Bibliografía (Introducción)

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- COTTRELL, L. (1987) Mesopotamia, la tierra de los dos ríos, México (J. Mortiz).

- COTTEREL, A. (ed) (1984) Historia de las civilizaciones antiguas, Vol. 1: Egipto y Próximo Oriente, Barcelona (Crítica).

- DRIVER, G.R. y MILES, J.C. (1935) The Assiryan Laws, Oxford (Clarendon Press)

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- GARIBAY, A.M. (1976) Voces del Oriente, México (Porrúa)

- HOGARTH, D.G. (1981) El Antiguo Oriente, México (F.C.E.)

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- LAMBERT, W.G. (1960) Babylonian wisdom literature, Oxford (Oxford. univ. press)

- LARA PEINDO, F. (1980) Poema de Gilgamesh, Madrid (Edit. Nacional)

- (1986) Código de Hammurabi, Madrid (Tecnos)

- LARA PEINADO, F y LARA GONZALEZ, F. (1994) Los primeros Códigos de la humanidad, Madrid (Tecnos)

- PRITCHRAD J. B. (ed) (1950) Ancient Near Eastern Text Relating to the Old Testament, Princeton (University Press)

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- ROAF, M. (1991) Atlas de la Mesopotamie et du Proche-Orient Ancien, (Brepols)

- SOLLBEGER, E y KUPPER, J-R. (1971) Inscriptions royales sumeriennes et akkadiennes, Paris (Editions du Cerf).

Fuentes, cronología y periodización

Antes del desarrollo, desde el pasado siglo, de las investigaciones arqueológicas en el Próximo Oriente, que fue una consecuencia de la política colonial de las naciones europeas en aquellos paises, todo lo que se sabía de los asirios, los babilonios, los hititas o los fenicios, descansaba únicamente en lo que sobre ellos se podía leer en los distintos libros del Antiguo Testamento. A medida que los arqueólogos fueron recuperando los vestigios de aquellas antiguas civilizaciones y poniendo en marcha métodos para hacer más eficaces sus investigaciones, una cantidad cada vez mayor de documentos ha ido engrosando nuestros conocimientos. Hallazgos no muy lejanos de nuestros días como el de la ciudad de Ebla en Siria, nos confirman que apenas hemos recorrido un pequeño trecho del camino, y que queda aún mucha información por descubrir y estudiar.

Los documentos: su estudio y limitaciones.
Básicamente los documentos de que disponemos para reconstruir la historia y el modo de vida de todas aquellas gentes que habitaron el Próximo Oriente durante la Antigüedad, se clasifican en textos, que pueden ser de muy diversa índole (crónicas, inscripciones, literatura religiosa y sapiencial, códigos, etc.), traducidos de sus respectivas lenguas por los filólogos, y restos materiales (diversas clases de artefactos, utensilios, construcciones, etc.) que estudian los arqueólogos. Ambos proporcionan la información de que disponemos para reconstruir la historia del Próximo Oriente Antiguo, y por tanto constituyen las fuentes de nuestro conocimiento. Dicha información es, en conjunto, muy abundante pero se encuentra muy irregularmente distribuida, tanto en el espacio y en el tiempo como en lo que concierne a los diversos tipos de actividades realizadas por las gentes de aquellas civilizaciones, de las que pretendemos llegar a adquirir un conocimiento histórico lo más completo posible.

Aunque el paulatino y trabajoso desciframiento de las lenguas (sumeria, acadia, hitita, persa...) ha ido poniendo a disposición de los especialistas una gran cantidad de información que procede, casi siempre, de los yacimientos excavados por los arqueólogos, no debemos olvidar que son los palacios y los templos los que proporcionan el grueso de la documentación escrita, testimonio significativo al mismo tiempo del tipo de organización social imperante. La ausencia de una literatura que no provenga de forma exclusiva de los círculos socioculturales dominantes nos limita a la perspectiva propia de aquellos, y por consiguiente cuando empleamos los códigos y ordenamientos jurídicos, como principal forma de abordar el conocimiento de una realidad social que de otra manera se nos escapa, aún así, y pese a su extraordinaria importancia, percibimos sobre todo en tales documentos el punto de vista del legislador sin llegar a alcanzar plenamente la perspectiva de los legislados.

Si bien los materiales sobre los que se escribieron los documentos (tablillas de arcilla cocida, piedra, bronce) han facilitado enormemente su conservación hasta nuestros días y debemos al afán recopilador de algunos reyes de aquellos tiempos el haber podido encontrar grandes cantidades de ellos, como ocurre por ejemplo con la gran biblioteca del palacio de Assurbanipal, la información que nos proporcionan dista muchas veces de ser todo lo amplia y completa que nos gustaría. Al carácter parcial de los textos escritos, que emanan exclusivamente de los grupos socioculturales dominantes, ya que la mayoría de la población permanecía iletrada, se añaden los imponderables propios de la documentación de tipo arqueológico que, si por una parte reporta la ventaja de proporcionar en muchos casos datos fiables e indiscutibles dado su carácter empírico, adolece por otra de la casuística propia del estado de conservación de los yacimientos, algo que escapa a la responsabilidad y capacitación de los investigadores, así como de los problemas típicos derivados de la investigación de campo. Además, los restos de cultura material que se han conservado y han sido hallados por los arqueólogos, no lo han sido por una razón meramente aleatoria. Su grado de preservación ha dependido también, de alguna forma, de la calidad de sus soportes físicos, los materiales en que están realizados, que es mayor, por lo general, cuanto más elevado es el rango social de quienes los detentaron.

La cronología y sus problemas. La periodización.
Ni la investigación arqueológica, ni las otras disciplinas que se ocupan del estudio del Próximo Oriente Antiguo (Asiriología, Hititología, estudios bíblicos...) han podido resolver totalmente los problemas que plantea la cronología, por lo que ante la imposibilidad de obtener dataciones firmes, la periodización y las sincronías se presentan como útiles instrumentos para hacernos una imagen suficientemente fidedigna del transcurso de su evolución histórica. Los arqueólogos, por su parte, se han esforzado en reunir distintos conjuntos de caracteres y elementos culturales (utensilios, construcciones, obras de arte, etc.) y ordenarlos dentro de una secuencia lógica de más antiguo a más reciente, según la posición que ocupaban en los estratos de los yacimientos en que aparecieron y de acuerdo con criterios tales como las formas, dimensiones y estilos.

Se dispone con ello de una periodización arqueológica que nos informa que tal conjunto de rasgos culturales observado en tal o cual sitio es anterior o posterior a tal otro, pudiéndose establecer de esta forma periodos de duración aproximada. Con todo, la mayor parte de las dataciones así obtenidas son relativas, por lo que han de emplearse otros criterios y métodos para poder obtener datos cronológicos más seguros. Dado que algunas inscripciones, sobre todo las de los reyes, proporcionan fechas más concretas que podemos establecer por contraste con acontecimientos históricos mejor datados o con sucesos astronómicos bien conocidos, y que en otras ocasiones se pude recurrir a métodos de datación mediante análisis fisico-químico (carbono 14, potasio-argón, termoluminiscencia...), así como a la dendrocronología, se pueden llegar a obtener con su ayuda fechas más seguras que permiten presentar una serie sucesiva de periodos caracterizados cada uno de ellos por una cronología relativa:

Edad del Bronce 3000 al 1100 a. C.
Bronce Antiguo 3000 al 2000 a. C.
Bronce Medio 2000 al 16500 a. C.
Bronce Reciente 1650 al 1150 a. C.
Edad del Hierro 1100 al 330 a. C.
Hierro Antiguo 1150 al 850 a .C.
Hierro Medio 850 al 500 a. C.
Hierro Reciente 500 al 330 a. C.

Cada uno de tales periodos se divide, a su vez, en una serie de fases correlativas observadas en los estratos sucesivos de diversos yacimientos. Así se puede decir que el Bronce Antiguo queda dividido en B.A. I, II y III, correspondiendo cada una de tales fases arqueológicas a periodos históricos de mayor o menor extensión, como el Dinástico antiguo, el Imperio acadio, la dominación de los guteos y el Imperio de la Tercera Dinastía de Ur. Como se observará, el principal defecto de este tipo de periodización arqueológica es que no hace referencia alguna a los acontecimientos históricos ni a las características más importantes de cada periodo, sino que se limita a establecer una secuencia ordenada de "horizontes" culturales; aplicada además sin las matizaciones y correcciones necesarias a regiones muy extensas, como el Próximo Oriente Antiguo, induce a la aparición de desfases y desajustes entre distintas zonas cuyo desarrollo cultural no ha sido sincrónico, por lo que su empleo exclusivo no resulta de utilidad para el historiador.

Este, por el contrario, prefiere utilizar periodizaciones basadas en la cronología histórica, que es la que se obtiene principalmente de la fechas que proporcionan las inscripciones y otros documentos por el estilo, contrastadas con los datos cronológicos que se pueden obtener de la lectura de los textos y su relación, siempre que ello sea posible, con otros acontecimientos históricos o astronómicos conocidos. El historiador utiliza, de esta forma, los sincronismos con acontecimientos astronómicos conocidos, cuya fecha se puede precisar con exactitud, así como con otras culturas y civilizaciones, como la griega, para construir una cronología absoluta, que relaciona los hechos con nuestro cómputo del tiempo, es decir, con nuestro calendario.

Carecemos de datos de la historia de Asiria desde comienzos del s. XVIII hasta finales del XV. En Babilonia, el hueco se sitúa entre comienzos del s. XVI y mediados del s. XIV, aun aprovechando los sincronismos con Asiria. Tampoco tenemos datos fiables de las épocas anteriores al s. XXIV. Todo ello constituye lo que en historia mesopotámica se llaman «edades oscuras». Así que no puede fijarse con exactitud ninguna fecha anterior al s. XV, que es cuando comienzan los datos conservados de las listas reales asirias. La historiografía mesopotámica tiene que conformarse con una cronología absoluta algo imprecisa, con fechas casi siempre aproximadas.

En general puede decirse que todas las fechas anteriores al 1500 admiten variaciones de unos 64 años por abajo o de 56 por arriba, según su relación con ciertas posiciones del planeta Venus que se repiten cada 56 o cada 64 años; se habla, entonces, de cronología «larga» (n años + 56) o «corta» (n años 64) respecto a una supuesta cronología «media» (n), sobre todo en lo que respecta a la Primera Dinastía de Babilonia. Así, la fecha del primer año del rey Hammurabi, el más conspicuo representante de la dinastía mencionada, puede ofrecer tres variantes:

Cronología media: -1792.

Cronología corta: -1728 (- 64).

Cronología larga: -1848 (+ 56).

Las fechas entre -1500 y ca. -950 podrían oscilar en casos excepcionales un máximo de 20 años. A partir de mediados del s. X no son previsibles errores de más de un año o dos, gracias al eclipse del 15 de junio de 763, ocurrido durante el año epónimo de un tal Bursagale, lo que permite ascender por la lista asiria de epónimos hasta el 931.

CRONOLOGIA DEL PROXIMO ORIENTE ANTIGUO

10.000-7.500 Transición al Neolítico
7.500-6.000 Neolítico inicial
6.000-4.500 Neolítico pleno
5.000-4.500 Eridu (El Obeid I y II)
4.500-3.500 El Obeid (III y IV)
3.500-3.200 Uruk antiguo
3.200-3.000 Uruk reciente
3.000-2.850 Yemdet Nars

SUMER
2.850-.2700 Periodo de los héroes de las leyendas sumerias
2.700 Mebaragesi, rey de Kish
2.550 Mesalim, rey de Kish
2.430 Eannatum, rey de Lagash, Messannepada, rey de Ur
2.420 Enshakushanna, rey de Uruk
2.400 Reformas de Entenma
2.350 Reformas de Uruinimgina
2.350-2.325 Lugalzaguesi, Rey de Sumer y Akkad

AKKAD
2.235-2.279 Sargón rey de Akkad
2.278-2.270 Rimush
2.269-2.255 Manishtusu
2.254-2.218 Naram-Sin
2.217-2.193 Shar-kali-Sharri

2.192-2.143 Dominio qutu

RENACIMIENTO SUMERIO
2.144-2124 Gudea, de Lagash
2.120 Derrota y expulsión de los qutu
2.120-2.112 Utu-hengal, rey de Uruk


UR III
2.112-2.095 Ur-Nammu, de Ur
2.094-2.097 Shulgi
2.046-2.038 Amar-Sin
2.037-2.029 Shu-Sin
2.028-2.004 Ibbi-Sin
2.025 Pérdida de Susa
2.017 Invasión de los martu
2.004 Caída y destrucción de Ur

ISIN/LARSA
2.025 Fundación de la dinastía de Larsa
2.017 Fundación de la dinastía de Isín
1.953 Comienzo del reinado de Ishme-Dagán en Isín
1.934 Comienzo del reinado de Lipit-Ishtar en Isín
1.932 Comienzos de la expansión de Larsa con Gungunum
1.925 Derrota de Lipi-Ishtar por Gungunum

PERIODO PALEOBABILONICO
1.894 Fundación de la dinastía de Babilonia
1.835 Incursión elemita contra Larsa
1.813 Subida al trono de Shamshi-Adad I en Asiria
1.812 Comienzo del reinado de Sin-mubalit en Babilonia
1.792 Comienzos del reinado de Hammurabi de Babilonia
1.786 Hammurabi conquista Uruk e Isín
1.764 Victoria de Hammurabi sobre Eshnunna, Malgium, Elam, y Subartu
1.763 Hammurabi conquista Larsa
1.762 Victoria de Hammurabi sobre Eshnunna, Subartu y Gutium
1.759 Hammurabi conquista y destruye Mari
1.756 Conquista de Eshnunna
1.737 Primer ataque kasita en el reinado de Samsu-Iluna
1.730 Final de la insurreción de Larsa, Uruk, Ur y Eshnunna
1.725? Insurrección e independencia del País del Mar
1.700 Conquista kasita de Hana

HITITAS Y HURRITAS
1.650 Comienzos del reinado de Hatusil I
1.595 Conquista y saqueo de Babilonia por Mursil I
1.560 Formación de Mitanni
1.530 Comienzos de la expansión de Mitanni con Parattarna
Guerras egipcio-mitannias
1.450 Subida al trono de Hatti de Tudhaliyas I
Ofensiva hitita en el Tauro y N. de Siria
Paz entre Mitanni y Egipto

BABILONIA Y ASIRIA
1.571 Augum II rey de Karduniash (Babilonia)
1.530 Tratado fronterizo entre Burbaburiash I y Puzur Asur III
1.460 Ofensiva BAbilónica contra el País del Mar y reconquista de Sumer
1.400 Kurigalzu I rey de Karduniash
1.359 Subida al trono de Burnaburiahs II en Karduniash
1.332 Intervención de Assur-ubalit en el conflicto dinástico
de Karduniash
1,363 Comienzo del reinado de Assur-uballit I
1.305 Comienzo del reinado de Adad-Ninari I
1.273 Comienzo del reinado de Salmanasar I
1.235 Conquista de Babilonia por Tukulti-Ninurta I
1.218 Restauración kasita en Babilonia
1.157 Conquista elemita de Babilonia
1.154 Instauración de la II Dinastía de Isín
1.134 Campaña elemita de Nabucodonosor I
1.114 Comienzo del reinado de Tiglat Pilaser I en ASiria

EL IMPERIO HITITA
1.370 Comienzos del reinado de Subiluliuma
1.360 2ª campaña siria de Subiluliuma
1.354 Campaña de Amenofis IV
1..310 Comienzos del reinado de Mursil II
1.340 Comienzos del reinado de Muwatal
1.300 Batalla de Qadesh
1.280 Comienzos del reinado de Hatusil III
1.235 Conquista hitita de Chipre

PUEBLOS DEL MAR
1.230 El faraón Mineptah derrota a los libios y “Pueblos del Mar”
1.200 Invasión de los “Pueblos del Mar”: destrucciones en Anatolia, Siria, Chipre y Palestina
1.190 Batalla de Ramsés III contra los “Pueblos del Mar”

ISRAEL Y FENICIA
1.030 Saúl es ungido rey de Israel
1.010 Muerte de Saúl luchando contra los filisteos
1.098 Comienzos del reinado de David
970 Comienzos del reinado de Salomón
887 Comienzos del reinado de Ithobaal II en Tiro
814 Fundación de Cartago

IMPERIO (NEO)ASIRIO
911 Comienzos del reinado de Adad-Ninari II
875 Assur-narsipal II obtiene tributo de las ciudades fenicias
855 Conquista de Bit Adini por Salmanasar III
853 Batalla de Qarqar
851 Intervención de Salmanasar III en Babilonia
744 Comienzos del reinado de Tiglat Pilaser III
728 Tiglat Pilaser III sube al trono de Babilonia
710 Conquista de Babilonia por Sargon II
701 Asedio de Jerusalén
689 Destrucción de Babilonia
679 Incursiones de los escitas y cimerios
676 Destrucción de Sidón
671 Conquista de Egipto

MEDOS Y PERSAS/IMPERIO (NEO)BABILONICO
670 Unificación de las tribus medas
652 Secesión de Babilonia del imperio ASirio
648 Ciro I tributario de Asiria
647 Conquista y destrucción de Elam
626 Nabopolasar conquista Babilonia
614 Conquista de Assur por los medos
612 Destrucción de Nínive
610 Toma de Harran
604 Comienzo del reinado de Nabucodonosor II
597 1ª conquista de Jerusalén por Babilonia
596 Saqueo de Susa por Babilonia
587 2ª conquista de Jerusalén. Deportación y exilio
585 Paz entre el reino lidio y el reino medo
573 Capitulación de Tiro
555 Comienzo del reinado de Nabónido en Babilonia
550 Victoria de Ciro II sobre Astiages
547 Conquista persa de Lidia

IMPERIO PERSA
539 Ciro II conquista Babilonia
525 Conquista persa de Egipto
522 Dario derrota a Gaumata
Levantamientos en Babilonia y Egipto
520-486 Dario I: reorganización del Imperio y sublevación de Jonia
486-425 Jerjes: guerras contra los griegos
464-425 Artajerjes: insurrección de Egipto
424-404 Dario II: nueva insurrección de Egipto
Guerra civil/disturbios dinásticos
401-358 Artajerjes II: revuelta de las satrapías occidentales
358-338 Artajerjes III: fín de la revuelta y reconquista de Egipto
337-334 Dario III
334 Conquistas de Alejandro Magno

La población y la evolución demográfica

El control de la población y la regulación demográfica.
En Mesopotamia el templo actuaba en el plano práctico como una importante unidad de producción y distribución, pero también como una agencia de regulación y control. Esto parece haber sido especialmente importante, al menos en algunos períodos, en relación a los problemas demográficos. El Poema de Atrahasis contiene una versión del Diluvio, tras el cual la humanidad vuelve a crecer y los dioses, molestos, deciden enviar por boca de Ea toda una serie de plagas -entre las que figuran el celibato, la esterilidad y los demonios que atacaban a las embarazadas y parturientas- para atajar la superpoblación. A través del censo, fortalecido por la costumbre de ofrecer un sacrificio por cada hijo nacido, y de los rituales fúnebres, el templo disponía de información pertinente de lo que hoy llamaríamos evolución de la población (natalidad/mortalidad). Esta información parece haber sido utilizada con el fin de influir en los comportamientos demográficos, al menos de dos maneras, mediante la justificación de costumbres, usos y creencias o supersticiones que permitían prácticas antinatalistas, y por medio del infanticidio encubierto. Este último podía realizarse, habida cuenta de que el nacimiento era un hecho mucho más social que biológico que se producía algunos días después del alumbramiento, invocando la participación de demonios específicos, como Pashittu o mediante un sacrificio, como en el caso del molk. Se trataba entonces de un infanticidio ritualizado, que no ha logrado ser bien comprendido por los estudiosos que lo han confundido con un sacrificio humano, lo que ha producido una corriente de notable escepticismo al respecto.

Por lo general la literatura del Próximo Oriente Antiguo identifica las "épocas felices" con momentos de gran fertilidad de las mujeres y numerosos alumbramientos, en tanto que la esterilidad tenía connotaciones sociales muy negativas. Efectivamente, como en otras partes, la familia patriarcal necesitaba de los hijos para consolidarse y perpetuarse, y la política oficial de los estados e imperios en expansión era la de aumentar su potencial demográfico, aun a expensas del bienestar de la mayoría de la gente. Pero, también como en otras partes, una cosa era la propaganda y actitud de los poderes públicos, que representaba sin duda los intereses de los grupos sociales dominantes, y otra la realidad de cada día, que se encontraba marcada por un cúmulo de circunstancias, muchas veces adversas.

Mortalidad infantil, infanticidio y celibato.
Pese a que las ideas tradicionales equiparaban la felicidad con la imagen del patriarca rodeado de una numerosa descendencia, no todos los periodos fueron igualmente propicios para que las familias criaran muchos hijos, a lo que hay que añadir las diferencias entre las formas de vida nómada y urbana, así como los contrastes socioeconómicos. Sin duda la situación de los pobres, como siempre, era a este respecto mucho más precaria, y ocasión habrá de exponer más adelante cómo en algunos momentos llegó a generalizarse entre las familias más humildes el procedimiento de la venta de hijos como esclavos. En consecuencia, era relativamente frecuente que las familias campesinas desafiaran la política natalista que las clases dominantes trataban de imponerles e, impulsadas por la necesidad más acuciante, realizaran una serie de prácticas destinadas a impedir tener muchos hijos.

Algunos textos mesopotámicos, como el poema de Atrahasis, recogen el peligro que suponía la superpoblación y las soluciones proporcionadas por los dioses y destinadas a evitarla en un contexto que muy bien podría corresponder a los comienzos del periodo dinástico arcaico. Tales soluciones eran esterilidad, mortalidad infantil, infanticidio y celibato. La costumbre de abandonar a los recién nacidos no debió de ser infrecuente en épocas posteriores, como sugieren algunos documentos paleobabilónicos. En Asiria el abandono de niños llegó a ser una práctica corriente.

En otros ambientes, como entre los hebreos y fenicios, el infanticidio parece haber adquirido unas connotaciones rituales que lo convirtieron en sacrificio de niños a las divinidades del fuego o de la fertilidad, allí donde la máxima expresión de la potestad del padre sobre los hijos, su derecho sobre la vida o la muerte, fue regulado por los poderes públicos y extraído de esta forma del ámbito exclusivamente doméstico. Así los hebreos acostumbraban a "pasar a sus hijos e hijas" por el fuego en un rito que parece afín al sacrificio molk que realizaban sus vecinos fenicios. Tal práctica, por lo demás, parece haber coincidido con momentos de especial presión demográfica en Israel y las ciudades de Fenicia. Con todo, la presión demográfica debe ser explicada desde las consideraciones sociales y el reparto desigual de la riqueza, pues no afectaba de la misma forma a los distintos grupos sociales.

La capacidad de sustentación no era entonces, ni lo es en ninguna otra época y circunstancia, el resultado de una relación mecánica entre la población y los recursos, sino que está condicionada por factores económicos y sociales, como las diferencias de nivel de vida y las formas de propiedad. Tales factores inciden en la alimentación y en las expectativas de poder sustentar un número mayor o menor de hijos de acuerdo con las diferencias sociales. Semejantes contrastes se manifestaban en el propio acto del nacimiento. Mientras que las mujeres de familias acomodadas, aquellas que pertenecían a la clase propietaria, contaban con el auxilio de médicos y comadronas, las esclavas y las pobres habrían de hacer frente a lo que quisiera depararles el destino.

En un contexto muy distinto al de las gentes humildes, las familias poderosas no veían con buenos ojos como su riqueza podía dispersarse con las dotes que sus hijas llevaban al matrimonio, motivo por el que muchas de ellas ingresaban como sacerdotisas en los templos. Probablemente tal fue el origen de las naditu. La institución de las naditu tenía la función económica de hacer que una joven permaneciera soltera hasta su muerte, momento en que su parte de la propiedad familiar revertía en su misma familia. Ciertamente una naditum podía casarse, pero no le estaba permitido tener hijos, con lo que la dote no pasaba a la familia del marido. Aunque la ley les reconocía la capacidad de heredar y de dar su herencia a quienes ellas quisieran, constituía una potestad del padre decidir al respecto.

En el Código de Hammurabi podemos leer lo siguiente: "Si una mujer entum, una mujer naditum, o una mujer zikrum, a la que su padre le entregó una dote y la escribió en una tablilla, si sobre la tablilla que escribió no estipuló que ella podría dar su herencia a quién le pareciera bien y no le dio por ello plena satisfacción, después que el padre haya muerto, sus hermanos tomarán su campo y su huerto a cambio de entregarle cereales, aceite y vestidos proporcionalmente al valor de su parte, cuidando así de su holgura. Si sus hermanos no le han entregado cereales, aceite y vestidos proporcionalmente al valor de su parte y no han cuidado de su holgura, ella puede entregar su campo y su huerto al arrendatario que le plazca y su arrendatario la mantendrá. Del campo, del huerto y de todo lo que su padre le haya asignado por escrito conservará el usufructo mientras viva; no podrá venderlos, tampoco podrá tomar a otro como heredero; su herencia revertirá exclusivamente a sus hermanos" (CH, 178 ). Las entu y las zikru constituían así mismo otro tipo de sacerdotisas, de alto y bajo rango respectivamente, a las que se aplicaban estas mismas normas. De esta forma el infanticidio preferencial femenino en el seno de las familias de la elite, práctica bien documentada en otros lugares, fue sustituido en gran medida en Mesopotamia por el celibato de muchas mujeres de clase alta.

La mortalidad infantil era en general muy elevada, argumento empleado por quienes niegan la existencia de prácticas infanticidas y antinatalistas. Olvidan decir, no obstante, que la natalidad, influida por unas tasas de fertilidad muy altas en las que intervenían la temprana edad en que la mujer accedía al matrimonio así como inexistencia de anticonceptivos eficaces, era por consiguiente muy elevada. El número de alumbramientos compensaba con creces los efectos de la mortalidad infantil. Además existe la sospecha de que cierta parte de las muertes atribuibles a causas “naturales” encubrían, en realidad, comportamientos antinatalistas. La misma existencia de leyes que castigaban severamente a la mujer que aborta, sin el consentimiento de su marido, es un síntoma de que tal práctica no resultaba infrecuente y de que, en ocasiones, las tensiones reproductivas llegaban a rebasar incluso la autoridad patriarcal.

Hay que tener en cuenta, por otra parte, que se trataba de una sensibilidad muy distinta a la nuestra hacia los recién nacidos, propia de una mentalidad diferente. Un ejemplo se percibe en que el aborto provocado no se considerase un delito contra la vida, salvo si la mujer embarazada sufría daño físico, sino contra la autoridad patriarcal. También en la diferencia que existía entre el alumbramiento y el momento en que se reconocía al niño como tal, teniéndosele en cuenta por primera vez, lo que ocurría cuando se le impone el nombre, pues se consideraba que todo aquello que carecía de nombre sencillamente no existía. Era algo común en todo el Próximo Oriente Antiguo. El nacimiento no era por tanto un hecho biológico, sino un acto social. Así entre los hebreo, por poner un caso, los hijos no eran presentados en el templo hasta un mes después de su alumbramiento, si se trataba de un primogénito (Números 18, 16), tras la circuncisión celebrada a los ocho días (Levítico, 12, 3). Los restantes hijos varones debían esperar un periodo de treinta y tres días, en el que la madre permanecía impura, y las el doble. Costumbres similares se daban en otros sitios. En este periodo el recién nacido carecía de existencia como tal y su supervivencia quedaba enteramente a disposición de la voluntad de sus progenitores, generalmente del padre.

Era entonces cuando más fácil resultaba que fuera víctima de alguna forma de infanticidio, en caso de obedecer a un alumbramiento no deseado. La creencia en demonios o seres maléficos explicaba a menudo las misteriosas muertes de niños. Entre los asirios y babilonios se creía en la figura de algunos demonios que atacaban a la mujer o al feto durante el estado de preñez avanzada o en el momento del parto. El más temido era Lamashtu, quien atacaba al niño durante el periodo de impureza de la madre, en el que para la progenie de sexo femenino se establecía igualmente un espacio de tiempo más dilatado. La acción de Lamashtu encubría, tanto la posibilidad de una enfermedad por la que el niño rechazaba el alimento ofrecido por la madre, como el estrangulamiento o la asfixia de la criatura.

Tras reconocimiento inicial, los niños, y sobre todo las niñas, no estaban tampoco del todo libres de ser objeto de otras prácticas, a menudo encubiertas, pero no menos peligrosas para su supervivencia. Que las niñas eran las más amenazadas se desprende de la propia ideología de la familia patriarcal. Las sociedades patriarcales veían en la figura del primogénito varón la proyección de la familia, y en la figura de las hembras nacidas un elemento disgregador del patrimonio familiar, y en consecuencia de su fuente de alimentación. Todo ello quedaba reflejado en los templos sumerios en un sistema de distribución, según el cual las raciones se repartían teniendo en cuenta el sexo, la edad, la posición social y el tipo de trabajo, siendo el cabeza de familia el más beneficiado en sus raciones, manteniendo a las mujeres sometidas a dietas menos nutritivas que las reservadas a los hombres y los muchachos, por lo que tenían una esperanza media de vida inferior a la de aquellos. Los límites imprecisos entre salud y enfermedad en los que más incidían las causas “sobrenaturales”, acrecentaban así mismo los riegos después del momento del reconocimiento inicial del niño. Los cuidados diferenciales y la discriminación alimenticia podían contribuir también de forma muy efectiva, sobre todo en las niñas, para aumentar tales peligros.

La evolución demográfica.
Si bien la falta de datos no permite una aproximación rigurosa a la evolución demográfica en el Próximo Oriente Antiguo, si es posible en cambio establecer una serie de premisas básicas que nos ayudarán a caracterizar globalmente la situación, tanto desde una perspectiva sincrónica como en diacronía. En general, se advierten dos líneas distintas de evolución demográfica, una de desarrollo lento, propia de los ambientes rurales y las comunidades agrícolas, y la otra, de desarrolló rápido, característica de los centros urbanos. La primera resulta por lo común más estable, mientras que la segunda suele ser afectada por crisis estructurales o de crecimiento que parecen darse con una periodicidad de aspecto un tanto cíclico.

Los factores que condicionaban la evolución demográfica eran por lo demás de muy diversa índole, y entre los mismos destacaban por su importancia la propia capacidad de sustentación del medio, que estaba a su vez en relación con el grado de eficacia tecnológica, los modos sociales de organización productiva, y el nivel de deterioro medioambiental (deforestación, salinización), así como la corta duración media de la vida, que se cifraba en unos 30/35 años, las guerras y las migraciones. Todo ello no debe hacernos albergar la imagen de un Próximo Oriente infrapoblado, aunque si es cierto que la población se concentraba de forma preferente en las zonas urbanas, permaneciendo amplios espacios ocupados por una densidad de población muy baja, sobre todo en las zonas semiáridas recorridas por los pastores nómadas y en las montañas, sino que por el contrario hubo momentos en que la presión demográfica llegó a actuar como un factor de considerable incidencia que necesitaba ser regulada de alguna forma, como se aprecia en algunos mitos mesopotámicos en los que la elite sacerdotal pone en boca de los dioses las consecuencias desastrosas de una superpoblación y las medidas necesarias para evitarlas.

También hubo, por supuesto, coyunturas históricas en que la despoblación se presentaba como el factor dominante. El final de la Edad del Bronce fue uno de esos períodos, caracterizado por la caída del crecimiento demográfico y la despoblación. Las crisis económicas y políticas, las hambrunas, epidemias y guerras incesantes constituyeron casi siempre el telón de fondo. Demografía y ecología (capacidad de sustentación del medioambiente) nunca se ajustan mecánicamente, sino a través de las realidades socio-culturales elaboradas por los seres humanos. La explotación, el acceso desigual a los recursos y a las oportunidades básicas de subsistencia, la pobreza y la servidumbre constituyen otros tantos elementos que han de ser tenidos en cuenta.

Pueblos, lenguas y formas de vida

Dos son las características que podrían definir en su conjunto a la población del Próximo Oriente Antiguo: variedad y discontinuidad espacial. La primera viene dada por factores lingüísticos y culturales, más que étnicos, mientras que la segunda es resultado, sobre todo, de las distintas formas de integración en el medioambiente y de los condicionantes fijados por éste. Así, se observa en general una concentración de la población en las zonas agrícolas, que fueron las de posterior desarrollo urbano, mientras que era mucho menos densa en las estepas semiáridas y las zonas montañosas. A la población originaria, cuyo caracterización a menudo no resulta fácil establecer, se sumaron en el curso de los siglos siguientes gentes llegadas de fuera, y cuya procedencia exacta no siempre estamos en condiciones de dilucidar, aunque éste tampoco es siempre el aspecto más interesante del problema. El encuentro entre unos y otros daría lugar a procesos complejos de interacción política, demográfica y cultural que constituyeron una de las características más destacadas de toda la historia del Próximo Oriente Antiguo.

Pueblos y lenguas.
Mejor que cualquier otro, la lengua constituye un factor diferenciador que nos permite apreciar la diversidad del poblamiento. Comenzando por los pobladores originarios, los semitas constituían un porcentaje notable de la población total. Aunque se ha discutido mucho acerca de su procedencia no parece que ésta sea la cuestión principal. De hecho no tenían por qué haber venido de ninguna parte de las que han sido propuestas como su cuna (Africa sahariana, Arabia, sur de Mesopotamia), para expandirse luego por amplias regiones del Próximo Oriente, sino que es sumamente posible que siempre hubieran estado allí. Los semitas hablaban lenguas estrechamente emparentadas por un substrato, divididas en dos troncos principales: el semítico oriental o acadio y el semítico occidental que constituye un grupo mucho más diversificado, con el ugarítico, el cananeo que a su vez aloja las variantes dialectales del fenicio, hebreo y moabita, y el arameo. Además, pertenecen también al tronco común del semítico occidental el árabe, en sus dos variantes septentrional y meridional, y el etiópico. El acadio, por su parte, contó con una larga y fructífera historia, se hablaba en gran parte de Mesopotamia y experimentó desde el segundo milenio una diversificación en dialectos, surgiendo de esta forma el babilonio, que se hablaba en la zona meridional, y el asirio en el norte.

Otro pueblo al que se le ha buscado durante mucho tiempo un origen fuera de la zona que ocupó en tiempos históricos es el de los hurritas, gentes que hablaban una lengua aglutinante emparentadas con las del Cáucaso, y a quienes se ha hecho venir por ello de aquella región, y a los que se considera en otras ocasiones parientes de los indoeuropeos. Aunque ciertamente utilizaban algunas palabras de este origen, hoy sabemos sin embargo que desde muy antiguo ocuparon el territorio comprendido por la llanura de Armenia y el arco que forman los contrafuertes del Tauro y el piedemonte de los Zagros septentrionales, con una fuerte penetración en Siria del norte y la alta Mesopotamia. Pueblo autóctono, por tanto, los hurritas sufrirían, como otras tantas poblaciones próximo orientales durante la Antigüedad, posteriores mezclas étnicas y lingüísticas que han servido a menudo para confundirnos a cerca de su procedencia. En Anatolia la población preindoeuropea, que denominaremos hatti, nombre autóctono de la región comprendida por el arco que forma el río Kizilimark (Halys) cuando llegaron los hititas, resulta aún muy mal conocida. De acuerdo con los datos arqueológicos parece ser originaria de la vertiente meridional del país (Cilicia, Konya), en la que se documentan los asentamientos del periodo neolítico, y luego iría poblando progresivamente el resto del territorio. Peor conocidas son todavía las poblaciones montañesas de los Zagros, qutu, lulubitas, etc, de quienes tenemos noticia únicamente por el testimonio de los habitantes de la llanura mesopotámica que se refirieron a ellos de forma despectiva, circunstancial o anecdótica.

Los pobladores más antiguos del Irán nos resultan también prácticamente desconocidos, a excepción de los que habitaban en el S.O. del país, en la región conocida como Elam, en estrecho contacto con Mesopotamia. En general el territorio iraní estaba escasamente poblado antes de la llegada a él de los medos y los persas, salvo pequeños grupos de agricultores asentados en torno a algunos oasis u otros de componente nómada, pertenecientes a la familia lingüística caucásica nororiental . Al suroeste del lago Urmia habitaban los maneos, de los que casi no sabemos nada hasta el primer milenio en que crearon un reino de cierta importancia. La población elamita parece ser de origen autóctono, descendiente de las gentes que desde el Neolítico habitaban en el Kuzistán, y hablaban una lengua de tipo proto-dravidio, ancestro de las que actualmente se hablan en el sur de la India y en algunas partes del Beluchistán.

Un problema especial es el que concierne al de los orígenes de los sumerios, pueblo que habitaba el extremo sur mesopotámico y creador de la primera civilización urbana de la Historia. Los sumerios hablaban una lengua aglutinante sin parangón con cualquier otra de las conocidas en el Próximo Oriente, debido a las diferencias fonéticas que presentaba con todas ellas. Ello, unido a la existencia en el sur de Mesopotamia de un substrato lingüístico diferenciado que se considera pre-sumerio, ha hecho pensar en un origen externo de este pueblo, siendo la ubicación de su cuna en algún lugar oriental del Golfo Pérsico una de las localizaciones más aceptada, mientras que otras veces se ha pensado en los países montañosos situados hacia el este. Desde allí los sumerios habrían penetrado en la llanura mesopotámica hacia el 4500, según unos, ó en torno al 3500 en opinión de otros. Pero los sumerios no constituían un grupo racial específico, por el contrario tenían cráneos braquicéfalos o dolicocéfalos, por lo que podían ser mezcla de tipos alpinos y mediterráneos, atestiguados por igual en el Próximo Oriente Antiguo. En cualquier caso tampoco tienen que proceder necesariamente de algún lugar que no fuera la región que habitaron en tiempos históricos o alguna otra zona próxima. La idea de que, al fin y al cabo, los sumerios podían ser pobladores autóctonos, reforzada por los paisajes de sus mitos, que no son otros que los que caracterizan el sur mesopotámico, cuenta cada vez con mayor número de adeptos.

Los casitas resultan ser uno de los pueblos más misteriosos que llegaron a habitar en Mesopotamia. Hablaban una lengua que no era semítica ni indoeuropea y que no tenía conexión, por otra parte, con el sumerio, el hurrita o cualquiera de las otras lenguas del Próximo Oriente Antiguo. Se desconoce con exactitud su lugar de origen, que en algunas ocasiones se pretende situar en el sudoeste de Irán. A diferencia de los indoeuropeos, los casitas asentados en Mesopotamia, en donde llegaron a establecer un reino floreciente, perdieron en gran parte su lengua y cultura originarias, resultando asimilados por la civilización de las gentes y la cultura del país que ocuparon.

Entre los pueblos que llegaron al Próximo Oriente durante la Antigüedad desde alguna otra región figuran principalmente los indoeuropeos, si bien algunas teorías recientes pretenden hacerlos originarios del Zagros meridional o de la misma Anatolia. Los indoeuropeos, venidos desde las estepas de la Europa sudoriental, penetraron en el Próximo Oriente en distintos momentos y de formas diversas. Los primeros en llegar parecen haber sido los hititas, vocablo que engloba varias familias afines como los luvitas, nesitas y palaitas, que conforme a los documentos asirios encontramos ya instalados en Anatolia en el curso del siglo XX a.C. Parece que los luvitas irrumpieron violentamente desde los Balcanes en el Asia Menor en torno al 2200, causando en gran medida la destrucción de las culturas locales, mientras que los otros dos grupos llegarían, desde el Este y por el Cáucaso, dos o tres siglos más tarde y de forma más pacífica, asentándose en la parte oriental y en la altiplanicie central respectivamente. Hacia el 1900, y procedentes probablemente de las riberas del Volga, los indoarios, rodeaban el Mar Caspio por el norte y el este y se establecían al sur del mismo, en la llanura de Gurgán. Desde allí, basándonos en algunos indicios arqueológicos que permiten seguirles la pista, se habrían separado en dos grupos que siguieron direcciones opuestas. El occidental entraría finalmente en contacto con los hurritas, mientras que el oriental alcanzaría finalmente el valle del Indo.

A finales del segundo milenio, otro grupo indoeuropeo, también emparentado con los indoarios, los iranios, habría atravesado el Cáucaso, estableciéndose una parte de ellos en el Irán occidental, donde luego los conoceremos con el nombre de medos y persas, mientras que otros, los turanios, avanzaron más hacia oriente, llegando a entrar en contacto con los indoarios de la India. Como en su momento veremos, la llegada de los medos y persas a la altiplanicie iraní supuso el fin de la Edad del Bronce y los comienzos de la del Hierro. Más tardía fue la llegada de los cimerios y escitas, nómadas originarios de las estepas euroasiáticas de quienes se discute su posible origen iranio, y su presencia también mucho más corta.

Nómadas y sedentarios.
Desde el punto de vista de la integración en el medio ambiente, la población del Próximo Oriente Antiguo se puede clasificar en sedentarios y nómadas. Junto con la agricultura, el seminomadismo estacional pastoril fue otra de las variantes que, como veremos, conoció una amplia difusión desde tiempos del Neolítico. Ambas formas de vida, con un aprovechamiento distinto de los recursos y modos de organización específicos de cada una, compartían frecuentemente un mismo nicho ecológico dando lugar a una realidad que llamamos dimorfa. El pastoreo nómada permitía un aprovechamiento de aquellas zonas que no reunían las condiciones mínimas para ser sometidas a una explotación agrícola, pero podían alimentar al ganado. Con todo, los pastores nómadas no fueron nunca autosuficientes y los agricultores sedentarios a menudo necesitaban también de ellos. Por eso, al margen de los estereotipos culturales, acuñados por los habitantes de las ciudades que hacían del nómada un "bárbaro" y de ellos mismos seres "civilizados, al margen también de la mutua desconfianza cimentada por no pocos conflictos a lo largo de la historia del Antiguo Oriente, lo cierto es que ambas formas de vida no constituyeron nunca mundos totalmente al margen el uno del otro, aunque si bien distintos, ni tuvieron un comportamiento estático, sin evolución ni intercomunicación entre ellos, sino que por el contrario se relacionaron con frecuencia, nutriéndose en ocasiones cada uno del otro.

Se produjo así una interacción entre ambas formas de vida, que no siempre estuvo exenta de problemas y violencias, sobre todo en tiempos de crisis, pero que por lo común podía resultar mutuamente provechosa. Los nómadas, habitantes de las estepas semiáridas y de algunas zonas montañosas, precisaban de los sedentarios para abastecerse de productos agrícolas y determinadas manufacturas. A cambio los sedentarios obtenían de los nómadas pieles y otros derivados del ganado, así como fuerza de trabajo y tropas militares extras en determinadas ocasiones. Se trata, por supuesto, de una simplificación de fenómenos mucho más complejos, pero que sirve para ilustrar lo que decimos.

En tiempos de crisis, y bajo condiciones especialmente duras, no fue raro que los habitantes de las ciudades, sobre todo aquellos más desprotegidos social y económicamente, abandonaran el entorno urbano, tradicionalmente considerado como "protector", para integrarse en el ámbito de la vida nómada en espacios abiertos y fuera del control de los palacios. Como también veremos, la urbanización no constituyó tampoco un fenómeno irreversible y así lugares que habían conocido un temprano auge urbano, experimentaron más tarde una transformación que supuso el retraimiento e incluso la desaparición de muchas ciudades, quedando sus territorios a merced de grupos de pastores nómadas que los recorrían. En general, tal cosa ocurrió en las zonas de paso entre la llanura agrícola y las estepas semiáridas, como el interior de Siria o la Transjordania, y fue debido, bien a pequeñas oscilaciones climáticas que produjeron una disminución de las precipitaciones pluviales, o a una sobreexplotación agrícola forzada por las propias condiciones ambientales que terminó por hacer descender los rendimientos de forma importante.

Otras veces eran los nómadas quienes, impelidos por la necesidad propia de una situación de crisis, que en muchos casos estaba originada por la depredación de los sedentarios sobre sus tierras, en las que las gentes de las ciudades buscaban metales u otras materias primas, se ponían en marcha avanzando hacia las zonas urbanas. Se producían entonces migraciones de mayor o menor virulencia, percibidas por los sedentarios como auténticas invasiones, y con resultados diversos. La presión de los nómadas en marcha podía ser resistida, e incluso rechazada con éxito, si el sistema de vida de las ciudades gozaba de buena salud. Pero si aquellas se encontraban en crisis o decadencia, agobiadas por problemas internos, la presión de los nómadas podía desbordar finalmente todas las contenciones e irrumpir en el territorio de los aterrorizados habitantes de las zonas urbanas. Una vez allí podían ser rechazados al cabo del tiempo, como les ocurriría a los qutu, o resultar asimilados por la civilización sedentaria, abandonando paulatinamente sus costumbre y adquiriendo las de aquellos a los que habían invadido, lo que hicieron buena parte de los amoritas; o también persistir en sus formas de vida tradicionales, creando amplios espacios al margen del control de las ciudades pero insertos entre ellas, que fue el caso de los arameos.

La falsa identificación étnica=cultura.
La consideración de que la etnia es de por sí creadora y portadora de cultura, que la cultura tiene por tanto un origen étnico más que social, siendo la sociedad también una creación de la etnia, entendida ésta en un sentido racial, además de inducir a peligrosas y absurdas concepciones de la Historia, no posee fundamento científico alguno. La identificación de los grupos culturales con supuestas realidades étnicas y lingüísticas, y la consideración de estas últimas como grupos creadores y portadores de la cultura reposa sobre una base enteramente ficticia. La lengua, aunque constituye sin duda uno de los principales elementos de la autoconciencia colectiva de un pueblo y una de sus más importantes herramientas y vehículo de cultura, es así mismo un elemento cultural y por consiguiente mucho más móvil que el elemento genético-antropológico, actuando dicha movilidad en el tiempo (mutabilidad diacrónica) y en el espacio (difusión lingüística). Muchas de las supuestas expansiones étnicas que tuvieron lugar en el Próximo Oriente Antiguo, fueron probablemente fenómenos de difusión lingüística dentro de interacciones complejas que se produjeron en el ámbito de la aculturación, consecuencia sobre todo de la variedad cultural y su interrelación.

Aún en los casos en que la expansión étnica está constatada, por ejemplo mediante el fenómeno de la migración, otros factores terminaron por imponerse sobre el componente genético-antropológico. Así, los hititas tuvieron que establecerse en Anatolia para desarrollar una forma compleja de cultura que por el contrario se ha supuesto muchas veces habrían portado desde siempre asociada a sus características étnicas. ¿Por qué no la desarrollaron pues previamente?. Otro tanto puede afirmarse de los medos y persas, pastores seminómadas durante milenios y que en un lapso relativamente breve adoptaron las formas de la civilización urbana del Próximo Oriente. ¿Qué papel jugaba entonces en todo ello su adscripción étnica a la familia indoeuropea?. Los mismos casitas resultaron finalmente asimilados en un grado elevado por la cultura mesopotámica, representando otro ejemplo significativo. La misma diferenciación y autoconciencia de los hebreos a partir de un momento histórico dado, constituyó un fenómeno cultural, la expresión de un nacionalismo religioso exacerbado en unas gentes que compartían la misma base genético-antropológicas que las restantes poblaciones cananeas.

Por otra parte, el grado de aculturación y mezcla de gentes de origen diverso debió de ser significativo desde un principio. En la baja Mesopotamia sumerios, semitas y otras gentes (pre-sumerios) vivían en estrecha vecindad y colaboración, lo que también puede decirse de los hititas respecto a la población hatti de Anatolia. No hay forma de saber si un individuo que llevaba un nombre sumerio no hubiera sido de origen semita y a la inversa, pues las uniones entre ambos pudieron ser frecuentes. Cuando desde comienzos del segundo milenio la población sumeria desaparece, su eclipse no constituye tanto un fenómeno de tipo étnico como cultural. Aquella gente seguía estando allí; sus ciudades y muchos de los elementos más característicos de su civilización perdurarían durante siglos, pero culturalmente fueron asimilados por la población semita que terminó por imponer su lengua y algunas de sus costumbres. Los sumerios no se evaporaron, ni fueron étnicamente diezmados, sino que, en un proceso más amplio de mestizaje, fueron sometidos a una intensa semitización, acompañada además de la pérdida de importancia económica de muchos de sus centros frente al nuevo auge de las zonas de población y cultura semita, reforzadas en aquel momento por la llegada e instalación en Mesopotamia de los amoritas, otros semitas de carácter originariamente seminómada.

Desde esta perspectiva el componente étnico de la cultura resulta insignificante en comparación con los factores ecológicos, tecnológicos, sociales, económicos, institucionales, simbólico-ideológicos, etc., que caracterizan el modo de vida de las gentes de un determinado periodo y lugar. Resulta falso y manipulador, afirmar, por tanto, que tal o cual cosa fue una creación de los sumerios, de los hititas o de los persas, entendidos todos ellos como etnias y no como pueblos organizados en sociedad de acuerdo a motivaciones que son fundamentalmente culturales.

La geografía y el medio físico

Unidad y variedad, causada por la diversidad ecológica, puede constituir una definición adecuada para abordar una aproximación a la geografía del Próximo Oriente Antiguo. Variedad que viene dada por la misma diversidad del relieve, del clima, de la distribución de la red fluvial, pudiéndose distinguir diversas regiones con sus características propias, determinadas por los factores topográficos, climáticos, orográficos, hidrográficos. Esta variedad regional se manifiesta en la existencia de ámbitos geográficos diferenciados, como son: la península de Anatolia con su topografía compleja y la meseta central que la caracteriza, la gran cuenca fluvial integrada por la llanura de Mesopotamia que desciende hasta la costa del Golfo Pérsico, la altiplanicie de Irán, la franja litoral mediterránea frente a la cual emerge la isla de Chipre, y los desiertos de Arabia y de Lut.

A ello debemos sumar las llamadas zonas de transición que se localizan entre unos y otros, cadenas montañosas y zonas áridas y semiáridas, como son las montañas que se extienden entre el S.E de Anatolia y el N.O de Mesopotamia, los montes Tauro, las montañas de la región de Armenia (monte Ararat) en relativa vecindad con el Cáucaso y la región de los grandes lagos (Sevan, Urmia y Van), lugares donde nacen precisamente los dos grandes ríos, Tigris y Eufrates (si bien éste un tanto más hacia el oeste), que confieren su identidad topográfica a la amplia llanura de Mesopotamia. Descendiendo hacia el S.E se ubican los montes Zagros que se extienden sobre el Kurdistán, el Luristán y el Kuzistán, y separan Mesopotamia de la altiplanicie iraní. Más allá de ésta el desierto señala otra vez la separación entre Irán y las montañas de Afganistán y el valle del Indo. En el otro extremo, la estepa y el desierto de Siria marcan la transición entre la llanura aluvial mesopotámica y la franja costera mediterránea, que se extiende desde el golfo que se abre en la costa sur de Anatolia hasta la Península del Sinaí, en contacto con Egipto, cruzada de N. a S. en su parte central por los montes Líbano.

En un ambiente geográfico tan diverso, con una acentuada variedad de relieve y tipos de terreno, de precipitaciones y de clima, de vegetación y habitabilidad, la unidad viene dada por tratarse todo él de un área no muy grande, de unos 2.000 km2, y compacta, relativamente circunscrita por límites externos. Unos definidos y precisos, como el Mediterráneo al oeste y el Mar Negro al noroeste; otros algo más difusos pero profundos (zonas de transición), como el Cáucaso y las estepas centro-asiáticas al norte y el desierto arábigo al sur. Los últimos, en fin, más abiertos, al este, como las regiones que se extienden desde la altiplanicie irania y el Golfo Pérsico. Un factor interno confiere también unidad al Próximo Oriente. La gran cuenca fluvial formada por el Tigris y el Eufrates en su recorrido por la llanura de Mesopotamia sirve de enlace central a las restantes regiones que se disponen en su periferia, al facilitar las comunicaciones entre ambas por su accesibilidad topográfica, su relieve más uniforme y menos accidentado y, sobre todo, por la propia presencia de los dos grandes ríos, y sus afluentes principales, cuyos cauces y las zonas llanas que recorren se convirtieron desde muy pronto en importantísimas arterias que facilitaban el desplazamiento de gentes y objetos de unos lugares a otros.


Países, regiones y climas.
Esta misma diversidad se reproduce en muchas ocasiones en el interior de cada una de las zonas y regiones geográficas. Así, en Mesopotamia se pueden diferenciar una zona baja, que concluye en los pantanos del delta formado por la desembocadura del Tigris y el Eufrates a orillas del Golfo Pérsico, cuya línea de costa ha sido sensiblemente alterada desde la Antigüedad hasta nuestros días, de tal forma que lugares que eran puertos marítimos se encuentran hoy muchos kilómetros tierra adentro, de una zona alta que desde el curso medio de los dos grandes ríos se extiende hasta alcanzar las tierras semiáridas de Siria y la región montañosa en torno a los grandes lagos. Las diferencias topográficas (inclinación del nivel del suelo, trazado del recorrido del los ríos) y climáticas entre ambas son significativas. En Anatolia podemos igualmente distinguir entre la elevada meseta central recorrida por el curso del Halys (Kizilimark) , de la región de los pequeños lagos situada al sur, así como de la costa occidental menos accidentada y de las montañas del norte. En territorio de Irán la distinción se establece entre la altiplanicie septentrional y las llanuras meridionales.

La diversidad climática, que afecta directamente al régimen de precipitaciones, originando zonas fértiles y zonas áridas y semiáridas, viene establecida por la posición en la latitud, así como la altitud en relación al nivel del mar y la orografía. A tal respecto la comparación entre la fauna y floras antiguas y las modernas revelan que las variaciones climáticas, en las que se detecta sólo fluctuaciones de medio término en la cantidad de precipitación fluvial y en las temperaturas medias, han sido tan débiles desde hace seis mil años que pueden ser consideradas insignificantes. En el Próximo Oriente las variaciones del relieve comprenden contrastes entre una altura media de las montañas del Tauro, Zagros y Ponto de 3500/4.000 metros, con algunas elevaciones más altas (el Ararat supera los 5.000 en Armenia) y profundas depresiones de -395 metros a orillas del Mar Muerto, en Palestina meridional. Del clima suave mediterráneo con lluvias abundantes en invierno, aunque con una estación estival larga y seca que se extiende desde mayo a septiembre, se pasa al clima árido del desierto de Siria y Arabia, sin precipitaciones prácticamente, y al clima de alta montaña.

En la zona meridional de la gran llanura aluvial recorrida por el Tigris y el Eufrates, la baja Mesopotamia, las lluvias eran también escasas e irregulares (entre 5 y 12 mm anuales) y se producían en otoño e invierno. Durante la primavera, que se anunciaba en febrero, y al comienzo del tórrido verano, como consecuencia del deshielo producido en las cumbres de las montañas de Armenia donde tienen el Tigris y el Eufrates su nacimiento, suele producirse la crecida de los ríos, fenómeno de virulencia no fácilmente predecible, a diferencia de Egipto, e incrementado por la diferencia de altura entre el cauce de los ríos y las tierras próximas más bajas. Los meses estivales, rigurosamente secos, se prolongaban hasta bien entrado noviembre y eran extremadamente calurosos.

La planicie inferior del río Diyala, afluente oriental del Tigris, constituía una prolongación de la estepa semidesértica central de Mesopotamia con marcadas fluctuaciones anuales en la pluviosidad. En la alta Mesopotamia las condiciones eran distintas, con un relieve de planicie ondulada rodeada por los valles abruptos del Tigris y el Eufrates, y las laderas y valles de las montañas orientales irrigados con las aguas de los torrentes montañosos, arroyos y ríos que corrían, atravesando los Zagros, desde la altiplanicie iraní. El triángulo formado por el Habur en su intersección con el Eufrates y la región comprendida entre el Zab superior, el Tigris y los montes de Armenia al norte, constituían las zonas agrícolas por excelencia. El clima también era un tanto diferente; las lluvias caían en primavera y otoño, el invierno, aunque duraba poco, era riguroso y durante él una densa capa de nieve cubría las montañas del Kurdistán irguiéndose en la lejanía desde el norte y el este. La primavera comenzaba pronto y los prados se cubrían de flores y hierbas que desaparecían en verano, alcanzándose el máximo calor estival en los meses de julio y agosto. Mientras que en el sur la estación de la cosecha comenzaba a finales de abril, los trabajos de recolección se retrasaban en el norte hasta junio. La extensión del suelo cultivable también era distinta. En la baja Mesopotamia constituía una franja de unos 375 km de largo por 70 km de ancho, mientras que en la Mesopotamia alta, el norte del país, el terreno cultivable apenas alcanzaba la mitad.

Mesopotamia.
El Tigris y el Eufrates confieren su identidad al país mesopotámico. Más caudalosos y rápido el primero que el segundo, ambos comparten el tener pocos afluentes. El Eufrates, con un recorrido aproximado de 2.800 km, solo recibe por el este al Balikh y al Habur, y ambos en el tramo alto de su curso. El Tigris recorre cerca de 1.900 km y recibe en su vertiente oriental al Diyala, que lo alcanza en el tramo medio de su cauce, al Adhem, y al pequeño y gran Zab mucho más al norte. Los actuales afluentes del Tigris, el Kerkha y el Karun, que lo alcanzan en su tramo inferior también desde el este, desembocaban probablemente en la Antigüedad de forma directa en el Golfo Pérsico. Ello tiene una explicación; aunque actualmente el Tigris y el Eufrates tienen una sola desembocadura común en aquellas aguas (Chat-el-Arab), en tiempos mucho más antiguos esto no era así, penetrando la línea de costa más hacia el interior. Siglos de sedimentación y/o un posible cambio del nivel de las aguas producido por un elevamiento tectónico del terreno han ampliado considerablemente la zona de la desembocadura alejando el litoral y permitiendo la confluencia de los dos grandes ríos. En la alta Mesopotamia el Tigris y el Eufrates poseen cada uno su valle bien definido, abriéndose camino a través de una llanura de rocas duras (calcáreas y esquistos) y rodeados de acantilados por lo que su curso apenas se ha modificado desde la Antigüedad. Pero en el sur los dos valles se confunden formando una llanura aluvial amplia y llana, y de pendiente tan débil que los ríos trazan numerosos meandros y se expanden en muchos brazos. Así, cambian lentamente su lecho por sedimentación, lo que explica porqué las ciudades antiguas, que estaban situadas junto al Eufrates, no sean ahora más que montones de ruinas en un desierto de aluviones desecados, muy lejos de los actuales cursos de agua.

El Tigris y el Eufrates tuvieron una enorme importancia para la población de Mesopotamia. Como el país formaba una cuenca alargada que se abría en su zona inferior, en gran medida insalubre y pantanosa, hacia el Golfo Pérsico, rodeada de montañas, desiertos y estepas, los dos ríos y sus afluentes constituyeron muy pronto las principales vías de comunicación con las regiones septentrionales y orientales. El Eufrates en algunos lugares de su curso alto apenas dista unos 150 km de la costa mediterránea, para girar luego hacia el sureste y fluir más próximo al Tigris, del que en el centro de Mesopotamia apenas dista 40 km, para volver a separarse de este en la llanura meridional. Además su caudal permitió, una vez que la población de Mesopotamia accedió a la tecnología necesaria y la organización socio-política centralizada, un aprovechamiento intensivo del potencial agrícola del territorio, utilizando sus aguas para irrigar grandes extensiones de tierra que de otro modo habría permanecido improductiva. En sus comienzos la civilización urbana mesopotámica se desarrolló, sobre todo, en torno al Eufrates, pues el Tigris se encontraba en su curso más bajo demasiado sumergido en la llanura aluvial para permitir la irrigación con canales y se hallaba así mismo rodeado de grandes zonas pantanosas, de condiciones insalubres, y difíciles de habitar.

Anatolia
En Anatolia, Armenia y la región de los grande lagos, zonas periféricas a la gran cuenca fluvial mesopotámica, las características del medio son bastante distintas. Anatolia es una península, básicamente una penillanura rodeada por el mar y las montañas que se funden en su límite oriental con el macizo de Armenia, semiárida y con estepas onduladas y cuencas fértiles con algunos lagos que hoy son depósitos de agua salobre. Su principal curso fluvial es el Halys (Kizilirmak) que la recorre en su mitad septentrional de norte a suroeste. Más hacia el sureste, la llanura de Konia, situada entre los montes Tauro y el lago salado (Tuz Gölü), es una de las zonas más fértiles del país. La costa norte es abrupta, montañosa y boscosa, mientras que la meridional es más suave y posee llanuras aluviales, como la de Cilicia, favorables a la explotación agrícola. La costa occidental resulta accidentada y topográficamente compleja con predominio de las zonas acantiladas; desde ella una serie de valles penetran hacia la meseta interior. Las variaciones climáticas comprenden desde los tipos mediterráneos, propios de las costas del sur y el oeste, hasta el clima semi-arido de estepa, pasando por los veranos cálidos y lluviosos y los inviernos rigurosos de la altiplanicie nororiental.

Irán.
Irán es por su parte una meseta irregular casi cerrada en su totalidad por cadenas montañosas, en la que se pueden distinguir: la llanura suroccidental (Kuzistán), que es una prolongación de la de Mesopotamia, con características de estepa desértica y atravesada por los ríos Karun y Karkeh; la región montañosa y árida de Fars, colindando con las márgenes orientales del Golfo Pérsico, y la altiplanicie que se extiende desde el sur hacia el Mar Caspio. Al pie del mismo y en dirección O-E se extienden los montes Elburz, la llanura litoral de Gurgán y la región meseteño-montañosa de Khorasán. La altiplanicie iraní comprende a su vez la cuenca pérsica, enclavada en el sector occidental y de mayor altitud, constituida por desiertos (Kevir, Lut) y estepas, y la cuenca del Sistán, región de praderas atravesada por el río Hil-mand y sus afluentes. El predominio del componente desértico en Irán se debe a su posición dentro de la sombra pluvial de los montes Zagros, con vientos secos del norte y lluvias escasas.

Siria y Palestina.
La región de Siria-Palestina acusa la misma diversidad interna que el resto de los países del Próximo Oriente. La zona costera, de clima en general mediterráneo, abarca las laderas occidentales de las montañas que discurren paralelas al litoral, pero algunas zonas cálidas y húmedas de la llanura próxima al mar se hallan cubiertas de dunas y pantanos y no ofrecen condiciones de habitabilidad. Detrás de las montañas, que son de mediana altura, se abre la zona semiárida hasta alcanzar por el norte la llanura de Mesopotamia. Dentro de ella, la depresión del Mar Muerto y el valle del Jordán se distinguen por presentar características micro climáticas propias, que en el oasis de Jericó y en los bancos del río Jordán se plasman en un ambiente subtropical. Al sur de esta región semiárida se extienden los desiertos sirio-arábigos del Neguev y del Sinaí.

Comunicaciones.
En Mesopotamia los ríos eran utilizados para el tráfico de mercancías, tanto como era posible, sobre todo el Eufrates que resulta más navegable, aunque en el norte la navegación era impracticable a causa de la rápida corriente. Desde un principio los dos grandes ríos habían constituido los ejes que comunicaban el Golfo Pérsico y las lejanas regiones de la India con el Mediterráneo. El desierto era cruzado por las caravanas a la altura del recodo superior occidental del Eufrates, en plena Siria, donde sitios como Alepo y Palmira tenían una especial importancia dado su carácter de oasis, alcanzando desde allí la costa mediterránea. Otras rutas caravaneras se introducían a través de Asiria en Anatolia y Armenia, o bien avanzaban siguiendo el curso del Zab y del Diyala hacia las regiones de los lagos Van y Urmia y en dirección a la altiplanicie iraní.

Las rutas estaban en gran medida marcadas por los accidentes geográficos y por la disponibilidad de agua, en forma de oasis en el desierto. Discurrían por el Tigris hacia Elam y el Golfo Pérsico, hacia el Este, siguiendo el cauce de los ríos hacia las montañas del Zagros y la planicie iraní. En el Norte los caminos penetraban, a través de los pasos de montaña, en la región de los tres grandes lagos —Sevan, Van y Urmia—, en las proximidades de Armenia y más allá en las regiones del Transcáucaso, mientras al Oeste el desierto imponía una especie de frontera climática, si bien el valle del Habur, afluente oriental del Eufrates, y el meandro occidental del gran río al noroeste permitían la penetración hacia los puertos mediterráneos del litoral sirio-fenicio y el Asia Anterior.