Producción, redistribución y comercio

La producción.
En el Próximo Oriente Antiguo la producción, que se realizaba en su mayor parte en la explotación de los recursos agrícolas, se hallaba condicionada por factores de tipo técnico y organizativo. A pesar de una apariencia más o menos generalizada de buenos resultados, lo cierto es que los medios técnicos apenas evolucionaron desde mediados del cuarto milenio y las innovaciones fueron esporádicas y tardías, lo que constituyó un obstáculo para la producción, que además se veía afectada por otras trabas, como fue el deterioro medioambiental que supuso una caída de los rendimientos, que se intentaba compensar con la colonización de nuevas tierras, cuando era posible, y con la sustitución de cultivos. En el plano organizativo destaca la intervención en la gestión de las actividades productivas de los templos y los palacios, que adquirieron de esta forma y desde muy pronto un papel predominante. Esta intervención se realizaba de una manera directa sobre sus posesiones, y así templos y palacios se convertían no sólo en unidades de gestión sino también de explotación económica, que utilizaban un gran numero de trabajadores especializados y que colonizaban tierras baldías o desocupadas, tornándolas productivas. De una forma más indirecta, pero no menos importante, intervenían asegurando los trabajos de infraestructura y mantenimiento que posibilitaba la irrigación de las tierras de los campesinos "libres" pertenecientes a las comunidades rurales (villas o aldeas), como sucedía en gran parte de Mesopotamia, organizando el comercio a larga distancia, y por, ultimo, con la imposición de "diezmos" que gravaban las cosechas, lo que impulsaba a los campesinos a producir más allá de los límites que garantizaban su subsistencia.

Estos "diezmos" exigidos por los palacios y los templos constituían un elemento de primera importancia que aseguraba la producción en unos niveles estables, permitiendo almacenar el excedente, de acuerdo con el desarrollo tecnológico existente y una productividad no demasiado elevada que exigía invertir muchas horas de esfuerzo por trabajador individual. El cobro de los "diezmos" a que era sometida la población campesina "libre" se facilitaba con la elaboración por parte de los funcionarios de templos y palacios de censos y catastros que pretendían controlar la población y la productividad de las tierras. También era muy importante a este respecto la elaboración y difusión de una ideología que presentaba a la realeza y a los sacerdotes, en su papel de intermediarios ante los dioses, como responsables del buen funcionamiento del orden natural, protectores de la vida y generadores de riqueza y del bienestar de sus gentes.

La guerra de rapiña, que incluía el saqueo y la imposición de tributos a los vencidos, tenía una importante dimensión económica, y como una actividad depredadora que utilizaba técnicas y métodos propios, puede muy bien inscribirse en el apartado de la producción, en tanto que actividad con que se conseguían recursos, más que vincularla al comercio de Estado, como tantas veces se hace, pues en ella el aspecto de intercambio es inexistente. A diferencia de otro tipo de guerras, como la de fronteras o la de conquista, no constituía un instrumento al servicio de una causa económica, sino una actividad económica en sí que reportaba grandes beneficios en forma de riqueza material (botín, tributos) y humana (esclavos).

Otro tipo de actividades aparentemente extra-económicas tenían así mismo un importante papel en la producción y en los intercambios. El desarrollo inicial del cálculo matemático y de la técnica de la escritura tuvo mucho que ver con las actividades y el tipo de organización, primero de los templos y más tarde de los palacios, en cuanto que constituían eficaces instrumentos que permitían contabilizar y llevar un registro de las operaciones propias de la economía redistributiva. De esta forma, la elite tuvo en sus manos los instrumentos necesarios para ejercer una gestión y un control cada vez mayores en régimen de monopolio, ya que lo intrincado de tales conocimientos exigían una trasmisión especializada que solo podía darse dentro del seno de las familias poderosas que la componían. Los diferentes tipos de escribas, jefes del catastro, de los depósitos de grano, los contables eran todos ellos funcionarios pertenecientes a la élite que utilizaban el cálculo matemático y la escritura como técnicas específicas destinadas a asegurar y reproducir el modo de producción impuesto desde los templos y palacios.

Distribución, intercambio y comercio.
Los intercambios, sus procesos y sus formas se encontraban dominados por el trueque y la redistribución. El primero era propio de los ambientes de la denominada "economía natural", predominante entre los campesinos de las aldeas y villas, y por supuesto entre los nómadas, mientras que el segundo pertenecía a la organización impuesta desde los templos y palacios. La compraventa se extendió con el tiempo hasta alcanzar un cierto auge durante el periodo paleobabilónico, como consecuencia de la aparición de un sector social de grandes propietarios particulares, junto a las formas de posesión y de tenencia dependiente de templos y palacios y a la propiedad de tipo familiar. No obstante, nunca alcanzó un papel de primer orden, salvo tal vez en el ámbito fenicio, debido a la importante penetración económica de los templos y los palacios en el tejido social y a la existencia de normas consuetudinarias y jurídicas que impedían alienar el patrimonio familiar, y frente a las cuales los grandes propietarios desarrollaron artimañas, como la de su adopción por parte de los campesinos de cuyas tierras se querían adueñar.

Templos y palacios retribuían a sus trabajadores, entre los cuales no había solo campesinos sino gentes que ejercían todos los oficios, mediante un sistema de raciones mensuales que constituían su salario y/o un lote de tierra proporcionada en usufructo a tal efecto. Las raciones no solo consistían en alimentos como cebada, aceite o pescado sino que incluían vestidos y otros elementos similares (Gelb: 1965). Una serie de "cuencos de canto biselado" que aparecen de forma estandarizada desde comienzos del periodo de Uruk y cuya capacidad (1 sila: 8, 40 decilitros) coincide con una ración alimenticia diaria constituyen la prueba arqueológica del funcionamiento de aquel sistema redistributivo que conocemos mejor gracias a los tablillas con anotaciones encontradas en los archivos. Palacios y templos disponían para ello de grandes almacenes donde se guardaban los excedentes de las cosechas de sus dominios, los "diezmos" entregados por lo campesinos "libres" que además estaban obligados a prestaciones laborales periódicas, junto con los regalos de los ciudadanos importantes y el botín procedente de las guerras. Todos estos recursos eran considerables y se utilizaban para retribuir a sus funcionarios (administradores, escribas) y trabajadores especializados (artesanos, cocineros, etc) y para sostener el comercio con los paises lejanos de donde llegaban todos aquellos productos y materias primas de las que se carecía.

Dicho comercio constituía una actividad oficial y descansaba sobre unas bases políticas y diplomáticas que garantizaban el tránsito de los mercaderes, su seguridad y la de sus mercancías frente a las autoridades del lugar de destino y de las regiones que debían atravesar. Las rutas comerciales eran garantizadas por medio de tratados y acuerdos con los poderes políticos implicados, la implantación a lo largo de su recorrido de estaciones comerciales y la existencia de delegaciones permanentes allí donde la importancia de las transacciones lo requería. En este sistema el comerciante era ante todo un funcionario encargado por el palacio o el templo de realizar las adquisiciones. El contrataba a los mercaderes y disponía todo lo demás. Como tal era retribuido, normalmente mediante la tenencia de tierras, y se le proporcionaban las mercancías necesarias para llevar a cabo su misión. Por consiguiente no había mucho lugar para el beneficio personal al margen de la retribución que recibía por su cargo, pero, no obstante, podía aprovechar su posición y las ventajas que de ella se derivaban para hacer negocios por su cuenta, invirtiendo para ello de su patrimonio personal o familiar.

La posibilidad de beneficios se incrementaba en tanto que la mayor parte de este comercio discurría por los cauces de un intercambio desigual, que permitía obtener de los paises lejanos metales y otras riquezas a cambio fundamentalmente de productos manufacturados o derivados agrícolas. Los beneficios no procedían, por lo tanto, de las diferencias en los precios sino en las diferencias en el coste social de producción de lo que se intercambia. Lo que define el intercambio desigual es la situación descompensada en la que la parte económica, tecnológica y organizativamente más avanzada, en términos convencionales, consigue grandes cantidades de materias primas a cambio de un modesto volumen de manufacturas y objetos exóticos, como consecuencia precisamente de la diversa escala de valores en uso en ambos polos del sistema de intercambios (Liverani, 1988: 153). Ahora bien, la parte que obtiene el beneficio no se está tan sólo aprovechando de las mencionadas diferencias en costes sociales de producción, sino que, precisamente por ello, el intercambio desigual implica en realidad una sobre-explotación del trabajo que se articula en la transferencia que se da entre sectores económicos que funcionan sobre la base de relaciones de producción diferentes. En este contexto el modo de producción propio de las poblaciones periféricas, al entrar en contacto con el modo de producción de los templos y palacios mesopotámicos quedaba dominado por él y sometido a un proceso de transformación. La contradicción característica de tal transformación, la que realmente la define, es aquella que toma su entidad en las relaciones económicas que se establecen entre el modo de producción local y el modo de producción dominante, en las que éste preserva a aquél para explotarle, como modo de organización social que produce valor en beneficio de las relaciones centro/periferia, y al mismo tiempo lo destruye al ir privándole, mediante la explotación a que lo somete, de los medios que aseguran su reproducción. Por ello, junto con las guerras de rapiña, el intercambio desigual constituyó un factor que provocó a la larga la respuesta violenta de la periferia.

Otra forma de intercambio practicado por los palacios era el que podemos llamar "comercio diplomático", que consistía en el intercambio de regalos y presentes entre las diversas cortes reales. Aunque conocido desde la más antigua época sumeria, fue especialmente intenso entre las grandes cortes de las potencias regionales durante la segunda mitad del segundo milenio o Bronce Tardío. A menudo se sancionaba con el matrimonio de miembros de las familias reales implicadas y tenía también una función política que estudiaremos en su momento. Por este método objetos exóticos y valiosos, además de oro y otras riquezas, viajaban de un reino a otro en una actividad que a simple vista no parece ser económica, pero que de hecho permitía su distribución lejos de sus lugares de procedencia.

El sistema redistributivo y la actividad comercial exigieron la puesta a punto de un conjunto estandarizado de pesas y medidas sobre patrones homogéneos y oficiales, lo que se llevó a cabo desde la base de un sistema numérico sexagesimal. El talento, la principal medida de peso, se dividía en sesenta minas y cada una de estas en sesenta siclos. (8 grms). La medida de capacidad era el gur que se dividía en trescientos sila (0, 84 ltrs). La de superficie el bur ( 6 ha) se dividía en dieciocho iku.. Se establecieron, así mismo, equivalencias mas o menos estandarizadas según las cuales un siclo de plata equivalía a un gur de cebada, a seis minas de lana, a doce sila de aceite. El precio de un esclavo podía oscilar entre 20 siclos si era varón y 10 si se trataba de una mujer. Ahora bien, hubo, además de las crisis ocasionales, una tendencia de fondo al alza en los precios que llegó a ocasionar que tales equivalencias fueran más teóricas que otra cosa, variando con el tiempo la situación real.

Un caso bien documentado: el comercio asirio en Anatolia.
En Anatolia, en la llanura central los asirios establecieron durante el siglo XIX una serie de colonias comerciales, algunas de las cuales nos han proporcionado abundante información sobre sus actividades. El país había conocido anteriormente la visita de gentes procedentes de Mesopotamia, y su población llegó a considerar el período acadio como el comienzo de la historia en aquellas tierras. Un siglo antes del establecimiento de los asirios, habían estado ya bajo el dominio de los monarcas de Ur. Con el reinado de Erishum en Assur comienza un periodo que se caracteriza por la existencia de estrechos vínculos políticos y económicos con los principados anatólicos. Luego tras una aparente ausencia motivada tal vez por problemas en la propia Asiria (guerra con Eshnunna, usurpación del trono) la presencia comercial se restableció en tiempos de Shamshi-Adad I.

En época de este penetración asiria en Anatolia, la región comprendía un buen número de pequeños principados, situados algunos bajo la autoridad de dirigentes hititas, mientras la población local utilizaba nombres que revelan una procedencia heterogénea: hurritas, hititas, luvitas y semitas amoritas. Estos últimos presentan la mayor complejidad, ya que no se puede distinguir entre los que residían en el país desde antes de la llegada de los asirios y los que se habían instalado allí junto con los comerciantes procedentes de Assur. Parece, por lo demás, que las autoridades locales de estos principados admitían, mediante un tratado sellado con un juramento ante los respectivos dioses, la presencia de los mercaderes de Assur en sus ciudades. Al menos tres lugares del Asia Menor atestiguan el éxito de esta política comercial asiria: en las proximidades de Kultepe, la antigua Kanish nos ha legado cientos de tablillas escritas describiendo la actividad de los mercaderes asirios. Kanish parece haber sido el centro de los comerciantes asirios establecidos en la meseta central anatólica.

Otros pequeños archivos similares se han descubierto en Alisar, la antigua Ankuw y en Bogazkoy, la antigua Hattusha que se convertiría en la capital del poderío hitita. Estos documentos dan fe de los negocios realizados por los mercaderes asirios, que vendían mercancías traídas desde su país: lana, productos textiles, plomo argentífero y estaño, y repatriaban las mercancías producto de sus ventas, cobre, plata y oro, parte de los cuales era empleada en la obtención de más mercancías para exportar. Además de las telas de fabricación asiria, reexportaban otras que adquirían en otros mercados extranjeros, como Babilonia. Todo el tráfico de ida se realizaba mediante transporte caravanero, pero el oro y la plata eran transportados a Assur por un procedimiento mucho más rápido, por medio de enviados especiales, que eran los mismos que aseguraban las comunicaciones fluidas entre la capital y los distantes centros de comercio. Además de los conocidos arqueológicamente, los documentos mencionan otros tantos asentamientos asirios en la Anatolia central y oriental formando una verdadera trama de estaciones comerciales distribuidas por todo el país.

Los miembros de esta comunidad mercantil asiria pertenecían a las mismas familias que en Assur proporcionaban los dignatarios epónimos. Era esta oligarquía mercantil, en la que participaba activamente el propio rey que ejercía también su dirección, la que llevaba el peso de este tipo de negocios, y aunque parece seguro que existían diversas instituciones públicas que tomaban parte en este comercio con Anatolia, como la administración de los grandes templos, la de la capital y el mismo monarca, la financiación más importante procedía de las familias poderosas, si bien como en toda formación estatal arcaica, el límite entre las finanzas públicas y las privadas era bastante impreciso. Por lo general, el patriarca de una de estas familias de la aristocracia comercial permanecía en Asiria, dirigiendo desde allí los negocios de importación y exportación, que descansaban directamente en manos de los más jóvenes que residían en diferentes localidades de Anatolia. Allí podían incluso casarse temporalmente con mujeres nativas, si bien sus esposas se encontraran aguardándoles en Asiria, y a las que finalmente podían repudiar previo pago de un precio acordado de antemano para volver a Assur con los hijos que hubieran tenido con ellas.

Las comunidades asirias en el Anatolia variaban de tamaño e importancia, pero incluso las más pequeñas tenían su propio templo de Assur. Normalmente, como en Kanish, se encontraban fuera de las murallas de la ciudad y los residentes asirios estaban sometidos a impuestos por las autoridades locales. Allí los mercaderes asirios se reunían en un organismo asambleario que recibía el nombre de karum. El término significa "muelle" y es que en primer lugar el karum era un centro receptor de impuestos sobre el tráfico comercial, función ésta que se realizaba en Mesopotamia tanto en los puertos de mar como en los fluviales. El karum tenía poder para forzar el pago de los impuestos en caso de que los mercaderes se mostrasen evasivos o reluctantes. Proporcionaba, al mismo tiempo, facilidades de almacenaje para las mercancías y actuaba como institución financiera, concediendo créditos y manteniendo la contabilidad de los mercaderes. Además funcionaba como corte de justicia con competencia para dirimir pleitos entre mercaderes y discutir los litigios con los nativos. Por último, los dirigentes del karum, que también eran epónimos, representaban la autoridad asiria con la que se entendían los príncipes locales. Su residencia se fijaba en la «Casa del karum», que en lo que al de Kanish concierne se encontraba situada en el llano, a los pies de la terraza sobre la que se alzaba el palacio del príncipe del lugar.

El karum no era un organismo independiente, por el contrario dependían unos de otros en una intrincada red que cubría las rutas comerciales de Anatolia. El karum de Kanish poseía funciones especiales ya que era del que dependían todos los demás. Por medio de «el enviado de la Ciudad» —Assur— recibía órdenes del gobierno de la capital que transmitía a los restantes. Su primacía venía asegurada por el hecho de que Kanish era el punto de intersección de las vías de comunicación principales y, como tal, ocupaba un lugar preeminente entre las restantes ciudades de la Anatolia oriental. Así mismo los demás karu locales que se encontraban en todas las ciudades importantes de la región, controlaban a su vez agencias o estaciones secundarias o wabaratum, que desempeñaban una función análoga en las localidades de menor entidad. El karum de Kanish estaba subordinado a las autoridades ciudadanas de Assur que residían en «La casa de la Ciudad» o bit alim. Estas autoridades eran el rey y los dignatarios epónimos pertenecientes o vinculados a las grandes familias, que ejercían su influencia a través de una asamblea -consejo de ancianos o notables- en la que figuraban los patriarcas de las más importantes. De hecho, parece que el propio monarca no sea sino el más poderoso de tales mercaderes.

Es interesante señalar que este intercambio de bienes y productos, orientado desde la ciudad de Assur por algún gran comerciante -ummeanum - que proporcionaba las mercancías, prestaba el dinero, invertía grandes sumas contra interés o participación, o ambas cosas a la vez, y en el que podían intervenir también de manera similar otros mercaderes importantes establecidos en algún karum, era fundamentalmente una actividad económica que se desarrollaba en un ámbito ajeno a lo que nosotros entendemos por mercado. La ausencia de determinados recursos y materias primas, como maderas, piedra y metales, había originado un comercio con países de la periferia que estaba restringido fundamentalmente a este tipo de productos y organizado a nivel oficial por funcionarios dependientes de la administración real. Aunque el mercader -tamkarum- era frecuentemente un particular, no solía actuar por cuenta propia y su actividad se inscribía dentro de un conjunto de reglas generales que emanaban de las autoridades públicas. Pese a que en Asiria en este periodo, debido al carácter más tardío y menos centralista de su formación estatal, los limites entre el sector público y el privado eran casi imperceptibles y una misma persona podía actuar en ambas esferas, comerciantes y mercaderes no lo eran tanto por iniciativa propia como por rango o designación. Sus ingresos derivaban de la venta de bienes, sobre los que percibían una comisión y no de las diferencias de precios en las transacciones. Estos tomaban la forma de equivalencias establecidas por la costumbre o la autoridad.

El mercado como instrumento regulador de los precios mediante la oferta y la demanda no tenía lugar en este tipo de comercio disposicional, convenido o administrativo, que fue característico de muchas sociedades en el mundo antiguo. Las mismas autoridades que establecían las equivalencias, garantizaban mediante tratados el libre acceso de los mercaderes y las pertinentes garantías de seguridad y limpieza en las transacciones. Como por ambas partes lo determinante era la necesidad de obtener productos y bienes lejanos todos se mostraban dispuestos a cooperar. Se trataba, en realidad, de un comercio libre en gran medida de riesgos económicos, pues nadie podía arruinarse a causa de las fluctuaciones de los precios, dada la ausencia de mercados creadores de éstos. Todo ello explica que las tablillas procedentes de Kanish apenas aludan a las ganancias y a las pérdidas, y que los precios no sean el centro de interés.

Por supuesto, este tipo de comercio originaba paralelamente la necesidad de producir bienes exportables, que se pudieran transportar fácilmente y no tuvieran dificultades para encontrar salida en los países donde se hallaban las materias primas requeridas por los asirios, creándose así actividades manufactureras que utilizaban los abundantes recursos almacenados en los palacios y los templos. En Asiria la abundancia de recursos naturales ofrecía además a la población la posibilidad de ocuparse en diversos oficios, estando los artesanos organizados, a la manera sumeria, en cuerpos de oficio bajo la dirección de intendentes y oficiales. La manufactura de telas, al ser un país rico en pastos y ganado, llevada a cabo principalmente por mujeres, era una de las principales actividades relacionadas con el comercio, hasta el punto de que muchos de los comerciantes asirios estaban al frente de establecimientos de tejeduría en la misma Assur.