Deudas, siervos y dependientes

Con el tiempo y la evolución de las circunstancias históricas, grupos de población libre se fueron empobreciendo, llegando a adquirir el estatuto de siervos o dependientes. Fue, sobre todo, consecuencia de la pérdida del acceso a la propiedad comunitaria o familiar de recursos y bienes, fundamentalmente la tierra, en beneficio de la formación y desarrollo de las elites urbanas en torno a templos y palacios. En otras palabras, los diversos procesos de concentración de la riqueza en aquellas instituciones y sus administradores significaron, a medio plazo, el empobrecimiento de una parte considerable de la población libre campesina y de los pequeños artesanos independientes. Dicho empobrecimiento trajo consigo la aparición de formas de dependencia personal e institucional similares a la servidumbre, y un endeudamiento creciente de aquellas personas que no podían hacer frente a las exigencias de los recaudadores públicos. Los abusos de los poderosos contra los débiles actuaron en la misma dirección.

Durante la e´poca del renacimiento sumerio, y sobre todo, del imperio de Ur, empezó a generalizarse una distinción en el seno de las personas libres, aquellas que eran llamadas con el término sumerio mashda y en acadio mushkenu, una parte de la población cuyos derechos eran inferiores a los de los ciudadanos acomodados, aunque su estatuto jurídico no estaba aún fijado. Parece que todo el periodo conoció una nivelación en la base social, por la que se atenuaban las distinciones jurídicas, como consecuencia del empobrecimiento de hombres libres y del aumento de la esclavitud. No obstante, es preciso diferenciar la esclavitud doméstica, que afectaba esencialmente a ciudadanos empobrecidos que mantenían una posición jurídica degradada, pero que podían casarse con personas libres, poseer propiedades y comparecer ante la justicia, de otro tipo de esclavitud cuyas condiciones eran más duras.

En el periodo siguiente a la caída del imperio de Ur, se produjo en la Mesopotamia centro-meridional un auge extraordinario de la extensión de la propiedad privada, consecuencia, en gran medida, de la desaparición de las anteriores agrupaciones comunitarias de hombres libres. Su ocaso fue motivado por diversos factores. De un lado la posición preeminente de una élite integrada por los administradores de templos y palacios que, tras la crisis del poder central y ante las dificultades económicas de aquellos tiempos, aprovecharon su situación para adquirir tierras pertenecientes a familias y clanes. Estos antiguos dependientes de los palacios y los templos, beneficiarios por tanto de la concesión vitalicia de una tierra a cambio de sus servicios especializados, accedieron a la propiedad de estos bienes cuando los antiguos propietarios, templos y palacios, dejaron de estar en situación de controlarlos debido a las dificultades políticas y económicas de la época.

A ello hay que añadir la asignación de lotes de tierra a nuevas clases de dependientes palatinos, sobre todo militares que eran establecidos como colonos en los territorios conquistados, fenómeno generalizado en la época. Además, se produjo en el seno de las familias cambios en la transmisión de la propiedad, ocasionados por la crisis de la familia patriarcal extensa y el auge de la nuclear, lo que significó un mayor reparto de los patrimonios, bien mediante la herencia, bien a la hora del casamiento de los hijos, junto con una fuerte tendencia a la personalización de la propiedad, como reflejo social de las formas de propiedad personalizada de los administradores y los dependientes de templos y palacios. Junto a todo ello, la presencia del nuevo elemento amorreo actúo como factor catalizador, favoreciendo el cambio en las relaciones sociales, ya que se encontraba menos ligado por tradición y por intereses a la vieja estructura templario-palatina.

La desaparición de la familia extensa, al menos en el ámbito de las ciudades, a causa de la transformación de las formas de propiedad, significó también la crisis de la solidaridad familiar, lo que favoreció al mismo tiempo el desarrollo de la servidumbre por deudas, que resulta uno de los elementos característicos del periodo paleobabilónico, junto con las viudas y los huérfanos, es decir aquellas personas que, desaparecido el varón que las protegía y sustentaba, se encuentran ahora desvalidas, por lo que serán objeto de atención por parte de la ley. El individuo empobrecido ya no contaba, ante los requerimientos del prestamista, con la ayuda de sus parientes, por lo que su única solución estribaba en la entrega en fianza de su mujer, sus hijos o él mismo.

Tal tipo de situación habría de ser posteriormente regulada por Hammurabi, limitando a tres años la duración del periodo de servidumbre por fianza, signo inequívoco de la malas condiciones en que se encontraba gran parte de la población. La proliferación de contratos de arrendamientos de tierra entre particulares muestra como, por un lado se había formado una clase de propietarios con más tierras de las que podían explotar directamente, y por otro una clase de campesinos desprovistos de tierras e impulsados a trabajar las de otros, a cambio de un tercio de la cosecha. Como resultado se produjo un aumento del numero de las personas libres de condición degradada, mushkenu, cuyo estatuto jurídico habría de ser fijado por vez primera por Lipithistar, soberano del reino de Isin, hacia mediados del siglo XIX a. C., y más tarde por el propio Hammurabi de Babilonia. Como antes, los reyes intentaban paliar tal situación mediante la proclamación de edictos de liberación, que cancelaban los intereses acumulados por las deudas, y con una nueva política de repartos y concesiones de tierra, consecuencia y causa al mismo tiempo, aunque no única, de las guerras de conquista. El mismo Hammurabi realizó numerosas distribuciones de tierra para mejorar la suerte de las categorías sociales desfavorecidas, para fijar a las poblaciones nómadas y para retribuir a los soldados, lo que contribuyó a la aparición de un nuevo género de colonos que finalmente se convertirían en propietarios de lo que originariamente no era sino un tenencia (Margueron: 1991, 123).

De ahí procede, precisamente, la posición un tanto ambigua de estos siervos en la sociedad del Próximo Oriente Antiguo, que correspondía a la de personas degradadas cuya identidad social y jurídica, sin embargo, no se había perdido del todo. En su carácter de personas originariamente libres venidas a menos, su situación se hallaba regulada por la ley que les otorgaba el disfrute de unos derechos mínimos. Aunque dependían completamente de otra persona, o de una institución como el templo o el palacio, y podían ser comprados y vendidos como cualquier otro bien, podían casarse, incluso con personas libres y tener hijos, así como poseer sus propios bienes que también podían legar a sus descendientes. Por otra parte, este tipo de servidumbre no constituía un estado jurídico permanente, ya que existían diversas formas de alcanzar la libertad, de recuperar por tanto el estatuto originario, aunque las condiciones socioeconómicas solían incidir en muchas ocasiones en sentido contrario. La manumisión podía alcanzarse de diferentes maneras, mediante adopción o comprando la libertad con dinero. Otro procedimiento consistía en desposarse con una persona libre, en cuyo caso los hijos comunes serían igualmente libres.

En la Mesopotamia septentrional, en el territorio asirio, los procesos de transformación de la propiedad que habían afectado a Babilonia -el país de Summer y Akkad- no se dieron de igual forma. La importancia económica de los templos fue siempre menor y los palacios, debido a las dificultades que presentaba la irrigación, penetraron con menos fuerza sobre el tejido productivo rural. El comercio paleoasirio se había organizado originariamente en torno a los karum -colonias de mercaderes en país extranjero- y aunque bastante reglamentado por el Estado, representado por el rey y los notables de la ciudad de Assur, se fundamentaba en los patrimonios de las grandes familias que adelantaban los fondos necesarios para las transacciones. Fue un comercio que, a diferencia del babilonio, al estar sumido en el seno de la estructura patriarcal de la población, no alteró significativamente sus formas de propiedad, por lo que contribuyó escasamente a la aparición de la propiedad privada.

Más tarde, debido a necesidades administrativas y militares cada vez más acuciantes, y ocasionadas por la centralización política y las guerras incesantes, los monarcas asirios adoptaron la costumbre de pagar a sus servidores con tierras, a cambio de un servicio militar que exigía prestaciones personales y económicas muy acusadas. Como en otras partes, estos dignatarios mezclaban su posición pública y sus negocios particulares. Disponían de grandes dominios, cuyos beneficios representaban sus emolumentos, y agrandaban su fortuna concediendo préstamos, hipotecas, comprando y vendiendo inmuebles, convirtiéndose así en una nobleza hereditaria que trasmitía sus riquezas y sus cargos a sus hijos, y que acaparó la gestión del gobierno de las provincias, del que obtenían enormes beneficios. De esta forma, durante los siglos XV y XIV a.C. se produjo el encumbramiento de una nobleza terrateniente, integrada por una serie de familias que acrecentaban sus propiedades a expensas de sus vecinos, mediante préstamos hipotecarios en forma de cebada o de estaño. Esta aristocracia parece haber nutrido a la administración provincial y local con altos funcionarios que pasaron a heredar sus cargos. Pronto todos estos nobles se convirtieron en una especie de casta cerrada, por medio de matrimonios endogámicos que unían entre si a los miembros de las grandes familias. Estas colocaban a sus hijos en los distintos cargos de la administración, en ocasiones bajo sus órdenes directas, y aumentaban aún más sus recursos mediante la explotación de sus provincias, pues a menudo compartían su actividad por cuenta del palacio con sus negocios particulares.

En Asiria la sociedad se dividía, como en otras partes, en hombres libres, siervos y esclavos. A la aparición de las relaciones esclavistas contribuyeron en gran medida las continuas guerras y la ampliamente difundida servidumbre por deudas, a la que favoreció en gran medida la consolidación de la aristocracia terrateniente. Si bien las leyes establecían la prohibición de convertir en esclavos a los asirios nativos, es poco probable que estas disposiciones, que ablandaban un tanto las duras formas de la explotación esclavista, se llevasen siempre a la práctica. A juzgar por los documentos, los asirios de hecho caían en la esclavitud finalmente si no pagaban a tiempo su deuda. Además de los grandes señores, con frecuencia los comerciantes -tamkarum- actuaban también como prestamistas. Aquellos deudores insolventes que no podían satisfacer su deuda a tiempo tenían que "entrar en la casa del prestamista" o sea, pasar a la situación de siervos por deudas, pagando el préstamo con su trabajo personal, aunque el acreedor no tenía derecho a venderle como vendía a sus esclavos. Los deudores insolventes podían librarse ellos mismos de esta servidumbre entregando al prestamista a sus hijos o parientes como garantía. En ocasiones, los asirios más humildes escapaban del hambre y de la miseria vendiéndose ellos mismos, o entregando a sus hijos como esclavos de una familia acomodada.

Durante el periodo Neoasirio, una de las costataciones más importantes, en relación con la vida agrícola y las clases campesinas, constituye la tendencia, observada a través de los censos, a una significativa disminución de la población rural, en especial del pequeño campesinado, cuya situación no dejó de empeorar durante toda esta época, sometido como estaba al duro servicio militar, a la fuerte presión impositiva y a la competencia económica de los grandes propietarios. Posiblemente las deportaciones querían aliviar en algo esta tendencia, y los reyes asirios recurrieron, al mismo tiempo, al desarrollo del colonato militar. Según esta fórmula, el rey entregaba tierras a colonos militares a cambio de sus servicios en la guerra. Por lo general se establecían en las zonas fronterizas y se encontraban bajo la protección del rey, siendo sus tierras inexpropiables. Al igual que los restantes agricultores, se trataba de gente muy modesta que disponía de unos recursos limitados.

A la división social entre libres, siervos y esclavos hay que añadir ahora una profundización cada vez más importante del abismo que separaba a los ricos de los pobres. Si las gentes humildes -nishe- soportaban una pesada carga de imposiciones fiscales y prestaciones militares y personales, los grandes propietarios disfrutaban frecuentemente de concesiones -ilku - y franquicias que venían a sumarse a sus privilegios, ya que los reyes asirios, al igual que otros monarcas orientales, acostumbraban a repartir, imitando sobre todo el ejemplo babilónico, grandes posesiones de tierra entre los jefes militares destacados, los nobles de palacio y los altos funcionarios, lo que condujo finalmente, como se ha visto, a la consolidación definitiva de la propiedad privada. Además, estas tierras solían estar libres de impuestos y de las demás prestaciones habituales. Tales franquicias se extendieron también a los templos, aunque sin llegar a alcanzar la importancia que tuvieron en Babilonia, y a las ciudades más importantes. La población de estas ciudades, que al igual que los palacios constituían centros de recepción y transformación de las mercancías, así como de distribución de los productos manufacturados, constituía sin duda uno de los sectores sociales más favorecidos, junto a la nobleza propietaria rural que acaparaba las dignidades del Estado.

De hecho, parte del desarrollo de la esclavitud durante esta época hay que atribuirla a la insolvencia de gran número de prestatarios y a la usura de los prestamistas, que imponían con frecuencia intereses desorbitados. Como consecuencia, muchas familias humildes se arruinaban y recurrían a la venta de sus hijos. Estos esclavos nativos integraban una servidumbre doméstica, poseían, una personalidad jurídica y estaban así mismo obligados al servicio militar.