado en el trono.

Dentro de este sistema la autonomía del individuo no era muy amplia y los agentes y funcionarios que ejecutaban las órdenes disponían de un margen de iniciativa muy reducido. La eficacia del conjunto dependía por lo demás, en ultima instancia, de la agilidad y regularidad de los servicios de información y correos que, a través de una bien surtida red de carreteras y postas, aseguraban el funcionamiento del aparato administrativo, manteniendo siempre al corriente al rey y al equipo de gobierno central de todo aquello que ocurría, incluso en los confines alejados del imperio, y transmitiendo con prontitud las órdenes y directrices que emanaban de palacio a los centros de la administración provincial y local.

Persia y el Gran Rey.
A pesar de su tremendo poder y sus acentuados rasgos despóticos el Gran Rey, al igual que en toda la tradición próximo oriental anterior, no era un dios, pero si el único en el que operaban los poderes de Ahura-Mazda para mantener el buen orden -arta- en el mundo. La inaccesibilidad de los monarcas asirios se mantuvo en los soberanos aqueménidas, que apenas aparecía ante el pueblo y estaban rodeados de un rígido ceremonial en la corte, pero se hallaba desprovista ahora de sus aspectos más crueles y tampoco se había perdido el carácter "nacional" de la monarquía persa. La principal misión del titular de la realeza, como en tiempos de los "reyes-justos", era hacer que reinara la verdad, asegurando el cumplimiento del derecho y castigando la iniquidad y la mentira. Rodeados de una corte fabulosa y de una importante nobleza, los monarcas aqueménidas consiguieron hacerse obedecer, no tanto por la eficacia de los procedimientos administrativos, que habían heredado de las experiencias históricas y políticas que les precedieron, cuanto por sus propios méritos y su energía personal. Cuando aquellos y ésta fallaban, o eran escasos, las tendencias centrífugas, encarnadas en algunos sátrapas y en la vocación secesionista de diversas provincias -como Egipto- , junto con la amenaza de usurpaciones y crisis políticas internas -todos ellos problemas muy antiguos- aumentaban peligrosamente y la unidad del imperio corría serio peligro.