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El conflicto social

A pesar de la opacidad y de la parquedad de los documentos en lo que a la conflictividad social se refiere, poseemos indicios que sugieren la existencia de malestar y conflicto social en algunos lugares y en distintas épocas. Ahora bién, las circunstancias en que se origina el registro de los hechos históricos en el Próximo Oriente Antiguo dificultan extraordinariamente conocer con amplitud algo sobre este punto. Tal y como se verá en el capítulo correspondiente, la escritura y con ella cualquier otra forma de registrar la información, constituía un privilegio de la clase dominante, permaneciendo la mayoría de la población iletrada. Por otra parte, la posición de clase intervenía en la caracterización de lo que se consideraba digno de ser un acontecimiento registrable, así como en la forma de hacerlo. De ahí el habitual silencio de los documentos sobre el malestar social.

No obstante, no por ello debemos asumir la satisfacción generalizada, ni la resignación absoluta de los campesinos y de las personas humildes o maltratadas, sobre todo en épocas de dificultades. Además, los indicios a los que antes aludíamos, si bien no nos permiten en muchos casos trazar una situación concreta, se muestran como resonancias de la realidad que los documentos silencian. Dichos indicios los encontramos en las leyes, las cartas y acuerdos diplomáticos, en los proverbios y presagios, así como en la misma mitología. Es preciso considerar, además, que la capacidad de rebeldía de los campesinos se ejercería sobre todo, salvo situaciones límite, en la resistencia pasiva, que encontraba formas de manifestarse en la complicidad, mediante la cual todo el poblado asumía ante el palacio la responsabilidad del infractor, y en la fuga. De una y otra tenemos algunos ejemplos en los documentos conservados.
Las leyes hititas intentaban combatir el abandono del campo por parte de los campesinos más pobres, fenómeno que sabemos afectó también notoriamente en la región de Siria y Palestina a las ciudades y principados sirios y cananeos, durante la segunda mitad del 2º Milenio o Edad del Bronce Tardío, generando las bandas de hapiru que, como población nomadizada, constituyó un factor de inestabilidad importante en la zona.

Se trataba de prófugos y exiliados, esclavos o personas a punto de serlo a causa de las deudas, desposeidos, ladrones, gentes en definitiva arrojadas a la miseria, junto con perseguidos políticos que, en menor número, se contraponen al palacio y a su ley, con lo que pueden llegar a ser utilizados por personajes poderosos para utilizarlos como instrumento de su lucha política. El revelador testimonio de Ribadda, señor de Biblos que, en el siglo XIV se queja ante el faraón de la política aventurera de un vecino poderoso es particularmente instructivo: "Abdiashirta ha tomado la ciudad de Shigata y ha dicho a los hombres de la ciudad de Ammiya: "Matad a vuestros señores y haceos como nosotros. Así tendréis la paz". Y han hecho de acuerdo a sus palabras y han venido a ser como hapiru.. Y he aquí, pues, que Abdiashirta ha mandado un mensajero a las bandas: "Congregaos en Bit-Ninurta y marchemos sobre la ciudad de Biblos. Nadie podrá salvarla de nuestras manos. Arrojaremos a los administradores fuera de las tierras, y todas las tierras pasaran a los hapiru" (EA, 74, 23-43). El hecho de que el conflicto social asuma en ocasiones matices y dimensiones políticas, como en este caso, no debe hacernos olvidar sin embargo cuales eran sus causas.

Sin llegar a las proporciones que alcanzó en aquel periodo concreto, la fuga parece haber sido siempre una salida para los descontentos. El procedimiento en sí, salvo que adquiera connotaciones masivas y por consiguiente dramáticas, apenas deja su huella en el registro literario, salvo quizá algunos proverbios que comparan los campos abandonados con la mujer infertil. En otras ocasiones, sin embargo, los presagios se expresan mucho más contundentemente, resultando frecuentes previsiones del tipo: "los campesinos se rebelarán y matarán al rey". Como ya ha sido planteado, "¿Cuantas ruinas de ciudades y palacios habría que atribuir a un enemigo interno en vez de a un enemigo exterior?. No se puede ignorar que en muchos casos las fortificaciones del palacio con respecto al interior de la ciudad no son menos robustas o lo son más que las de la ciudad con respecto al exterior" (Liverani: 1987, 369). Un informe de época paleobabilónica describe con tintes dramáticos las consecuencias de una insurrección en la ciudad de Larsa: "En la ciudad tuvo lugar una matanza; en las calles yacían los cadáveres; las familias se volvían unas contra otras...En las calles estaba la ruina; los hermanos se comían unos a otros" (van Dijk: 1965).

Algún proverbio de época sumeria menciona a los recaudadores de impuestos como gente odiosa para los campesinos. Un episodio bien conocido de la mitología sumeria sobre los orígenes del mundo contiene, así mismo, lo que bien podría ser el eco de una revuelta campesina. Cuenta dicho texto cómo los primeros dioses, hartos de trabajar la tierra, crearon otras divinidades menores que trabajaran para ellos, con lo que al fin pudieron descansar. Pero estos otros dioses terminaron por sublevarse sitiando, incluso, a las grandes divinidades en su palacio, por lo que finalmente resolvieron crear a los hombres para que trabajaran para todos ellos. Por supuesto, se trata de un episodio literario, pero evoca un tipo de situación que no fue del todo desconocida, según podemos entrever por algunos documentos. Las ya mencionadas reformas de Urukagina, aún cuando se utilizaron para legitimar a un monarca que había accedido al trono de forma irregular -de ahí su interés por presentarse como un restablecedor del carácter original de la realeza, proveedora de vida, justicia y protección- aluden manifiestamente al abuso social, en lo que sin duda constituía algo más que una serie de figuras literarias.

Por más que la mayoría de los textos lo silencien, el descontento existió y encontró en ocasiones la forma de expresarse a través de los proverbios, de los presagios, o de alguna manifestación literaria más bien asilada, como ocurre con el relato El pobre hombre de Nippur, que recoge el deseo de venganza frente al poderoso y el funcionario en un anhelo de invertir los papeles. Más dramáticamente el descontento se transforma en revuelta algunas veces, como ocurrió en Siria según sabemos por algunas cartas de el-Amarna, provocando incluso la muerte de los funcionarios locales. La inversión de papeles, aspiración casi imposible, o la marginalización mediante la huida aparecen como las únicas alternativas al descontento, ante la inexistencia de un pensamiento social y político capaz de aportar soluciones al conflicto que no pasaran por la huida, la violencia y la represión. De ahí que ninguna manifestación del descontento social, ni tan siquiera las más dramáticas, hayan servido para influir en un cambio de la situación, que, en realidad, no se produjo nunca.

La Asiria imperial

En la Mesopotamia septentrional, en el territorio asirio, los procesos de transformación de la propiedad que habían afectado a Babilonia -el país de Summer y Akkad- no se dieron de igual forma. La importancia económica de los templos fue siempre menor y los palacios, debido a las dificultades que presentaba la irrigación, penetraron con menos fuerza sobre el tejido productivo rural. El comercio paleoasirio se había organizado originariamente en torno a los karum -colonias de mercaderes en país extranjero- y aunque bastante reglamentado por el Estado, representado por el rey y los notables de la ciudad de Assur, se fundamentaba en los patrimonios de las grandes familias que adelantaban los fondos necesarios para las transacciones. Fue un comercio que, a diferencia del babilonio, al estar sumido en el seno de la estructura patriarcal de la población, no alteró significativamente sus formas de propiedad, por lo que contribuyó escasamente a la aparición de la propiedad privada. Más tarde, debido a necesidades administrativas y militares cada vez más acuciantes, y ocasionadas por la centralización política y las guerras incesantes, los monarcas asirios adoptaron la costumbre de pagar a sus servidores con tierras, a cambio de un servicio militar que exigía prestaciones personales y económicas muy acusadas. Como en otras partes, estos dignatarios mezclaban su posición pública y sus negocios particulares. Disponían de grandes dominios, cuyos beneficios representaban sus emolumentos, y agrandaban su fortuna concediendo préstamos, hipotecas, comprando y vendiendo inmuebles, convirtiéndose así en una nobleza hereditaria que trasmitía sus riquezas y sus cargos a sus hijos, y que acaparó la gestión del gobierno de las provincias, del que obtenían enormes beneficios. De esta forma, durante los siglos XV y XIV a.C. se produjo el encumbramiento de una nobleza terrateniente, integrada por una serie de familias que acrecentaban sus propiedades a expensas de sus vecinos, mediante préstamos hipotecarios en forma de cebada o de estaño. Esta aristocracia parece haber nutrido a la administración provincial y local con altos funcionarios que pasaron a heredar sus cargos. Pronto todos estos nobles se convirtieron en una especie de casta cerrada, por medio de matrimonios endógamos que unían entre si a los miembros de las grandes familias. Estas colocaban a sus hijos en los distintos cargos de la administración, en ocasiones bajo sus órdenes directas, y aumentaban aún más sus recursos mediante la explotación de sus provincias, pues a menudo compartían su actividad por cuenta del palacio con sus negocios particulares. Tenían a su disposición grandes dominios dirigidos por intendentes, con un servicio de comercialización y un embrión de aparato administrativo compuesto por escribas y mensajeros.

Desgraciadamente el estado fragmentario en que nos ha llegado la legislación asiria de este período no nos permite dibujar un cuadro completo de las relaciones sociales, por lo que únicamente podemos identificar sus grupos más característicos. En el siglo XIII, cuando disponemos de mayor documentación, la nobleza asiria parece una casta exclusiva, cuyo poder emanaba de su grandes propiedades, acrecentadas muchas veces mediante la requisa de los campos de deudores insolventes, y por los beneficios obtenidos del gobierno de las provincias. Otro grupo social influyente era el clero, cuyos intereses no siempre coincidían con los de la nobleza terrateniente y militar, con la que, con ocasión de las crisis políticas, entró a veces en conflicto. Así no fue raro ver como, desatada una disputa dinástica, nobles y sacerdocio apoyaban a un candidato distinto.

En Asiria la sociedad se dividía, como en otras partes, en hombres libres, siervos y esclavos. A la aparición de las relaciones esclavistas contribuyeron en gran medida las continuas guerras y la ampliamente difundida servidumbre por deudas. Si bien las leyes establecían la prohibición de convertir en esclavos a los asirios nativos, es poco probable que estas disposiciones, que ablandaban un tanto las duras formas de la explotación esclavista, se llevasen siempre a la práctica. A juzgar por los documentos, los asirios de hecho caían en la esclavitud finalmente si no pagaban a tiempo su deuda. Además de los grandes señores, con frecuencia los comerciantes -tamkarum- actuaban también como prestamistas. Aquellos deudores insolventes que no podían satisfacer su deuda a tiempo tenían que "entrar en la casa del prestamista" o sea, pasar a la situación de siervos por deudas, pagando el préstamo con su trabajo personal, aunque el acreedor no tenía derecho a venderle como vendía a sus esclavos. Los deudores insolventes podían librarse ellos mismos de esta servidumbre entregando al prestamista a sus hijos o parientes como garantía. En ocasiones, los asirios más humildes escapaban del hambre y de la miseria vendiéndose ellos mismos, o entregando a sus hijos como esclavos de una familia acomodada.

Es preciso, sin embargo, distinguir, como en otras partes, entre las formas de esclavitud o servidumbre doméstica y la condición de los esclavos prisioneros de guerra, cuya situación se encontraba mucho más deteriorada, y que trabajaban en las explotaciones dependientes de los palacios. Un importante desarrollo de la esclavitud doméstica y de la servidumbre por deudas lo atestigua el artículo de la ley que prohibía, hasta que se efectuase la división de bienes entre los hermanos, que cualquiera de ellos matase a «seres vivos». Esta matanza de los «seres vivos» se permitía tan sólo al propietario de los «seres vivos», y bajo estas palabras el legislador, por lo visto, entendía que se trataba de esclavos domésticos y servidumbre, así como también de ganado, dotado en igual medida de un «alma viva» —napishtu—. No deja de ser interesante que la antigua palabra hebrea nefesht, similar a ésta, signifique también esclavo doméstico y ganado.

Frente a la clase privilegiada de asignatarios de tierra regia, y al margen de los esclavos, el pueblo llano, la gente sencilla y humilde, formaba la clase de los hupshu, término con el que se designaba a pequeños campesinos o artesanos, que vivían en las cercanías de las localidades, y con los que se formaba la infantería de los ejércitos. Eran gentes de condición semilibre y de origen bastante heterogéneo, sobre los que descansaba la doble presión fiscal y militar, hasta el punto de que su número iría mermando con el tiempo, haciendo necesario la búsqueda de soluciones para restablecer sobre el terreno la presencia de estos pequeños agricultores. Ciudadanos originariamente "libres", se vieron sin embargo sometidos a un largo proceso en empobrecimiento que terminó por trasformarles en siervos rurales ligados a la tierra, que no podían abandonar.

Una de las constataciones más importantes del período neosairio, en relación con la vida agrícola y las clases campesinas, constituye la tendencia, observada a través de los censos, a una importante disminución de la población rural, en especial del pequeño campesinado, cuya situación no dejó de empeorar durante toda esta época, sometido como estaba al duro servicio militar, a la fuerte presión impositiva y a la competencia económica de los grandes propietarios. Posiblemente las deportaciones querían aliviar en algo esta tendencia, y los reyes asirios recurrieron, al mismo tiempo, al desarrollo del colonato militar. Según esta fórmula, el rey entregaba tierras a colonos militares a cambio de sus servicios en la guerra. Por lo general se establecían en las zonas fronterizas y se encontraban bajo la protección del rey, siendo sus tierras inexpropiables. Al igual que los restantes agricultores, se trataba de gente muy modesta que disponía de unos recursos limitados.

Los esclavos —urdani— trabajaban en la explotación de las tierras de los palacios, de los grandes templos o en propiedades de la nobleza, cuyas rentas procedían de las provincias que administraban y de las contribuciones que otras regiones podían pagarles por los cargos que ostentaban. En ocasiones la tierra se vendía con los esclavos que la trabajaban. El importante desarrollo del esclavismo, que como problema social no perdió agudeza (Garelli: 1977, 87), condujo, no obstante, a que los esclavos tuviesen el derecho de usar y poseer sus propios bienes, tener su propia familia, casándose incluso con una persona de condición libre, y promover acciones jurídicas. Sin embargo el propietario conservaba siempre un poder total sobre su esclavo al que podía dejar en herencia, comprarlo, venderlo, intercambiarlo, prestarlo y arrendarlo. Aunque algunos esclavos podían con el transcurso del tiempo recobrar su libertad, los actos de manumisión eran poco frecuentes, y es así mismo poco probable que estos manumitidos tuvieran los derechos que correspondían a un hombre plenamente libre. La ley no establecía, igual que antes, una diferenciación clara entre el hombre libre, el esclavo y el siervo. Estos dos últimos grupos tenían un estatuto más bien degradado que francamente diferente. Esta ambigüedad en la condición se mantenía por otra parte más fácilmente, ya que en Asiria, como en otros lugares, un esclavo no era sólo un extranjero capturado en la batalla, sino también un hijo vendido por su padre o un deudor insolvente. De hecho, parte del desarrollo de la esclavitud durante esta época hay que atribuirla a la insolvencia de gran número de prestatarios y a la usura de los prestamistas, que imponían con frecuencia intereses desorbitados. Como consecuencia, muchas familias humildes se arruinaban y recurrían a la venta de sus hijos. Estos esclavos nativos integraban una servidumbre doméstica, poseían, como se ha visto, una personalidad jurídica y estaban así mismo obligados al servicio militar. La esclavitud más dura correspondía a los prisioneros de guerra que, pese a las continuas campañas militares, seguían constituyendo un artículo caro. Trabajaban en las grandes explotaciones agrícolas, encontrándose el mayor número de ellos mencionados en las cuentas de la administración palatina. Con frecuencia eran también empleados en los grandes trabajos de construcción promovidos por los monarcas asirios.

A la división social entre libres, siervos y esclavos hay que añadir una profundización cada vez más importante del abismo que separaba a los ricos de los pobres. Si las gentes humildes -nishe- soportaban una pesada carga de imposiciones fiscales y prestaciones militares y personales, los grandes propietarios disfrutaban frecuentemente de concesiones -ilku - y franquicias que venían a sumarse a sus privilegios, ya que los reyes asirios, al igual que otros monarcas orientales, acostumbraban a repartir, imitando sobre todo el ejemplo babilónico, grandes posesiones de tierra entre los jefes militares destacados, los nobles de palacio y los altos funcionarios, lo que condujo finalmente, como se ha visto, a la consolidación definitiva de la propiedad privada. Además, estas tierras solían estar libres de impuestos y de las demás prestaciones habituales. Tales franquicias se extendieron también a los templos, aunque sin llegar a alcanzar la importancia que tuvieron en Babilonia, y a las ciudades más importantes. La población de estas ciudades, que al igual que los palacios constituían centros de recepción y transformación de las mercancías, así como de distribución de los productos manufacturados, constituía sin duda uno de los sectores sociales más favorecidos, junto a la nobleza propietaria rural que acaparaba las dignidades del Estado. Las exenciones obtenidas del poder real debido a la importancia política, religiosa, militar y económica de las ciudades, convertía frecuentemente a sus habitantes en unos privilegiados con dispensa de las prestaciones personales y del pago de impuestos. Tal era el caso, por ejemplo, de Assur y Harran, de Nippur, Babilonia y Sippar, cuyos ciudadanos no dejaron de recordar sus privilegios, algunos muy antiguos, a los reyes de Asiria. Además, estos centros importantes escaparon a menudo a la administración central y el representante real solía ser un notable local.

El periodo paleobabilónico

En el periodo siguiente a la caída del imperio de Ur, se produjo en la Mesopotamia centro-meridional un auge extraordinario de la extensión de la propiedad privada, consecuencia, en gran medida, de la desaparición de las anteriores agrupaciones comunitarias de hombres libres. Su ocaso fue motivado por diversos factores. De un lado la posición preeminente de una elite integrada por los administradores de templos y palacios que, tras la crisis del poder central y ante las dificultades económicas de aquellos tiempos, aprovecharon su situación para adquirir tierras pertenecientes a familias y clanes. Estos antiguos dependientes de los palacios y los templos, beneficiarios por tanto de la concesión vitalicia de una tierra a cambio de sus servicios especializados, accedieron a la propiedad de estos bienes cuando los antiguos propietarios, templos y palacios, dejaron de estar en situación de controlarlos debido a las dificultades políticas y económicas de la época. A ello hay que añadir la asignación de lotes de tierra a nuevas clases de dependientes palatinos, sobre todo militares que eran establecidos como colonos en los territorios conquistados, fenómeno generalizado en la época. Además, se produjo en el seno de las familias cambios en la transmisión de la propiedad, ocasionados por la crisis de la familia patriarcal extensa y el auge de la nuclear, lo que significó un mayor reparto de los patrimonios, bien mediante la herencia, bien a la hora del casamiento de los hijos, junto con una fuerte tendencia a la personalización de la propiedad, como reflejo social de las formas de propiedad personalizada de los administradores y los dependientes de templos y palacios. Junto a todo ello, la presencia del nuevo elemento amorita actúo como factor catalizador, favoreciendo el cambio en las relaciones sociales, ya que se encontraba menos ligado por tradición y por intereses a la vieja estructura templario-palatina.

La desaparición de la familia extensa, al menos en el ámbito de las ciudades, a causa de la transformación de las formas de propiedad, significó también la crisis de la solidaridad familiar, lo que favoreció al mismo tiempo el desarrollo de la servidumbre por deudas, que resulta uno de los elementos característicos de la época junto con las viudas y los huérfanos, es decir aquellas personas que, desaparecido el varón que las protegía y sustentaba, se encuentran ahora desvalidas, por lo que serán objeto de atención por parte de la ley. El individuo empobrecido ya no contaba, ante los requerimientos del prestamista, con la ayuda de sus parientes, por lo que su única solución estribaba en la entrega en fianza de su mujer, sus hijos o él mismo. Tal tipo de situación habría de ser posteriormente regulada por Hammurabi, limitando a tres años la duración del periodo de servidumbre por fianza, signo inequívoco de la malas condiciones en que se encontraba gran parte de la población. La proliferación de contratos de arrendamientos de tierra entre particulares muestra como, por un lado se había formado una clase de propietarios con más tierras de las que podían explotar directamente, y por otro una clase de campesinos desprovistos de tierras e impulsados a trabajar las de otros, a cambio de un tercio de la cosecha. Como resultado se produjo un aumento del numero de las personas libres de condición degradada, mushkenu, cuyo estatuto jurídico habría de ser fijado por vez primera por Lipithistar, soberano del reino de Isin, hacia mediados del siglo XIX a. C., y más tarde por el propio Hammurabi de Babilonia. Como antes, los reyes intentaban paliar tal situación mediante la proclamación de edictos de liberación, que cancelaban los intereses acumulados por las deudas, y con una nueva política de repartos y concesiones de tierra, consecuencia y causa al mismo tiempo, aunque no única, de las guerras de conquista. El mismo Hammurabi realizó numerosas distribuciones de tierra para mejorar la suerte de las categorías sociales desfavorecidas, para fijar a las poblaciones nómadas y para retribuir a los soldados, lo que contribuyó a la aparición de un nuevo género de colonos que finalmente se convertirían en propietarios de lo que originariamente no era sino un tenencia (Margueron: 1991, 123).

Desde el periodo neosumerio comerciantes y funcionarios, personas por tanto dependientes de los templos y palacios, comenzaron a realizar negocios por su propia cuenta, invirtiendo en ellos las ganancias realizadas en el curso de sus viajes, los capitales adelantados a modo de préstamo por los templos, o los beneficios producidos por sus rentas y su peculiar situación administrativa que les exoneraba de las cargas exigidas a otros grupos de la población. De esta forma fue surgiendo una clase económica, detentadora de sus propios medios de producción que antes eran propiedad casi exclusiva del palacio y del templo y de las comunidades rurales. La crisis de los poderes centrales con la caída del Imperio de Ur y la instalación en Mesopotamia de las dinastías amoritas favoreció también la transformación de las antiguas propiedades de templos y palacios, entregadas en concesión o usufructo a estas personas, en su propiedad particular. Esta evolución se observa claramente en un hecho significativo; las fuentes que nos ilustran sobre la actividad económica tienen un carácter esencialmente distinto de las de épocas anteriores. Los documentos administrativos son ahora más escasos que en tiempos del imperio de Ur, abundando en cambio los contratos privados y los documentos con notas sobre la administración y la contabilidad de empresas que pertenecen a particulares.

La sociedad en tiempos de Hammurabi.
Las leyes del periodo paleobabilónico reflejadas en el Código de Hammurabi distinguían desde una perspectiva jurídica tres categorías sociales: awilu (libres), mushkenu (siervos) y wardu (esclavos). No obstante, la realidad, teniendo en cuenta los factores de tipo económico, era mucho más compleja. Por ejemplo, entre los awilu,. ciudadanos totalmente libres que mantenían una posición desahogada, constituyendo el grupo social dominante dentro de la estructura clasista y jerárquica de la sociedad babilónica, se podían distinguir varios niveles diferenciados por su posición en la escala de responsabilidades. Después de la corte y las jerarquías administrativas civiles, religiosas y militares, venían los ricos hacendados, los comerciantes y los pequeños productores y todos aquellos que ejercían alguna profesión de tipo liberal, como los médicos, músicos, etc. Tal jerarquización se encontraba sancionada legalmente según se observa por los distintos tipos de penas aplicados en el Código de Hammurabi: "Si un señor (awilum) ha desprendido un diente de un señor de su mismo rango se le desprenderá uno de sus dientes. Si ha desprendido el diente de un subalterno (mushkenum), pagará un tercio de mina de plata. Si un señor ha golpeado la mejilla de un señor que es superior a él será golpeado públicamente con un vergajo de buey sesenta veces. Si el hijo de un señor ha golpeado la mejilla del hijo de un señor que es como él pagará una mina de plata". (CH, 200-203). El grupo social más poderoso estaba integrado por los altos funcionarios de los palacios y templos que aprovechaban su posición de privilegio para aumentar su fortuna particular, dedicándose muchos de ellos al comercio, bien por encargo público o por su propia cuenta. Se trataba de personajes sumamente influyentes, que efectuaban las compras por cuenta del palacio y el templo, y por su rango formaban parte frecuentemente de los colegios judiciales. Al mismo tiempo realizaban sus propios negocios particulares. Como agentes administrativos que recibían el beneficio -ilku- del usufructo de un lote de tierra al tomar posesión de su cargo, se encargaban de la recaudación de los impuestos. Su posición oficial, junto a las actividades que se les encomendaba, les daba la oportunidad de ampliar su fortuna privada realizando transacciones y otro tipo de negocios por su cuenta. De esta manera invertían sus fortunas en la concesión de créditos con interés, por lo que llegaron a convertirse virtualmente en detentadores del tráfico de dinero. Esto les permitía, junto a sus responsabilidades ya señaladas, ejercer una fuerte presión sobre los pequeños propietarios que frecuentemente se encontraban en manos de estos poderosos prestamistas, de tal forma que llegó a hacerse preciso impedir sus extorsiones y sus negocios de usura mediante una regulación de tipo legal. La ley establecía los tipos de interés que en el Código de Hammurabi era del 20 por 100 si el préstamo era de dinero y del 33 por 100 si era en grano. De la misma manera se intentaba evitar el fraude: "Si un mercader ha prestado grano o plata con interés y si cuando lo presta con interés entrega la plata con peso pequeño o el grano con medida inferior y cuando debía recobrarlo quiere conseguir la plata con el peso grande o el grano con la medida grande, ese mercader perderá cuanto prestó" (CH, 94).

La situación de los mushkenu, el grupo social intermedio, era un tanto compleja. No se trataba propiamente de esclavos, pero tampoco eran completamente libres, ya que eran personas subordinadas y dependientes. Se trataba de agricultores, pastores, pescadores y pequeños artesanos poco cualificados que, aunque podían poseer sus propios bienes, e incluso esclavos, dependían para su subsistencia del palacio o del templo. Si cultivaban las tierras del rey, como ocurría con los issaku no podían abandonarlas y estaban obligados a entregar al palacio o en su defecto al templo una parte de la cosecha. Aquellos que ejercían como artesanos tampoco podían abandonar su lugar de trabajo. Esta dependencia económica y esta falta de movilidad eran las que llevaban a considerar a los mushkenu como una especie de siervos o, en cualquier caso, de «semi-libres». Sus derechos y sus bienes estaban regulados por la ley y durante las campañas militares estaban obligados a participar en ellas. Su situación material debió ser, por lo general, bastante precaria, habida cuenta de que el Código de Hammurabi establece que los pagos de los mushkenu a profesionales como médicos, veterinarios o albañiles no habrían de ser más que la mitad de los honorarios que por los mismos servicios les pagaría un awilum. En contrapartida, las indemnizaciones en caso de negligencia profesional serían sólo también de la mitad. De la misma forma, como ya se indicó, para los delitos cometidos contra un mushkenum el castigo era siempre menor que si se tratara de un awilum: ""Si un señor ha reventado el ojo de otro señor se le reventará su ojo. Si un señor ha roto el hueso de otro señor se le romperá su hueso. Si ha reventado el ojo de un subalterno o ha roto el hueso de un subalterno pagará una mina de plata" (CH, 196-198).

La tercera categoría social reconocida jurídicamente era la de los esclavos -wardu)- cuya situación tampoco era homogénea. Sus condiciones de vida dependían en la práctica del carácter y la posición de sus amos. Obviamente no resultaba lo mismo ser esclavo de un awilum que de un mushkenun. Por lo general se trataba de una esclavitud doméstica a la que se había podido llegar de diversas formas. Una era la miseria, que en ocasiones obligaba a los ciudadanos más humildes a venderse como esclavos o bien a vender con este carácter a miembros de su familia. Una forma especialmente típica de esclavitud, motivada por una mala situación económica, era la de la esclavitud en fianza. A menudo las deudas contraídas por las personas libres podían provocar su esclavización, si aquellas no eran capaces de satisfacer de otra forma las exigencias de sus acreedores. El deudor podía entregarse a sí mismo o bien ofrecer a su mujer o a sus hijos. El acreedor estaba entonces en derecho de emplear al deudor como mano de obra o venderle como esclavo. Algunos documentos proporcionan datos sobre la venta de niños en este mismo contexto y durante este período en Babilonia. El Código de Hammurabi limitaba este tipo de esclavitud a tres años y protegía a los esclavos en fianza contra los malos tratos y la arbitrariedad del acreedor. Este hecho es sintomático de la gran expansión que conoció esta forma de esclavitud por deudas, como consecuencia de la mala situación económica de las personas humildes y de los abusos de los prestamistas que, habiéndose convertido por sus negocios en detentadores de la mayor parte del dinero, ejercían una fuerte presión económica sobre muchos de los propietarios. El propio Hammurabi hubo de tomar cartas en el asunto para impedir que la extorsión se ejerciera a menudo sobre los más débiles: "Si un mercader ha prestado grano o plata con interés y si habiendo cobrado el interés del grano o de la plata no ha deducido toda la cantidad de grano o plata que recibió y no redacta un nuevo contrato, o bien ha añadido el interés al capital principal, el mercader devolverá doblada la cantidad de grano o de plata que recibió" (CH, 93), "si un mercader ha prestado grano o plata con interés sin testigos ni contrato perderá cuanto prestó" (CH,. 95). Una persona podía llegar a convertirse también en esclavo mediante sentencia de un tribunal, como consecuencia de delitos que hubiera cometido. Una negligencia grave en el mantenimiento del sistema de riego, que pudiera ocasionar daños a terceros, era igualmente un motivo, si no se producía la compensación económica: "Si un señor ha sido negligente para reforzar el dique de su campo y no reforzó su dique, si en su dique se abre una brecha, si con ello ha permitido que las aguas devasten las tierras de laboreo, el señor en cuyo dique se abrió la brecha compensará el grano que ha hecho perder. Si no puede pagar el grano, se le venderá a él y a sus bienes y los ocupantes de la tierra de laboreo, cuyo grano estropeó el agua, se repartirán el beneficio" (CH, 53-54).

Como siempre, la situación de los esclavos era un tanto ambigua. Aunque eran considerados como bienes que se podían vender o heredar, poseían una personalidad jurídica que les permitía casarse con una mujer libre, en cuyo caso sus hijos eran también libres, poseer sus propios bienes y comparecer ante la justicia. Igualmente existía la posibilidad de una manumisión. Esta podía realizarse por adopción o mediante compra. En este último caso el precio de la venta se pagaba, o bien con el dinero que el propio esclavo había ahorrado, o bien con una suma aportada por sus familiares. Los ciudadanos babilonios que habían sido hechos prisioneros durante una campaña militar debían, según las leyes de Hammurabi, ser rescatados por el templo de su ciudad o por el palacio si eran del todo insolventes. Pese a que se ha considerado irrelevante su participación en la economía, desde comienzos de esta época algunos documentos indican la existencia de grupos de entre diez y quince esclavos trabajando en propiedades de mediano tamaño (Diakonoff: 1982, 56 ss). Junto a este tipo de esclavitud doméstica, en la que el dueño se veía obligado por ley a cuidar de su esclavo, hasta el punto que debía satisfacer los honorarios médicos derivados de su atención en caso de que cayera enfermo, existían también esclavos públicos, propiedad del Estado, y que se encontraban al servicio del templo o del palacio, cuya situación debía ser bastante similar a la de los anteriores, ya que el Código de Hammurabi los cita frecuentemente juntos. Otro tipo de esclavitud era la de los prisioneros de guerra -asiru- y los deportados. Su situación no estaba en modo alguno contemplada por la ley, por lo que carecían de estatuto jurídico al contrario que las demás categorías sociales. Si bien no parecen haber sido utilizados abundantemente durante este período, su situación material debía ser bastante precaria, ya que se encontraban a menudo sometidos a duras prestaciones.

El rasgo más característico de la sociedad babilónica de esta época es el auge de los valores individuales, fundamentados sobre la propiedad privada. Esto es algo que se comprueba en la capacidad jurídica alcanzada por la mujer dentro de la familia, así como en la personalidad jurídica que caracteriza a mushkenu y esclavos. La ambigüedad en la situación de éstos últimos provenía del hecho de que se trataba en su mayor parte de antiguos ciudadanos libres que, por una razón u otra, se habían visto abocados a tal condición. No eran considerados en modo alguno como cosas, pues su figura jurídica era contemplada por la ley. En general, las leyes de Hammurabi garantizaban el desarrollo de todos estos valores individualistas, y las relaciones del ciudadano con la justicia adquirieron también rasgos individuales. Tribunales civiles creados en cada provincia eran responsables de una aplicación justa de la ley, aunque el principio de justicia de por aquel entonces y el nuestro no son, como veremos, equivalentes. El propio monarca se encontraba interesado en asegurar la honradez y equidad de los jueces: "Si un juez ha juzgado una causa, pronunciado sentencia y depositado el documento sellado, si, a continuación, cambia su decisión, se le probará que el juez cambió la sentencia que había dictado y pagará hasta doce veces la cuantía de lo que motivó la causa. Además públicamente se le hará levantar de su asiento de justicia y no volverá más. Nunca mas podrá sentarse con los jueces en un proceso" (CH, 5).

Las sociedades nómadas y aldeanas

La familia nómada está constituida por un grupo de parentesco amplio, vinculado con otros grupos afines que juntos forman un grupo más extenso o clan. Varios clanes componen un tribu. Y las tribus pueden confederarse en uniones mayores, lo que ocurría con motivo de alianzas políticas o guerreras. Formar parte del grupo, compartir una misma línea de descendencia, constituye un elemento de reconocimientoo social en sí mismo. La estructura de la familia solía ser patriarcal, realizándose la filiación y la herencia por línea masculina. Las condiciones en que se desarrollaba la vida de los pastores nómadas y seminómadas hacían necesario preservar, una vez casados, a los hijos y sus mujeres como fuerza de trabajo en el hogar paterno, lo que servía para potenciar notablemente la autoridad y el poder del patriarca (el varón adulto de mayor edad). Una familia amplia, o extensa como gustan de llamarla los antropólogos, posee además otro tipo de ventajas relacionadas con la economía tribal. Dispersa los riesgos económicos, absorbiéndo sin demasiada dificultad la baja productividad de los trabajadores débiles o incapacitados. Al equipar a sus productores para actividades diversificadas y extensas puede entregarse simultáneamente a tareas diversas, como el pastoreo, el cultivo agrícola, la caza y recolección, desplegándose incluso en un vasto territorio para explotar diferentes oportunidades locales. Algunos de sus miembros pueden permanecer durante meses cuidando de huertos apartados o trasladando y vigilando los ganados en las zonas de pasto, mientras otros permanecen en la casa, ocupados en tejer, pescar u otro tipo de actividades.

Además de los linajes y clanes existían otros grupos suprafamiliares que se atenían al criterio de edad, como los "ancianos", y sexo, caso de las mujeres en edad nubil. La posición dentro de la comunidad social de los miembros de tales grupos no quedaba definida tanto por los lazos de familiares y de parentesco cuanto por los criterios aludidos, unidos a determinados usos laborales y a ciertas expectativas sociales. Tanto en la tribu como en el poblado los "ancianos" gozaban de autoridad y prestigio, mientras que las mujeres casaderas constituían una activo notable a la hora de estrechar vínculos y alianzas con otros grupos de parentesco. Por eso su posición era distinta a la de las mujeres casadas y a la de aquellas que ya habían superado la edad de procrear. La posición de los niños, y los jóvenes tampoco era similar a la de los adultos. De esta manera cada persona se insertaba en su comunidad a dos niveles diferentes pero interpenetrados, como miembro de un determinado grupo de parentesco y como miembro de un determinado grupo de edad o sexo.

La diferencia entre los dos niveles radica, sobre todo, en la variabilidad del segundo. Si ser varón o mujer constituyen realidades sociales determinadas por factores biológicos, ser mujer en edad núbil no es un estado permanente sino una situación transitoria. De la misma manera ser niño constituye otra situación transitoria que se resolverá con el paso a una nueva situación de joven adulto. Ritos específicos permiten y sancionan el tránsito de una situación a otra, revistiendo el momento y el hecho -que en ocasiones se expresa por medio de una muerte y renacimiento simbólicos- de un marcado carácter ceremonial, lo que señala el fuerte sentido socializador de tales prácticas. La posición social de las personas, en aquellas condiciones en las que no se había producido una acumulación de riqueza procedente del comercio o de las incursiones, quedaba pues establecida por tales condicionantes.

La esclavitud y la servidumbre, que en las comunidades nómadas adquiría siempre formas domésticas, se articulaban asimismo en el seno de la familia amplia patriarcal. Podían ser prisioneros capturados en un incursión o personas arruinadas y deudores insolventes forzados por las circunstancias a trabajar fuera de su familia. Respecto a estos últimos, la propia tradición tribal y la solidaridad interfamiliar podía actuar eficazmente a fin de paliar su situación. Entre los primitivos israelitas, por ejemplo, existía una ley por la cual un siervo debía de ser liberado tras cumplir seis años de trabajos para su amo: "Si compras un siervo hebreo te servirá por seis años; al séptimo saldrá libre, sin pagar nada. Si entró solo, solo saldrá; si teniendo mujer, marchará con su mujer. Pero si el amo le dio mujer y ella le dio a él hijos o hijas, la mujer y los hijos serán del amo, y el saldrá solo" (Exodo, 2-4). De acuerdo con otra norma, los esclavos debían ser liberados con motivo del jubileo, que se celebraba cada cincuenta años, aunque desconocemos su origen y aplicabilidad. A aquellos que habían llegado a la esclavitud por la miseria hay que sumar los ladrones incapaces de restituir, ellos o sus familiares, el contravalor de lo robado.

A menudo los esclavos solían ser pastores que ayudaban a sus amos y eran responsables ante ellos de las pérdidas que sufriera el rebaño, por lo que eran duramente castigados. No obstante, podían quedar frecuentemente integrados en la estructura suprafamiliar con base en el parentesco (linajes, clanes), en una situación similar a la de sus amos por medio de las costumbres de hospitalidad. El siervo de un señor enviado a otra casa por éste, como portador de algún recado o tratante de cualquier asunto, será recibido de la misma forma en que su señor habría sido acogido. La base gentilicia y las normas de hospitalidad aseguraban, de esta manera, una sociabilidad mínima indispensable de cara a aquellas personas, como lo esclavos o los extranjeros, que de otra manera habrían quedado totalmente marginados de cualquier posibilidad de relación social. El extranjero o el extraño, aquel que no participa de la estructura suprafamiliar de parentesco, no adscrito por tanto a ningún clan o linaje, puede ser reconocido por sus vínculos con una persona determinada, bien a través del procedimiento de la adopción, o, y esto resultaba mucho más frecuente, por medio de una relación de tipo clientelar.

La vida social se regía por normas consuetudinarias, o de costumbre, reforzadas por una fuerte vinculación religiosa con la tradición. Esta contenía un conjunto de normas y ejemplos acerca de lo que debía y no debía hacerse, de las consecuencias de una actitud u otra. La vida solo podía funcionar ordenadamente si se cumplía la tradición, que poseía en este sentido un gran poder normativo. Por supuesto, al tratarse de sociedades ágrafas, toda la trasmisión e interpretación de la tradición se realizaba por vía oral, recayendo en los "ancianos" -los jefes de clanes o linajes-, y otras personas que se consideraba sabias o inspiradas, su interpretación y aplicación en caso de conflicto social. Fuera de este contexto los asuntos eran arreglados por los grupos de parentesco de acuerdo con el principio extendido de la solidaridad y ayuda mutua entre parientes. La aplicación extrema de tal principio en caso de grave afrenta o daños importantes se plasmaba en una revancha que podía adquirir los rasgos de venganzas de sangre. En este tipo de sociedades, en las que las relaciones entre individuos no están reguladas por las reglas dictadas desde algún palacio, la venganza no debe entenderse como una forma turbulenta y emocional de dar una lección a quien es enemigo, sino, ante todo, de restablecer el equilibrio sin el cual no es posible olvidar la afrenta, ni curar la herida provocada en el seno de la propia familia. Por supuesto los intereses de los grupos de parentesco se hallaban supeditados al conjunto social, por lo que las venganzas no podían sucederse indefinidamente. En algún punto era necesario encontrar una satisfacción y si las familias enzarzadas en un disputa no eran capaces de hallarla por si solas, restableciendo de este modo el equilibrio y la concordia social, intervenía entonces toda la comunidad, representada por sus jefes, ejerciendo el arbitrio y dictando soluciones que debían ser acatadas.

El clan, -gayum- entre los amoritas del medio Eufrates, constituía la unidad económica y social por debajo de la tribu. Cuando habitaban en aldeas o villas se agrupaban en barrios específicos destinados a cada uno de los clanes en que se dividía la tribu y que se hallaban presentes en el asentamiento, de tal forma que algunas de estas localidades contaban sólo con unos pocos barrios, mientras que otras podían contener más de treinta. Los haneos, por ejemplo, se hallaban integrados en ocho o nueve clanes cuyos miembros se consideraban hermanos, de acuerdo a la más genuina tradición tribal. Por debajo existían aún los bit abim, unidades menores, probablemente linajes. Los benjamitas y los suteos, al igual que los israelitas, constituían una confederación tribal. Cinco eran las tribus que integraban la confederación benjamita y tres o cuatro las de los suteos. La confederación tribal permanece unida por un interés común, reconoce a un jefe superior que la representa en sus relaciones con el exterior, posee un nombre común y un sentimiento de homogeneidad a partir de una genealogía compartida, ya sea verdadera o imaginaria. Aquí se percibe una vez más una de las principales características de la sociedad tribal, la fuerza de los vínculos familiares y de parentesco. De hecho, en el nivel más elevado de la organización social, aquel de la confederación, las relaciones entre las tribus se establecen mediante lazos ficticios de fraternidad -"hermano" es una palabra frecuente que emplean los miembros de las diversas tribus cuando se reconocen como tales y se tratan entre sí- y de acuerdo a una descendencia que se considera o interpreta común.

Este tipo de estructura era también la propia de los israelitas, como leemos en la Biblia: "Os presentaréis mañana por tribus; y la tribu que Yavé designe se presentará por clanes; y el clan que Yavé señale, se presentará por familias; y la familia que determine Yavé, se presentará por varones" (Josué, 7, 14) y, de acuerdo con una documentación mucho más escasa, la de las tribus kasitas en Babilonia. Esta misma estructura se traslada a la guerra, en la que las divisiones por secciones tribales y familias son tenidos en cuenta para organización de las tropas. Cada uno combate junto a sus parientes más cercanos, lo que estimula el valor y la solidaridad. Los jefes de tribu, clanes, linajes y familias encabezan cada uno el mando de sus respectivos contingentes.

La sociedad de la tribu es, como aquella del poblado, una sociedad rural que contrasta notoriamente con la sociedad urbana. La tribu, o la sección tribal, y la aldea o poblado constituyen, por lo tanto, grupos o comunidades de personas emparentadas entre si, para las que el hecho fundamental radica en ese parentesco,o que es el que proporciona la cohesión social al grupo. "Solo parece existir una diferencia de grado entre los grupos de base local ("poblados") y los de base gentilicia ("tribus"): en los primeros la actividad agrícola sedentaria, con el reparto de las tierras y la construcción de casas permanentes, hace importantes, sobre todo, las relaciones de vecindario; en los segundos, el pastoreo nómada y la cohesión del grupo migratorio hacen más fuertes los vínculos personales. Pero en ambos casos el grado de parentesco es notable. Además, la simbiosis estrecha ente pastores y campesinos, el retorno regular de los grupos trashumantes a las mismas zonas, el hecho de que la tribu deje a veces una parte de sus miembros en los poblados son otros tantos elementos que contribuyen a reducir las diferencias, mientras que se afianza la contraposición con respecto a la sociedad urbana, organizada sobre la complementariedad de especializaciones diversas" (Liverani: 1987, 300).

La diversidad social, existente pese a la fuerte cohesión basada en el parentesco, se justifica a menudo por medio de la genealogía. Hay familias más ricas, en ganado y en tierras, y familias más pobres, familias mayores y familias más pequeñas, familias muy antiguas y otras muy jóvenes, o recién venidas, que ocupan un lugar social marginal o periférico. Las familias poderosas -el poder se establece a través de alianzas, matrimonios y la capacidad para movilizar trabajo ajeno, junto a la de influir en las decisiones de los otros- acumulan gran prestigio y pretenden una descendencia directa del antepasado tribal epónimo, asignando a las restantes familias una descendencia secundaria. Frente a lo que pudiera parecer la pobreza acusada constituía un freno poderoso a la solidaridad interfamiliar. Las familias muy pobres, poseedoras de un número de reses claramente insuficiente, ponen potencialmente en peligro el bienestar de otros grupos familiares que en un principio han acudido en su ayuda. El carácter extensivo de la economía pastoral, que impide cualquier intento de intensificación productiva, junto con la larga crianza del ganado influyen en ello notablemente. El crecimiento demográfico, favorecido en general por unas costumbres dietéticas e higiénicas más sanas que las de los agricultores sedentarios, y permitido en unos límites muy bajos por los factores que acabamos de señalar, sin ser la causa más importante, contribuye también en su medida. Finalmente la miseria expulsará a las familias más pobres que buscarán trabajo en la villa o la ciudad.

La situación de la mujer

En algunas partes, como ocurría en Babilonia, en caso de muerte del esposo la madre podía ejercer la autoridad familiar siempre que no existieran hijos mayores, lo que también está atestiguado en Nuzi. No obstante, estas viudas babilonias no podían contraer nuevo matrimonio sin la debida aprobación jurídica, salvo en el caso de que no contasen con medios necesarios para mantener a su familia. Si el esposo abandonaba de modo arbitrario la comunidad a la que pertenecía, el matrimonio quedaba anulado y la mujer era libre de casarse nuevamente. Pero si el esposo era hecho prisionero durante la guerra, su mujer sólo podía contraer matrimonio nuevamente en caso de que no dispusiera de medios suficientes para mantener a su familia. Aún así, si regresara su primer esposo deberá volver con él, aunque los hijos que hubiera tenido con el segundo quedarán bajo la potestad de éste: "Si un señor es hecho cautivo y hay en su casa lo suficiente para vivir, su esposa conservará su casa y cuidará de su persona; no entrará en la casa de otro hombre. Si esa mujer no cuida de su persona sino que entra en la casa de otro hombre será arrojada al río después de habérselo probado. Si un señor es hecho cautivo y no hay en su casa lo suficiente para vivir, su esposa puede entrar en la casa de otro hombre sin culpa. Si un señor es hecho cautivo sin que haya en su casa lo suficiente para vivir y antes de su regreso su esposa ha entrado en casa de otro hombre y ha tenido hijos, si más tarde su marido ha regresado a su ciudad, esa mujer regresará junto a él y los hijos permanecerán con su padre" (CH, 133-134-135).

En Asiria, la mujer no poseía ninguna capacidad jurídica y vivía enclaustrada, al menos en las ciudades y entre la gente acomodada, permaneciendo oculta tras un velo sin poder dirigir la palabra más que a un pariente cercano. Era la única en el matrimonio que podía ser acusada de adulterio, delito que era asimilado a una forma de atentado contra la propiedad y entonces el marido podía escoger entre el castigo, la muerte o el perdón. El derecho ilimitado a llevar a cabo el juicio y la ejecución del castigo en los miembros de su familia viene señalado por una serie de artículos de la ley. Uno de ellos permitía al marido "golpear a su mujer, arrancarle el cabello, magullarla y destrozarle sus orejas" (LA, 59), sin que ello fuera motivo de culpa. Como en otros ambientes patriarcales entre los asirios la violación de una mujer suponía, en realidad, un agravio para su marido o su padre. No obstante, la ley establecía un amplio margen para que el violador demostrara su inocencia. Un simple juramento, acusando a la mujer violada de haberle seducido, bastaba para eximirle de la mayor responsabilidad y el asunto se zanjaba con el pago de una multa al padre de la joven; compensación económica por haber mermado su valor, al haberla privado de su virginidad. En otras circunstancias, sobre todo si deseaba deshacerse de su propia esposa, el violador podría estar interesado en no jurar, ya que entonces la ley asiria preveía que debía desposarse con la víctima y su mujer quedaba degradada al rango de prostituta.

Pese a que la mujer asiria conservaba el derecho a adoptar sin la autorización de su marido, su manifiesta situación de subordinación aparece indicada en otro artículo de la ley, que exigía que la mujer ante la ausencia sin noticias del esposo tuviera que aguardarle durante cinco años. La difícil situación de la mujer se agravaba en caso de disolución del matrimonio, pues, en la práctica, el divorcio sólo podía ser solicitado por el hombre. Cuando éste se llevaba a cabo, la mujer recibía de su esposo una compensación estipulada en el contrato de matrimonio, pero la ley autorizaba al marido a repudiar a su mujer sin darle nada. Igualmente el esposo podía entregar a su mujer como garantía ante un acreedor. El aborto provocado era equiparado a un delito público y castigado con el empalamiento. En los harenes reales una estrecha vigilancia y una absoluta desconfianza que impedía la entrada a cualquier persona, salvo a las mujeres y a unos cuantos eunucos, encerraba a esposas y concubinas en un ambiente de verdadera prisión.

En época neobabilónica se puede observar un cierto endurecimiento de la condición de la mujer en el seno de la sociedad y de la familia patriarcal. Desde tiempo atrás se había venido estableciendo una distinción de clase entre las mujeres que afectaba a su respetabilidad, según quien fuera el propietario de sus servicios sexuales y de su capacidad reproductiva. La mujer casada, la concubina o la joven que residía con sus padres eran consideradas respetables. Una antigua costumbre asiria que más tarde encontramos en otras partes, permitía distinguirlas por el uso del velo en público. No así las prostitutas del templo y las rameras, que tiempos atrás habían gozado de mayor respetabilidad, y las esclavas. Aunque la esposa era siempre protegida contra la existencia de una segunda mujer y recibía en caso de divorcio seis minas de plata, conservando el derecho a contraer un nuevo matrimonio, sólo ella era castigada, incluso con la muerte, en caso de adulterio. Su capacidad jurídica se encontraba disminuída frente a la del hombre y sólo éste heredaba y disponía de los bienes de la familia. En realidad, ahora igual que antes, la finalidad del matrimonio consistía en que la mujer trabajara como mano de obra en la casa del marido y que le proveyera de hijos, es decir, de mayor número de mano de obra (Klima: 1986,191). En la práctica, en muchos casos la situación de la mujer en la familia patriarcal, que había experimentado un nuevo auge a raíz de las invasiones arameas, no difería esencialmente de la de los esclavos domésticos.

Entre los hititas la mujer, que podía recibir directamente la suma o "dinero nupcial" de parte del novio, parece haber disfrutado de una posición un tanto más equilibrada en relación a su esposo, participando incluso con él en las decisiones relativas al matrimonio de los hijos: "Si una mujer está prometida a un hombre y otro hombre la seduce tan pronto como la haya seducido, devolverá a su prometido cuanto este le había dado; el padre y la madre no deberán devolver nada. Si son el padre y la madre quienes la dan a otro hombre, entonces devolverán lo que habían recibido" (LH, 28).

En Fenicia, la familia se fundamentaba en el matrimonio monógamo, que en el ámbito colonial mediterráneo no parecen haber encontrado muchos trabas para la formación de enlaces mixtos entre miembros de etnias diferentes. La profundización en el derecho de corte individualista como consecuencia de la expansión de las actividades comerciales, tendió sin duda a disolver las relaciones familiares típicas de la Edad del Bronce, con lo que la familia extensa debió ceder paulatinamente su sitio a aquélla otra de carácter más reducido y compuesta por los miembros del matrimonio y su descendencia directa. Una sociedad como la fenicia debía ser, al menos en el marco de la ciudad, marcadamente más individualista y ello tuvo que favorecer a su vez la posición de la mujer en el seno de la familia y de la sociedad, pues no en vano la encontramos desempeñando en ocasiones actividades económicas importantes en directa relación con el comercio. Desde esta perspectiva la mujer de las familias acomodadas urbanas en Fenicia parece haber estado más cerca de la situación que disfrutaban las mujeres en Babilonia que del enclaustramiento característico de Asiria. Sin embargo, esta mayor libertad no suponía, ni mucho menos, su independencia económica y sexual respecto al varón.

La mujer y las diferencias sociales.
Las distinciones de clase o categoría social también eran importantes a la hora de establecer la situación de las mujeres. No vivían igual, ni tenían las mismas oportunidades, la campesina, la tabernera, la ramera o la cortesana. En determinados lugares, como en Mari, las mujeres de los grupos sociales elevados poseían unas espectativas que el resto no compartía. En aquel reino, situado sobre el curso medio del Eufrates, las mujeres, al igual que los hombres, poseían y administraban propiedades, podían realizar contratos en su nombre, presentar demandas ante la corte y hacer de testigos ante los tribunales de justicia. Podían tomar parte en negocios y en transacciones legales, tales como adopciones, ventas de propiedades, concesión o petición de créditos. También en las listas de quienes ofrecían obsequios al monarca aparecen registradas unas cuantas mujeres; dichos obsequios eran impuestos o tributos de vasallaje, lo que indica que estas mujeres tenían una posición política y unos derechos determinados. No era raro que desempeñaran la profesión de escribas, músicos y cantantes. Ejercían importantes funciones religiosas en calidad de sacerdotisas, adivinadoras y profetisas. Teniendo presente que los monarcas consultaban regularmente a los profetas y los adivinos antes de tomar una decisión importante o de emprender una guerra, estas personas eran los verdaderos consejeros del rey. "El hecho de que los documentos de Mari no hagan distinciones entre la valía de un profeta o una profetisa dice mucho en favor de un estatus relativamente igualitario de las mujeres pertenecientes a la elite de la sociedad de Mari" (Lerner: 1990, 111).

Algo muy similar se observa también entre los hititas. En muchos otros lugares las mujeres de las familias ricas y poderosas disfrutaban de una situación de privilegio. Las hijas de los nobles y altos dignatarios, así como las princesas y cortesanas sumerias, acadias y babilonias parecen haber gozado de una alta consideración, que permitió que recibieran una educación esmerada que les preparaba para el papel diplomático o administrativo que les tocara ejercer. Entregadas al matrimonio de conveniencia política o convertidas en sacerdotisas al frente de la administración de un templo, como la hija de Sargón, no dejaban de depender, sin embargo de los varones, esposos o padres, quienes mediante su voluntad regulaban su conducta. Un claro ejemplo de la situación de las mujeres de la élite social corresponde a las sacerdotisas naditu, muy numerosas en el periodo paleobabilónico. Hijas del rey y de los altos dignatarios, funcionarios de la administración real y sacerdotes, las naditum ingresaban en el templo al que aportaban una rica dote. Dentro del recinto del mismo, guardado por un muro que como en Sippar los sucesivos reyes se encargaban de restaurar, residían en sus propias casas, si bien contaban con instalaciones que, como el comedor, eran comunales (Harris: 1963, 124 ss). Podían casarse, pero no les estaba permitido tener hijos, lo que significaba que a su muerte la dote volvía a la familia de su padre. En vida disponían ampliamente de su patrimonio, realizando negocios, concediendo préstamos, a fin de acrecentarlo y utilizar las ganancias en su mantenimiento y en el servicio de los dioses. Desempeñaban cargos importantes en la administración del santuario y a menudo las encontramos ejerciendo como escribas.

Las concubinas, de origen libre, pero pobres o esclavas, gozaban de una posición intermedia dentro de la familia patriarcal, actuando al modo de sirvientas de la esposa legítima. Si eran esclavas y sus hijos no resultaban reconocidos, a la muerte del esposo alcanzaban la libertad. Se comprende que muchas hijas de familias pobres fueran vendidas como esclavas, como un remedio para escapar de la pobreza. Siendo esclavas podían trabajar como prostitutas o ser adquiridas en calidad de concubinas. También las prostitutas libres, cuya actividad económica estaba en principio protegida por la ley, podían aspirar a convertirse en concubinas y a ver sus hijos reconocidos como legítimos. En un pasaje del Código de Lipitishtar, soberano de Isin, leemos: "Si un hombre cuya mujer no le ha dado hijos tiene hijos de una prostituta de la plaza, deberá contribuir al mantenimiento de la prostituta con cebada, aceite y lana; los hijos que la prostituta le ha dado son sus herederos, pero la prostituta no vivirá en la casa con la esposa" (CL, 32). La situación de las prostitutas, que desde época sumeria se encontraba asociada a los servicios religiosos del templo, se fue degradando con el tiempo hasta equivaler en la práctica a la de la esclava, como consecuencia de la regulación estricta de la sexualidad de las mujeres de las clases propietarias y la introducción paralela de la prostitución comercial. Parece que esta última era tan antigua como la prostitución sagrada pero, como se ha visto, las prostitutas comerciales (rameras) tenían reconocidos sus derechos y gozaban de protección ante la ley. El desarrollo bien temprano de la esclavitud femenina, que permitía emplear a las cautivas en burdeles con fines comerciales, y la degradación de las condiciones económicas de las familias humildes, alimentaron otras tantas fuentes de la prostitución.

No había otras ocupaciones entre las mujeres pobres de extracción social libre, salvo la no demasiado bien considerada de tabernera que en la práctica equivalía a algún tipo de prostitución, o la de emplearse eventualmente como nodrizas en las familias acomodadas, algo que estaba reservado preferentemente a las esclavas, o bien ejercer de sirvientas en los templos. De hecho los múltiples oficios desempeñados por las esclavas en los templos no aparecen citados como ocupaciones habituales de las mujeres libres de familias pobres. Su función fundamental residía en el trabajo doméstico, muy duro cuando no se contaba con la ayuda de otras personas, por lo que no habían sido instruidas para otro menester.

La esclavitud

El importante desarrollo del esclavismo, que como problema social no perdió agudeza durante el periodo Neoasirio (Garelli: 1977, 87), condujo, no obstante, a que los esclavos tuviesen el derecho de usar y poseer sus propios bienes, tener su propia familia, casándose incluso con una persona de condición libre, y promover acciones jurídicas. Sin embargo el propietario conservaba siempre un poder total sobre su esclavo al que podía dejar en herencia, comprarlo, venderlo, intercambiarlo, prestarlo y arrendarlo. Aunque algunos esclavos podían con el transcurso del tiempo recobrar su libertad, los actos de manumisión eran poco frecuentes, y es así mismo poco probable que estos manumitidos tuvieran los derechos que correspondían a un hombre plenamente libre.

Las formas de esclavización más duras habían recaído desde siempre sobre los extranjeros hechos prisioneros en el curso de una batalla o de una expedición militar, o sobre aquellos que habían sido condenados por algún tribunal a causa de un delito grave. El esclavo, como en otros sitios, era un extraño lo que permitía, además de desarraigarle, reducirle al estado de cosa que se puede poseer en propiedad. El término sumerio para esclavo era la misma palabra que designaba montaña, por lo que se piensa que los esclavos procederían originariamente de las zonas montañosas de la periferia mesopotámica. En un principio tal suerte recaía principalmente sobre las mujeres, que como tal aparecen mencionadas en las listas de los templos y palacios, siendo el número de esclavos varones ciertamente reducido. Los varones esclavizados, concentrados en un número importante, para trabajar por ejemplo en una extensa propiedad agrícola, requerirían ser vigilados muy de cerca por otros tantos hombres armados, pues llegado el caso y pertrechados con sus azadas de bronce podían constituir un serio peligro, lo que no convertía en muy rentable su explotación laboral. Por el contrario, a las mujeres cautivas convertidas en esclavas que realizaban diversos oficios en los templos y palacios, se les permitía permanecer junto a sus hijos ya que seguramente ello facilitaba su sumisión: "Si una mujer había sido capturada con sus hijos, se sometería a cualquier condición que le impusieran sus apresadores con tal de asegurar la supervivencia de los niños. Si no los tenía, la violación o el abuso sexual la dejarían al cabo de poco embarazada, y la experiencia demostraría a los apresadores que las mujeres soportarían la esclavitud y se adaptarían a ella con la esperanza de salvar a sus hijos y mejorar al final su suerte" (Lerner: 1990, 126).

A diferencia del periodo Dinástico Arcaico, en el que la esclavitud la sufrían principalmente las mujeres hechas cautivas y empleadas en gran número en los trabajos asignados por templos y palacios, ahora, en tiempos de la Tercera Dinastía de Ur, se produjo un considerable aumento de la esclavitud masculina. Los prisioneros de guerra -namra-, que carecían de cualquier tipo de derecho regulado por un estatuto jurídico, eran repartidos en grupos de eren -contingentes de siervos destinados por los palacios y templos a actividades de diversa índole, estando integrados por esclavos y personas semi-libres que carecían del derecho de desplazarse a voluntad (Garelli: 1974, 66 ss)- y, bajo la estrecha vigilancia de oficiales y capataces, destinados a trabajos agrícolas o en la construcción de las ciudades.

Durante el periodo paleobabilónico, la situación de los esclavos era un tanto ambigua. Aunque eran considerados como bienes que se podían vender o heredar, poseían una personalidad jurídica que les permitía casarse con una mujer libre, en cuyo caso sus hijos eran también libres, poseer sus propios bienes y comparecer ante la justicia. Igualmente existía la posibilidad de una manumisión. Esta podía realizarse por adopción o mediante compra. En este último caso el precio de la venta se pagaba, o bien con el dinero que el propio esclavo había ahorrado, o bien con una suma aportada por sus familiares. Los ciudadanos babilonios que habían sido hechos prisioneros durante una campaña militar debían, según las leyes de Hammurabi, ser rescatados por el templo de su ciudad o por el palacio si eran del todo insolventes. Pese a que se ha considerado irrelevante su participación en la economía, desde comienzos de esta época algunos documentos indican la existencia de grupos de entre diez y quince esclavos trabajando en propiedades de mediano tamaño (Diakonoff: 1982, 56 ss).

Junto a este tipo de esclavitud doméstica, en la que el dueño se veía obligado por ley a cuidar de su esclavo, hasta el punto que debía satisfacer los honorarios médicos derivados de su atención en caso de que cayera enfermo, existían también esclavos públicos, propiedad del Estado, y que se encontraban al servicio del templo o del palacio, cuya situación debía ser bastante similar a la de los anteriores, ya que el Código de Hammurabi los cita frecuentemente juntos. Otro tipo de esclavitud era la de los prisioneros de guerra -asiru- y los deportados. Su situación no estaba en modo alguno contemplada por la ley, por lo que carecían de estatuto jurídico al contrario que las demás categorías sociales. Si bien no parecen haber sido utilizados abundantemente durante este período, su situación material debía ser bastante precaria, ya que se encontraban a menudo sometidos a duras prestaciones.

Tambien en el rteino de Israel, mucho tiempo después, la ruptura de la solidaridad tribal y la estratificación socioeconómica introdujeron finalmente la servidumbre por deudas, como consecuencia del empobrecimiento y de la duras condiciones de vida de muchos israelitas. Personas vendidas por sus familiares, deudores insolventes y ladrones que no podían restituir lo que habían hurtado, se convertían de esta forma en siervos que, no obstante, debían de ser liberados después de seis años de servicios para su amo y también durante el año jubilar. Los esclavos eran extranjeros comprados o capturados en el curso de las campañas militares. Podían pertenecer a un particular o ser esclavos públicos que trabajaban en las grandes construcciones o al servicio del templo. Aunque eran objetos propiedad de sus amos, la ley les preservaba contra los malos tratos extremos.

Deudas, siervos y dependientes

Con el tiempo y la evolución de las circunstancias históricas, grupos de población libre se fueron empobreciendo, llegando a adquirir el estatuto de siervos o dependientes. Fue, sobre todo, consecuencia de la pérdida del acceso a la propiedad comunitaria o familiar de recursos y bienes, fundamentalmente la tierra, en beneficio de la formación y desarrollo de las elites urbanas en torno a templos y palacios. En otras palabras, los diversos procesos de concentración de la riqueza en aquellas instituciones y sus administradores significaron, a medio plazo, el empobrecimiento de una parte considerable de la población libre campesina y de los pequeños artesanos independientes. Dicho empobrecimiento trajo consigo la aparición de formas de dependencia personal e institucional similares a la servidumbre, y un endeudamiento creciente de aquellas personas que no podían hacer frente a las exigencias de los recaudadores públicos. Los abusos de los poderosos contra los débiles actuaron en la misma dirección.

Durante la e´poca del renacimiento sumerio, y sobre todo, del imperio de Ur, empezó a generalizarse una distinción en el seno de las personas libres, aquellas que eran llamadas con el término sumerio mashda y en acadio mushkenu, una parte de la población cuyos derechos eran inferiores a los de los ciudadanos acomodados, aunque su estatuto jurídico no estaba aún fijado. Parece que todo el periodo conoció una nivelación en la base social, por la que se atenuaban las distinciones jurídicas, como consecuencia del empobrecimiento de hombres libres y del aumento de la esclavitud. No obstante, es preciso diferenciar la esclavitud doméstica, que afectaba esencialmente a ciudadanos empobrecidos que mantenían una posición jurídica degradada, pero que podían casarse con personas libres, poseer propiedades y comparecer ante la justicia, de otro tipo de esclavitud cuyas condiciones eran más duras.

En el periodo siguiente a la caída del imperio de Ur, se produjo en la Mesopotamia centro-meridional un auge extraordinario de la extensión de la propiedad privada, consecuencia, en gran medida, de la desaparición de las anteriores agrupaciones comunitarias de hombres libres. Su ocaso fue motivado por diversos factores. De un lado la posición preeminente de una élite integrada por los administradores de templos y palacios que, tras la crisis del poder central y ante las dificultades económicas de aquellos tiempos, aprovecharon su situación para adquirir tierras pertenecientes a familias y clanes. Estos antiguos dependientes de los palacios y los templos, beneficiarios por tanto de la concesión vitalicia de una tierra a cambio de sus servicios especializados, accedieron a la propiedad de estos bienes cuando los antiguos propietarios, templos y palacios, dejaron de estar en situación de controlarlos debido a las dificultades políticas y económicas de la época.

A ello hay que añadir la asignación de lotes de tierra a nuevas clases de dependientes palatinos, sobre todo militares que eran establecidos como colonos en los territorios conquistados, fenómeno generalizado en la época. Además, se produjo en el seno de las familias cambios en la transmisión de la propiedad, ocasionados por la crisis de la familia patriarcal extensa y el auge de la nuclear, lo que significó un mayor reparto de los patrimonios, bien mediante la herencia, bien a la hora del casamiento de los hijos, junto con una fuerte tendencia a la personalización de la propiedad, como reflejo social de las formas de propiedad personalizada de los administradores y los dependientes de templos y palacios. Junto a todo ello, la presencia del nuevo elemento amorreo actúo como factor catalizador, favoreciendo el cambio en las relaciones sociales, ya que se encontraba menos ligado por tradición y por intereses a la vieja estructura templario-palatina.

La desaparición de la familia extensa, al menos en el ámbito de las ciudades, a causa de la transformación de las formas de propiedad, significó también la crisis de la solidaridad familiar, lo que favoreció al mismo tiempo el desarrollo de la servidumbre por deudas, que resulta uno de los elementos característicos del periodo paleobabilónico, junto con las viudas y los huérfanos, es decir aquellas personas que, desaparecido el varón que las protegía y sustentaba, se encuentran ahora desvalidas, por lo que serán objeto de atención por parte de la ley. El individuo empobrecido ya no contaba, ante los requerimientos del prestamista, con la ayuda de sus parientes, por lo que su única solución estribaba en la entrega en fianza de su mujer, sus hijos o él mismo.

Tal tipo de situación habría de ser posteriormente regulada por Hammurabi, limitando a tres años la duración del periodo de servidumbre por fianza, signo inequívoco de la malas condiciones en que se encontraba gran parte de la población. La proliferación de contratos de arrendamientos de tierra entre particulares muestra como, por un lado se había formado una clase de propietarios con más tierras de las que podían explotar directamente, y por otro una clase de campesinos desprovistos de tierras e impulsados a trabajar las de otros, a cambio de un tercio de la cosecha. Como resultado se produjo un aumento del numero de las personas libres de condición degradada, mushkenu, cuyo estatuto jurídico habría de ser fijado por vez primera por Lipithistar, soberano del reino de Isin, hacia mediados del siglo XIX a. C., y más tarde por el propio Hammurabi de Babilonia. Como antes, los reyes intentaban paliar tal situación mediante la proclamación de edictos de liberación, que cancelaban los intereses acumulados por las deudas, y con una nueva política de repartos y concesiones de tierra, consecuencia y causa al mismo tiempo, aunque no única, de las guerras de conquista. El mismo Hammurabi realizó numerosas distribuciones de tierra para mejorar la suerte de las categorías sociales desfavorecidas, para fijar a las poblaciones nómadas y para retribuir a los soldados, lo que contribuyó a la aparición de un nuevo género de colonos que finalmente se convertirían en propietarios de lo que originariamente no era sino un tenencia (Margueron: 1991, 123).

De ahí procede, precisamente, la posición un tanto ambigua de estos siervos en la sociedad del Próximo Oriente Antiguo, que correspondía a la de personas degradadas cuya identidad social y jurídica, sin embargo, no se había perdido del todo. En su carácter de personas originariamente libres venidas a menos, su situación se hallaba regulada por la ley que les otorgaba el disfrute de unos derechos mínimos. Aunque dependían completamente de otra persona, o de una institución como el templo o el palacio, y podían ser comprados y vendidos como cualquier otro bien, podían casarse, incluso con personas libres y tener hijos, así como poseer sus propios bienes que también podían legar a sus descendientes. Por otra parte, este tipo de servidumbre no constituía un estado jurídico permanente, ya que existían diversas formas de alcanzar la libertad, de recuperar por tanto el estatuto originario, aunque las condiciones socioeconómicas solían incidir en muchas ocasiones en sentido contrario. La manumisión podía alcanzarse de diferentes maneras, mediante adopción o comprando la libertad con dinero. Otro procedimiento consistía en desposarse con una persona libre, en cuyo caso los hijos comunes serían igualmente libres.

En la Mesopotamia septentrional, en el territorio asirio, los procesos de transformación de la propiedad que habían afectado a Babilonia -el país de Summer y Akkad- no se dieron de igual forma. La importancia económica de los templos fue siempre menor y los palacios, debido a las dificultades que presentaba la irrigación, penetraron con menos fuerza sobre el tejido productivo rural. El comercio paleoasirio se había organizado originariamente en torno a los karum -colonias de mercaderes en país extranjero- y aunque bastante reglamentado por el Estado, representado por el rey y los notables de la ciudad de Assur, se fundamentaba en los patrimonios de las grandes familias que adelantaban los fondos necesarios para las transacciones. Fue un comercio que, a diferencia del babilonio, al estar sumido en el seno de la estructura patriarcal de la población, no alteró significativamente sus formas de propiedad, por lo que contribuyó escasamente a la aparición de la propiedad privada.

Más tarde, debido a necesidades administrativas y militares cada vez más acuciantes, y ocasionadas por la centralización política y las guerras incesantes, los monarcas asirios adoptaron la costumbre de pagar a sus servidores con tierras, a cambio de un servicio militar que exigía prestaciones personales y económicas muy acusadas. Como en otras partes, estos dignatarios mezclaban su posición pública y sus negocios particulares. Disponían de grandes dominios, cuyos beneficios representaban sus emolumentos, y agrandaban su fortuna concediendo préstamos, hipotecas, comprando y vendiendo inmuebles, convirtiéndose así en una nobleza hereditaria que trasmitía sus riquezas y sus cargos a sus hijos, y que acaparó la gestión del gobierno de las provincias, del que obtenían enormes beneficios. De esta forma, durante los siglos XV y XIV a.C. se produjo el encumbramiento de una nobleza terrateniente, integrada por una serie de familias que acrecentaban sus propiedades a expensas de sus vecinos, mediante préstamos hipotecarios en forma de cebada o de estaño. Esta aristocracia parece haber nutrido a la administración provincial y local con altos funcionarios que pasaron a heredar sus cargos. Pronto todos estos nobles se convirtieron en una especie de casta cerrada, por medio de matrimonios endogámicos que unían entre si a los miembros de las grandes familias. Estas colocaban a sus hijos en los distintos cargos de la administración, en ocasiones bajo sus órdenes directas, y aumentaban aún más sus recursos mediante la explotación de sus provincias, pues a menudo compartían su actividad por cuenta del palacio con sus negocios particulares.

En Asiria la sociedad se dividía, como en otras partes, en hombres libres, siervos y esclavos. A la aparición de las relaciones esclavistas contribuyeron en gran medida las continuas guerras y la ampliamente difundida servidumbre por deudas, a la que favoreció en gran medida la consolidación de la aristocracia terrateniente. Si bien las leyes establecían la prohibición de convertir en esclavos a los asirios nativos, es poco probable que estas disposiciones, que ablandaban un tanto las duras formas de la explotación esclavista, se llevasen siempre a la práctica. A juzgar por los documentos, los asirios de hecho caían en la esclavitud finalmente si no pagaban a tiempo su deuda. Además de los grandes señores, con frecuencia los comerciantes -tamkarum- actuaban también como prestamistas. Aquellos deudores insolventes que no podían satisfacer su deuda a tiempo tenían que "entrar en la casa del prestamista" o sea, pasar a la situación de siervos por deudas, pagando el préstamo con su trabajo personal, aunque el acreedor no tenía derecho a venderle como vendía a sus esclavos. Los deudores insolventes podían librarse ellos mismos de esta servidumbre entregando al prestamista a sus hijos o parientes como garantía. En ocasiones, los asirios más humildes escapaban del hambre y de la miseria vendiéndose ellos mismos, o entregando a sus hijos como esclavos de una familia acomodada.

Durante el periodo Neoasirio, una de las costataciones más importantes, en relación con la vida agrícola y las clases campesinas, constituye la tendencia, observada a través de los censos, a una significativa disminución de la población rural, en especial del pequeño campesinado, cuya situación no dejó de empeorar durante toda esta época, sometido como estaba al duro servicio militar, a la fuerte presión impositiva y a la competencia económica de los grandes propietarios. Posiblemente las deportaciones querían aliviar en algo esta tendencia, y los reyes asirios recurrieron, al mismo tiempo, al desarrollo del colonato militar. Según esta fórmula, el rey entregaba tierras a colonos militares a cambio de sus servicios en la guerra. Por lo general se establecían en las zonas fronterizas y se encontraban bajo la protección del rey, siendo sus tierras inexpropiables. Al igual que los restantes agricultores, se trataba de gente muy modesta que disponía de unos recursos limitados.

A la división social entre libres, siervos y esclavos hay que añadir ahora una profundización cada vez más importante del abismo que separaba a los ricos de los pobres. Si las gentes humildes -nishe- soportaban una pesada carga de imposiciones fiscales y prestaciones militares y personales, los grandes propietarios disfrutaban frecuentemente de concesiones -ilku - y franquicias que venían a sumarse a sus privilegios, ya que los reyes asirios, al igual que otros monarcas orientales, acostumbraban a repartir, imitando sobre todo el ejemplo babilónico, grandes posesiones de tierra entre los jefes militares destacados, los nobles de palacio y los altos funcionarios, lo que condujo finalmente, como se ha visto, a la consolidación definitiva de la propiedad privada. Además, estas tierras solían estar libres de impuestos y de las demás prestaciones habituales. Tales franquicias se extendieron también a los templos, aunque sin llegar a alcanzar la importancia que tuvieron en Babilonia, y a las ciudades más importantes. La población de estas ciudades, que al igual que los palacios constituían centros de recepción y transformación de las mercancías, así como de distribución de los productos manufacturados, constituía sin duda uno de los sectores sociales más favorecidos, junto a la nobleza propietaria rural que acaparaba las dignidades del Estado.

De hecho, parte del desarrollo de la esclavitud durante esta época hay que atribuirla a la insolvencia de gran número de prestatarios y a la usura de los prestamistas, que imponían con frecuencia intereses desorbitados. Como consecuencia, muchas familias humildes se arruinaban y recurrían a la venta de sus hijos. Estos esclavos nativos integraban una servidumbre doméstica, poseían, una personalidad jurídica y estaban así mismo obligados al servicio militar.

La organización de la sociedad

estudio de una sociedad antigua plantea siempre problemas que no son sólo de documentación, sino también, y no menos importantes, de enfoque y conceptualización. No es posible abordar el análisis de una sociedad del pasado, como las del Próximo Oriente Antiguo, pertrechados únicamente con nuestras categorías y conceptos actuales, aquellos que nos son familiares, por pertinentes a nuestra propia sociedad, ya que muchos de ellos no resultarán significativos ni eficaces para el análisis que pretendemos. Así ocurre, por ejemplo, con la noción de clase, que tiene para nosotros unas connotaciones específicas que no se adecúan al tipo de contrastes y desigualdades que caracterizaban aquellas formas sociales, lo que no quiere decir, como veremos, que no existieran clases sociales por aquel entonces, si no que se articulaban de modo diferente, no sólo en su apariencia sino en los mismos criterios que permitían la clasificación de los individuos en distintos grupos y jerarquías sociales.

Otro tanto ocurre con conceptos como esclavitud, servidumbre o libertad. Por ejemplo, la libertad política de un ciudadano libre no incluía, en modo alguno, su capacidad de elección de las formas de gobierno y de las personas que lo integraban. En cambio, los siervos tenían reconocidos ciertos derechos que compartían con las personas libres. En realidad, las diferencias fundamentales se arbitraban a partir de la inclusión o no de los individuos en la clase propietaria. Pero, a tal respecto, propiedad significaba muchas veces posesión, como ocurría con los administradores de templos y palacios, poseedores de una "propiedad" de los dioses que les convertía, de hecho, en propietarios. De igual forma, el prestigio social y las opciones y oportunidades que frecuentemente de él se deribaban no equivalían siempre ni automáticamente a las relaciones que las personas mantenían con las formas de propiedad y posesión, si bien la tendencia histórica dominante a lo largo de todos aquellos siglos terminó por equipararlas.

La cuestión de las clases y las desigualdades.
A menudo, cuando se aborda el estudio de una sociedad antigua surge la cuestión de si se trataba ó no de una sociedad de clases. A este respecto, las del Próximo Oriente Antiguo eran sociedades que se caracterizaba por la forma específica que adquirían las desigualdades entre los distintos grupos que las integraban. El carácter de los contrastes y diferencia sociales difería en gran medida de los que podemos observar en cualquier sociedad del mundo actual. De acuerdo con un criterio económico, las personas se agrupaban en dos sectores. De un lado aquellas que pertenecían al grupo que detentaba la propiedad de la tierra y de otros medios de producción, bien individualmente -fenómeno este más tardío- bien a través de su pertenencia a una colectividad -clanes, familias- que les garantizara su posesión. De otro, todos aquellos que, por una u otra razón quedaban excluidos de este acceso a la propiedad. Los primeros formaban parte de una comunidad -rural o urbana- que les reconocía sus derechos de propietarios. Los segundos trabajaban en propiedades ajenas, como los campos y talleres de templos y palacios o las haciendas de los nobles y los dignatarios reales.

Desde el punto de vista de los derechos y obligaciones de cada uno, que se intentaban regular jurídicamente, se distinguía entre personas libres y aquellas que no lo eran. Así, a las desigualdades de índole socioeconómica, atribuibles al desigual reparto del acceso a la propiedad, se añadían las de tipo jurídico o político, que no obstante podían depender también de ese factor. Una persona no sólo podía ser pobre o rica, sino libre, sierva o esclava, además de ciudadano o extranjero, que en la mayoría de los casos equivalía a extraño. Un extranjero, un siervo e incluso un esclavo podían acceder a ciertos tipos de propiedad, lo que no hacía que su condición social variase. Aún así, dejando a un lado al residente que no había nacido en la ciudad, o al cautivo capturado en la batalla, la servidumbre y la esclavitud eran en gran medida consecuencia de dificultades económicas que afectaban desigualmente a la población. Por consiguiente la sociedad era una sociedad de clases, aunque estas no tuvieran la forma y la composición de las modernas clases sociales, y las diferencias entre la gente eran más abundantes, ya que no sólo tenían que ver con la propiedad de los medios de producción sino con factores que, aunque vinculados, operaban de forma independiente.

Un principio, tan común para nosotros, como la igualdad ante la ley, sencillamente no existía, y las personas ocupaban distintos lugares en la jerarquía social, disfrutando de diferentes derechos de acuerdo con su posición en ella. El lugar que ocupaba una persona en la escala social dependía de su posición en la comunidad a la que pertenecía, así como su capacidad para prestar determinados servicios al Estado, encarnado en la figura del monarca. Cuanto más especializados, y por tanto más necesarios, mayor era el rango social alcanzado. Ya que la definición de tales servicios y trabajos se realizaba desde arriba, desde la misma elite social que ocupaba una posición de privilegio, se consideraba que la administración de los bienes de los dioses, los servicios de intermediarios entre el pueblo y la divinidad, y de protección económica y militar de la población eran los más importantes de todos. De acuerdo con esta forma de ver las cosas, impuesta sin mucho esfuerzo por la elite social al resto de la población, ella misma disfrutaba de las mejores condiciones materiales de existencia, sustentadas en el excedente que otros grupos sociales producían a cambio de sus "servicios" organizativos y militares, de gestión y protección.

Jerarquía y estratificación social.
Desde esta cúspide social, lugar de privilegio ocupado por la elite, el resto de la sociedad quedaba organizada de forma jerárquica. Podemos representarnos a los diversos sectores de las sociedades del Próximo Oriente Antiguo como superpuestos, siguiendo la jerarquía social, siguiendo un perfil piramidal, en el que a mayor altura social corresponde un menor número de individuos, mientras que la base de la pirámide contiene a la mayor parte de la población. Por lo general, y en principio, la buena situación económica era propia de las personas que en su conjunto componían la clase propietaria, aquella que disfrutaba de mayores prerrogativas y de derechos jurídicos y políticos, aunque estos últimos, dado el carácter autócrata del gobierno, eran muy reducidos. La ley les reconocía el derecho de propiedad, de matrimonio, de herencia, garantizando así mismo su seguridad y la protección de sus bienes, así como un cierto autogobierno a escala puramente local.

En relación con el acceso a la propiedad de la tierra, que era el que garantizaba la manutención, se distinguía en un principio entre personas libres y el personal dependiente de un templo o un palacio. Las primeras pertenecían a una comunidad que era la que les brindaba el acceso a la propiedad de la tierra y les otorgaba la plenitud de los derechos como miembros de la misma. Desde el tercer milenio estas comunidades, originariamente rurales y articuladas en torno a los lazos de vecindad y parentesco, se transformaron en comunidades territoriales que, no obstante, retuvieron el derecho a la propiedad comunitaria de la tierra. Las subsiguientes transformaciones llevaron a convertirlas en comunidades de propietarios de tierra (Diakonoff: 1982, 32 ss).

Este sector de la población libre, no vinculada directamente a templos y palacios, llegaba a alcanzar en época sumeria y en algunos lugares, como Lagash, los dos tercios de la población y poseía la mitad de la tierra (Arnaud: 1970, 14). Estaba compuesto por medianos y pequeños agricultores, granjeros y artesanos que trabajaban con la ayuda de su familia, de jornaleros y a veces, las menos, de uno o dos esclavos. Su situación no debía ser muy buena, a tenor del edicto de Urukagina que menciona como los "hombres del ensi " habían empezado a ejercer su control sobre las tierras de propietarios privados, invadiendo campos y huertos y apropiándose por la fuerza de los frutos y ganado, aludiendo también a los abusos cometidos por los administradores de los templos cuyos sacerdotes cobraban impuestos excesivos en los servicios religiosos y en los funerales. Antes que él Entenema había proclamado que "había restituido el hijo a la madre y la madre al hijo", condonando los intereses sobre las deudas y restableciendo la libertad en Lagash, Uruk, Larsa y Bad-tibira. Ambos ejemplos ilustran una tendencia que arranca de esta época, el endeudamiento de parte de la población libre a causa de las dificultades económicas -fuerte presión impositiva, marginalización de sus tierras respecto a las explotaciones dirigidas por templos y palacios, perjuicios ocasionados por las guerras, endeudamiento que, además de obligar en muchos casos a vender la tierra familiar para hacer frente a los requerimientos del prestamista, conducía de forma casi irremediable a la servidumbre.

En la otra cara del mismo proceso nos encontramos a gente que, aprovechando su situación privilegiada como administradores de templos y palacios, concedían préstamos a interés y compraban tierra de familias y clanes, constituyéndose de esta forma en un grupo de grandes propietarios al margen de la propiedad y del control de las instituciones públicas y de las comunidades suprafamiliares de hombres libres. El fenómeno parece haber sufrido un incremento en época del imperio acadio. Los reyes acadios, al igual que sus predecesores sumerios, adquirieron buen número de propiedades territoriales que luego entregaban, como recompensa por su fidelidad, a dignatarios y altos funcionarios. Los textos de este periodo mencionan en calidad de propietarios, además de los templos, al rey, su familia, funcionarios de palacio y simples particulares.

Aunque en teoría la clase propietaria estaba constituida únicamente por las personas "libres", en la práctica los administradores hereditarios de los templos y los cortesanos de palacio, ejerciendo la posesión de bienes cuantiosos, disfrutaban de una situación preeminente. Si bien dependientes, en último término, de templos y palacios, su posición no era equivalente a la de los campesinos, jornaleros o artesanos que trabajaban en los campos y talleres de aquellos y que integraban una especie de población servil, situándose por el contrario a la cabeza de la jerarquía social, gozando incluso de mayores prerrogativas que las personas "libres". Así, en lo más alto de la cumbre social se encontraba instalada esta elite o clase social dominante, integrada por los grupos dirigentes con los sacerdotes, dignatarios, y altos funcionarios a su cabeza. Ocupaban una posición de privilegio, gozando de una serie de prerrogativas que incluían exenciones fiscales y un trato de favor que quedaba a menudo reflejado en las leyes.

Las personas libres estaban obligadas, como contrapartida a su posición social, a prestaciones económicas y laborales en beneficio de la comunidad política, encarnada en la persona del monarca y sus funcionarios. Ello significaba el pago de impuestos y dedicar varios días al año para trabajos comunes, tales como faenas agrícolas de carácter estacional en tierras de templos o palacios, construcción, conservación y reparación de las murallas o el mantenimiento y limpieza de los canales de riego, así como la posibilidad de ser movilizados en la milicia ciudadana en caso de conflicto militar. Los dignatarios, funcionarios, sacerdotes y personajes de la corte se hallaban exentos de tales obligaciones, en virtud del trabajo especializado y permanente que realizaban en templos y palacios. Algunas personas que ejercían profesiones y oficios apreciados podían situarse en una posición muy próxima, como sucedía con médicos o músicos, dado el carácter altamente especializado de los oficios que realizaban. En el siguiente peldaño de la jerarquía social, gozando aún de la categoría de hombres libres, se encontraban los modestos artesanos, albañiles, barqueros, pescadores, pastores y los campesinos, gentes humildes cuya situación económica nunca fue buena -expuestos desde el principio a los abusos de los poderosos, si hacemos caso de la temprana proclama de Urukagina- y que se fue degradando, a medida que las condiciones de vida empeoraban como consecuencia de las guerras, carestías, hambrunas, y de la cotidiana presión de los prestamistas y los recaudadores de impuestos, con lo que terminaban muchas veces en la servidumbre o la esclavitud.

Existía también un grupo bastante compacto y numeroso de especialistas, relacionados igualmente con las actividades de gestión y la organización económica, como eran los escribas, comerciantes, y mercaderes. Aunque dependientes de los templos y palacios para su mantenimiento, lo que reducía su movilidad frente a las familias de pequeños campesinos integrados en las comunidades rurales, su posición económica resultaba preponderante y sus intereses se alineaban con los de los sacerdotes, funcionarios y altos dignatarios, situándose junto con aquellos, si bien en una posición subordinada, muy próximos al vértice de la jerarquía social. Luego, con una gran distancia de por medio, estaban los siervos y los esclavos, igualmente dependientes, pero cuya situación económica se hallaba degradada y su reconocimiento jurídico era mucho menor.